viernes, 2 de marzo de 2012

Ray Bradbury - Encuentro Nocturno (Crónicas Marcianas)

Se trata de uno de los cuentos más bellos y enigmáticos que he leído. Una pequeña maravilla incluido en Las crónicas marcianas. 


  
   Antes de subir hacia las colinas azules, Tomás Gómez se detuvo en la solitaria estación de gasolina.
   - Aquí se sentirá usted bastante solo - le dijo al viejo.
   El viejo pasó un trapo por el parabrisas de la camioneta.
   - No me quejo.
   - ¿Le gusta Marte?
  - Muchísimo. Siempre hay algo nuevo. Cuando llegué aquí el año pasado, decidí no esperar nada, no preguntar nada, no sorprenderme por nada. Tenemos que mirar las cosas de aquí, y qué diferentes son. El tiempo, por ejemplo, me divierte muchísimo. Es un tiempo marciano. Un calor de mil demonios de día y un frío de mil demonios de noche. Y las flores y la lluvia, tan diferentes. Es asombroso. Vine a Marte a retirarme, y busqué un sitio donde todo fuera diferente. Un viejo necesita una vida diferente. Los jóvenes no quieren hablar con él, y con los otros viejos se aburre de un modo atroz. Así que pensé: lo mejor será buscar un sitio tan diferente que uno abre los ojos y ya se entretiene. Conseguí esta estación de gasolina. Si los negocios marchan demasiado bien, me instalaré en una vieja carretera menos bulliciosa, donde pueda ganar lo suficiente para vivir y me quede tiempo para sentir estas cosas tan diferentes.
   - Ha dado usted en el clavo - dijo Tomás. Sus manos le descansaban sobre el volante. Estaba contento. Había trabajado casi dos semanas en una de las nuevas colonias y ahora tenía dos días libres y iba a una fiesta.
   - Ya nada me sorprende - prosiguió el viejo -. Miro y observo, nada más. Si uno no acepta a Marte como es, puede volverse a la Tierra. En este mundo todo es raro; el suelo, el aire los canales, los indígenas (aun no los he visto, pero dicen que andan por aquí) y los relojes. Hasta mi reloj anda de un modo gracioso. Hasta el tiempo es raro en Marte. A veces me siento muy solo, como si yo fuese el único habitante de este planeta; apostaría la cabeza. Otras veces me siento como si me hubiera encogido y todo lo demás se hubiera agrandado. ¡Dios! ¡No hay sitio como éste para un viejo! Estoy siempre alegre y animado. ¿Sabe usted cómo es Marte? Es como un juguete que me regalaron en Navidad, hace setenta años. No sé si usted lo conoce. Lo llamaban calidoscopio: trocitos de vidrio o de tela de muchos colores. Se levanta hacia la luz y se mira y se queda uno sin aliento. ¡Cuántos dibujos! Bueno, pues así es Marte. Disfrútelo. Tómelo como es. ¡Dios! ¿Sabe que esa carretera marciana tiene dieciséis siglos y aún está en buenas condiciones? Es un dólar cincuenta. Gracias. Buenas noches.
   Tomás se alejó por la antigua carretera, riendo entre dientes.
   Era un largo camino que se internaba en la oscuridad y las colinas. Tomás, con una sola mano en el volante, sacaba con la otra, de cuando en cuando, un caramelo de la bolsa del almuerzo. Había viajado toda una hora sin encontrar en el camino ningún otro automóvil, ninguna luz. La carretera solitaria se deslizaba bajo las ruedas y sólo se oía el zumbido del motor. Marte era un mundo silencioso, pero aquella noche el silencio era mayor que nunca. Los desiertos y los mares secos giraban a su paso y las cintas de las montañas se alzaban contra las estrellas.
   Esta noche había en el aire un olor a tiempo. Tomás sonrió. ¿Qué olor tenía el tiempo? El olor del polvo, los relojes, la gente. ¿Y qué sonido tenía el tiempo? Un sonido de agua en una cueva, y una voz muy triste y unas gotas sucias que caen sobre cajas vacías y un sonido de lluvia. Y aún más, ¿a qué se parecía el tiempo? A la nieve que cae calladamente en una habitación oscura, a una película muda en un cine muy viejo, a cien millones de rostros que descienden como esos globitos de Año Nuevo, que descienden y descienden en la nada. Eso era el tiempo, su sonido, su olor. Y esta noche (y Tomás sacó una mano fuera de la camioneta), esta noche casi se podía tocar el tiempo.  
   La camioneta se internó en las colinas del tiempo. Tomás sintió unas punzadas en la nuca y se sentó rígidamente, con la mirada fija en el camino.
   Entraba en una muerta aldea marciana; paró el motor y se abandonó al silencio de la noche. Maravillado y absorto contempló los edificios blanqueados por las lunas. Deshabitados desde hacía siglos. Perfectos. En ruinas, pero perfectos.
   Puso en marcha el motor, recorrió algo más de un kilómetro y se detuvo nuevamente. Dejó la camioneta y echó a andar llevando la bolsa de comestibles en la mano, hacia una loma desde donde aún se veía la aldea polvorienta. Abrió el termos y se sirvió una taza de café. Un pájaro nocturno pasó volando. La noche era hermosa y apacible.
   Unos cinco minutos después se oyó un ruido. Entre las colinas, sobre la curva de la antigua carretera, hubo un movimiento, una luz mortecina, y luego un murmullo.
   Tomás se volvió lentamente, con la taza de café en la mano derecha.
   Y asomó en las colinas una extraña aparición.
   Era una máquina que parecía un insecto de color verde jade, una mantis religiosa que saltaba suavemente en el aire frío de la noche, con diamantes verdes que parpadeaban sobre su cuerpo, indistintos, innumerables, y rubíes que centelleaban con ojos multifacéticos. Sus seis patas se posaron en la antigua carretera, como las últimas gotas de una lluvia, y desde el lomo de la máquina un marciano de ojos de oro fundido miró a Tomás como si mirara el fondo de un pozo.
   Tomás levantó una mano y pensó automáticamente:
  ¡Hola!, aunque no movió los labios. Era un marciano. Pero Tomás habla nadado en la Tierra en ríos azules mientras los desconocidos pasaban por la carretera, y había comido en casas extrañas con gente extraña y su sonrisa había sido siempre su única defensa. No llevaba armas de fuego. Ni aun ahora advertía esa falta aunque un cierto temor le oprimía el pecho.
   También el marciano tenía las manos vacías. Durante unos instantes, ambos se miraron en el aire frío de la noche.
   Tomás dio el primer paso.
   - ¡Hola! - gritó.
   - ¡Hola! - contesto el marciano en su propio idioma. No se entendieron.
   - ¿Has dicho hola? - dijeron los dos.
   - ¿Qué has dicho? - preguntaron, cada uno en su lengua.
   Los dos fruncieron el ceño.
   - ¿Quién eres? - dijo Tomás en inglés.
   - ¿Qué haces aquí - dijo el otro en marciano.
   - ¿A dónde vas? - dijeron los dos al mismo tiempo, confundidos.
   - Yo soy Tomás Gómez,
   - Yo soy Muhe Ca.
   No entendieron las palabras, pero se señalaron a sí mismos, golpeándose el pecho, y entonces el marciano sé echó a reír.
   - ¡Espera!
   Tomás sintió que le rozaban la cabeza, aunque ninguna mano lo había tocado.
   - Ya está - dijo el marciano en inglés -. Así es mejor.
   - ¡Qué pronto has aprendido mi idioma!
   - No es nada.
   Turbados por el nuevo silencio, ambos miraron el humeante café que Tomás tenía en la mano.
   - ¿Algo distinto? - dijo el marciano mirándolo y mirando el café, y tal vez refiriéndose a ambos.
   - ¿Puedo ofrecerte una taza? - dijo Tomás.
   - Por favor.
   El marciano descendió de su máquina.
   Tomás sacó otra taza, la llenó de café y se la ofreció.
   La mano de Tomás y la mano del marciano se confundieron, como manos de niebla.
   - ¡Dios mío! - gritó Tomás, y soltó la taza.
   - ¡En nombre de los Dioses! - dijo el marciano en su propio idioma.
   - ¿Viste lo que pasó? - murmuraron ambos, helados por el terror.
   El marciano se inclinó para tocar la taza, pero no pudo tocarla.
   - ¡Señor! - dijo Tomás.
   - Realmente... - comenzó a decir el marciano. Se enderezó, meditó un momento, y luego sacó un cuchillo de su cinturón.
   - ¡Eh! - gritó Tomás.
   - Has entendido mal. ¡Tómalo!
   El marciano tiró al aire el cuchillo. Tomás juntó las manos. El cuchillo le pasó a través de la carne. Se inclinó para recogerlo, pero no lo pudo tocar y retrocedió, estremeciéndose.
   Miró luego al marciano que se perfilaba contra el cielo.
   - ¡Las estrellas! - dijo.
   - ¡Las estrellas! - respondió el marciano mirando a Tomás.
   Las estrellas eran blancas y claras más allá del cuerpo del marciano, y lucían dentro de su carne como centellas incrustadas en la tenue y fosforescente membrana de un pez gelatinoso; parpadeaban como ojos de color violeta en el estómago y en el pecho del marciano, y le brillaban como joyas en los brazos.
   - ¡Eres transparente! - dijo Tomás.
   - ¡Y tú también! - replicó el marciano retrocediendo.
   Tomás se tocó el cuerpo, sintió su calor y se tranquilizó. «Yo soy real», pensó.
   El marciano se tocó la nariz y los labios.
   - Yo tengo carne - murmuró -. Yo estoy vivo.
   Tomás miró fijamente al fío.
   - Y si yo soy real, tú debes de estar muerto.
   - ¡No! ¡Tú!
   - ¡Un espectro!
   - ¡Un fantasma!
   Se señalaron el uno al otro y la luz de las estrellas les brillaba en los miembros como dagas, como trozos de hielo, corno luciérnagas, y se tocaron otra vez y se descubrieron intactos, calientes, animados, asombrados, despavoridos, y el otro, ah, si, ese otro, era sólo un prisma espectral que reflejaba la acumulada luz de unos mundos distantes.
   Estoy borracho, pensó Tomás. No se lo contaré mañana a nadie. No, no.
   Se miraron un tiempo, de pie, inmóviles, en la antigua carretera.
   - ¿De dónde eres? - preguntó al fin el marciano.
   - De la Tierra.
   - ¿Qué es eso?
   Tomás señaló el firmamento.
   - ¿Cuándo llegaste?
   - Hace más de un año, ¿no recuerdas?
   - No.
   - Y todos vosotros estabais muertos, así lo creímos. Tu raza ha desaparecido casi totalmente ¿no lo sabes?
   - No. No es cierto.
   - Sí. Todos muertos. Yo vi los cadáveres. Negros, en las habitaciones, en las casas. Muertos. Millares de muertos.
   - Eso es ridículo. ¡Estamos vivos!
   - Escúchame. Marte ha sido invadido. No puedes ignorarlo. Has escapado.
   - ¿Yo? ¿Escapar de qué? No entiendo lo que dices. Voy a una fiesta en el canal, cerca de las montañas Eniall. Allí estuve anoche. ¿No ves la ciudad?
   Tomás miró hacia donde le indicaba el marciano y vio las ruinas.
   - Pero cómo, esa ciudad está muerta desde hace miles de años.
   El marciano se echó a reír.
   - ¡Muerta! dormí allí anoche
   - Y Yo estuve allí la semana anterior y la otra, y hace un rato y es un montón de escombros. ¿No ves las columnas rotas?
   - ¿Rotas? Las veo perfectamente a la luz de la luna. Intactas.
   - Hay polvo en las calles - dijo Tomás.
   - ¡Las calles están limpias!
   - Los canales están vacíos.
   - ¡Los canales están llenos de vino de lavándula!
   - Está muerta.
   - ¡Está viva! - protestó el marciano riéndose cada vez más -. Oh, estás muy equivocado ¿No ves las luces de la fiesta? Hay barcas hermosas esbeltas como mujeres, y mujeres hermosas esbeltas como barcas; mujeres del color de la arena, mujeres con flores de fuego en las manos. Las veo desde aquí, pequeñas, corriendo por las calles. Allá voy, a la fiesta. Flotaremos en las aguas toda la noche, cantaremos, beberemos, haremos el amor. ¿No las ves?
   - Tu ciudad está muerta como un lagarto seco. Pregúntaselo a cualquiera de nuestro grupo. Voy a la Ciudad Verde. Es una colonia que hicimos hace poco cerca de la carretera de Illinois. No puedes ignorarlo. Trajimos trescientos mil metros cuadrados de madera de Oregon, y dos docenas de toneladas de buenos clavos de acero, y levantamos a martillazos los dos pueblos más bonitos que hayas podido ver. Esta noche festejaremos la inauguración de uno. Llegan de la Tierra un par de cohetes que traen a nuestras mujeres y a nuestras amigas. Habrá bailes y whisky...
   El marciano estaba inquieto.
   - ¿Dónde está todo eso?
   Tomás lo llevó hasta el borde de la colina y señaló a lo lejos.
   - Allá están los cohetes. ¿Los ves?
   - No.
   - ¡Maldita sea! ¡Ahí están! Esos aparatos largos y plateados.
   - No.
   Tomás se echó a reír.
   - ¡Estás ciego!
   - Veo perfectamente. ¡Eres tú el que no ve!
   - Pero ves la nueva ciudad, ¿no es cierto?
   - Yo veo un océano, y la marea baja.
   - Señor, esa agua se evaporó hace cuarenta siglos.
   - ¡Vamos, vamos! ¡Basta ya!
   - Es cierto, te lo aseguro.
   El marciano se puso muy serio.
   - Dime otra vez. ¿No ves la ciudad que te describo? Las columnas muy blanca, las barcas muy finas, las luces de la fiesta... ¡Oh, lo veo todo tan claramente! Y escucha... Oigo los cantos. ¡No están tan lejos! Tomás escuchó y sacudió la cabeza.
   - No.
   - Y yo, en cambio, no puedo ver lo que tú me describes - dijo el marciano.
   Volvieron a estremecerse. Sintieron frío.
   - ¿Podría ser?
   - ¿Qué?
   - ¿Dijiste que «del cielo»?
   - De la Tierra.
   - La Tierra, un nombre, nada - dijo el marciano - Pero... al subir por el camino hace una hora... sentí...
Se llevó una mano a la nuca.
   - ¿Frío?
   - Sí.
   - ¿Y ahora?
   - Vuelvo a sentir frío. ¡Qué raro! Había algo en la luz, en las colinas, en el camino... - dijo el marciano -. Una sensación extraña... El camino, la luz... Durante unos instante creí ser el único sobreviviente de este mundo.
   - Lo mismo me pasó a mí - dijo Tomás, y le pareció estar hablando con un amigo muy íntimo de algo secreto y apasionante.
   El marciano meditó unos instantes con los ojos cerrados.
   - Sólo hay una explicación. El tiempo. Sí. Eres una sombra del pasado.
   - No. Tú, tú eres del pasado - dijo el hombre de la Tierra.
   - ¡Qué seguro estas! ¿Cómo es posible afirmar quién pertenece al pasado y quién al futuro? ¿En qué año estamos?
   - En el año dos mil dos.
   - ¿Qué significa eso para mí?
   Tomás reflexionó y se encogió de hombros.
   - Nada.
   - Es como si te dijera que estamos en el año 4462853 S.E.C. No significa nada. Menos que nada. Si algún reloj nos indicase la posición de las estrellas...
   - ¡Pero las ruinas lo demuestran! Demuestran que yo soy el futuro, que yo estoy vivo, que tú estás muerto.
   - Todo en mí lo desmiente. Me late el corazón, mi estómago siente hambre, mi garganta sed. No, no. Ni muertos, ni vivos, más vivos que nadie, quizá. Mejor, entre la vida y la muerte. Dos extraños cruzan en la noche. Nada más. Dos extraños que pasan. ¿Ruinas dijiste?
   - Sí. ¿Tienes miedo?
   - ¿Quién desea ver el futuro? ¿Quién ha podido desearlo alguna vez? Un hombre puede enfrentarse con el pasado, pero pensar... ¿Has dicho que las columnas se han desmoronado? ¿Y que el mar está vacío y los canales, secos y las doncellas muertas y las flores marchitas? - El marciano calló y miró hacia la ciudad lejana.    
   - Pero están ahí. Las veo. ¿No me basta? Me aguardan ahora, y no importa lo que digas.
   Y a Tomás también lo esperaban los cohetes, allá a lo lejos, y la ciudad, y las mujeres de la Tierra.
   - Jamás nos pondremos de acuerdo - dijo.
   - Admitamos nuestro desacuerdo - dijo el marciano -. ¿Qué importa quién es el pasado o el futuro, si ambos estamos vivos? Lo que ha de suceder sucederá, mañana o dentro de diez mil años. ¿Cómo sabes que esos templos no son los de tu propia civilización, dentro de cien siglos, desplomados y en ruinas? ¿No lo sabes? No preguntes entonces. La noche es muy breve. Allá van por el cielo los fuegos de la fiesta, y los pájaros.
   Tomás tendió la mano. El marciano lo imitó. Sus manos no se tocaron, se fundieron atravesándose.
   - ¿Volveremos a encontrarnos?
   - ¡Quién sabe! Tal vez otra noche.
   - Me gustaría ir contigo a la fiesta.
   - Y a mí me gustaría ir a tu ciudad y ver esa nave de que me hablas y esos hombres, y oír todo lo que sucedió.
   - Adiós - dijo Tomás.
   - Buenas noches.
   El marciano voló serenamente hacia las colinas en su vehículo de metal verde. El terrestre se metió en su camioneta y partió en silencio en dirección contraria.
   - ¡Dios mío! ¡Qué pesadillas! - suspiró Tomás, con las manos en el volante, pensando en los cohetes, en las mujeres, en el whisky, en las noticias de Virginia, en la fiesta.
   - ¡Qué extraña visión! - se dijo el marciano, y se alejó rápidamente, pensando en el festival, en los canales, en las barcas, en las mujeres de ojos dorados, y en las canciones.
   La noche era oscura. Las lunas se habían puesto. La luz de las estrellas parpadeaba sobre la carretera ahora desierta y silenciosa. Y así siguió, sin un ruido, sin un automóvil, sin nadie, sin nada, durante toda la noche oscura y fresca.





jueves, 1 de marzo de 2012

Fernando Fernán Gómez - Los imbéciles no sufren

El desencanto



Título original: El desencanto
País:
España
Años:
1976
Dirección: Jaime Chávarrí
Música:
Franz Schubert
Duración: 97 min.

El proyecto inicial giraba en torno a la figura del poeta Leopoldo Panero, fallecido años atrás. Mientras entrevistaban a la familia, el equipo descubrió con asombro el  magnetismo que atesoraban aquellos individuos cultos, enfermos, prácticamente desintegrados. El dolor y la locura rondaban cada frase, cada plano; la ironía y la lucidez extrema también.  La madre ejercía el papel de poético hilo conductor, relatando recuerdos oscuros, marchitos, con serenidad y una resignación que nos encoge el alma.  Los tres hijos - Juan Luis, Leopoldo Mª y Michi - despliegan sin pudor sus miserias, rencillas y excentricidades.  Nadie se esconde. Al contrario: todos envisten a la cámara con su horrores. Un retrato honesto que pone sobre la mesa el conflicto que muchas veces existe entre la lucidez y la felicidad, y cómo la locura bordea tantas veces los límites de ficha lucidez.  

De entre todos ellos, destaca la figura de Leopoldo María, el segundo hijo. Aunque aparece tarde, mediado ya el documental, en cuanto lo hace, vemos con asombro cómo se convierte en el protagonista absoluto, y lo hace con un magnetismo retorcido, cautivador, que nos atrapa con la maldición que parece acompañarle, con la rebeldía que agita su verbo,con el alcohol que espolea su lengua, con la deslumbrante sabiduría que se adivina en sus ojos maltratados.

Retrato que sacudirá nuestras conciencias, que nos calará profundo desde una imágenes robadas al tiempo, al presente que fue, al pasado que es y que parece que nunca fue.

Una apología de la enajenación. Una apología cinematográfica. Una enajenación cinematográfica.

Imprescindible.



miércoles, 29 de febrero de 2012

Palabra de Henry Miller


"El papel representado por el artista en la sociedad consiste en revivir los instintos primitivos y anárquicos que han sido sacrificados en homenaje a la ilusión de la vida cómoda."


"Ustedes viven el mañana y el ayer; yo vivo únicamente el momento actual. Por lo tanto, vivo eternamente. Soy intemporal. Y puesto que esto último es evidentemente falso, ustedes tienen razón y yo continúo errado. Aquella razón arranca de éste mi error. Tener razón equivale a estar atrasado o adelantado en el tiempo."



"Pero las multitudes nunca realizaron nada, salvo destruir. El hombre que quiere organizar un movimiento está pidiendo ayuda para destruir algo que él no puede combatir solo. Cuando un hombre es auténticamente creador trabaja solo y no pide ayuda."


“Todos los días matamos nuestras mejores pasiones”

“¡Cristo, qué feliz era!, y por primera vez en mi vida me sentía feliz con plena conciencia de mi felicidad. Es bueno ser feliz simplemente; es un poco mejor saber que se es feliz; pero comprender la felicidad y saber por qué y cómo, en qué sentido, a causa de qué sucesión de hechos o circunstancias se ha logrado tal estado, y seguir siendo feliz, feliz de serlo y saberlo, eso está más allá de la felicidad, eso es la gloria, y si se tuviera un poco de sentido común debería uno suicidarse allí mismo y acabar de una vez."


"Soy un hombre que desearía vivir una vida heroica, hacer el mundo más soportable a su vista. Si en algún momento de debilidad, de relajación, de necesidad, me desahogo dejando escapar un poco de cólera ardiente cristalizada en palabras -un sueño apasionado, envuelto y atado een imágenes- entonces... tómenlo ó déjenlo... ¡pero no me molesten!"


"Soy un hombre libre... y necesito mi libertad. Necesito estar solo. Necesito meditar sobre mi vergüenza y mi desesperación en soledad; necesito el sol y los adoquines de las calles sin compañía, sin conversación, cara a cara conmigo mismo, con la compañía exclusiva de la música de mi corazón. ¿Qué quieren de mí?. Cuando tengo algo que decir, lo digo. Cuando tengo algo que dar lo doy. ¡Su inquisitiva curiosidad me revuelve el estómago! ¡Sus cumplidos me humillan! ¡Su té me envenena!. No debo nada a nadie. Sólo sería responsable ante Dios... ¡Si existiera!”



"Tengo muy pocos amigos o conocidos de mi edad o de edad cercana. Aunque suelo sentirme incómodo en compañía de ancianos, me despiertan gran respeto y admiración dos hombres muy viejos que parecen eternamente jóvenes y creativos. Me refiero a Pablo Casals y a Pablo Picasso, ambos hoy de más de noventa años. Esos nonagenarios juveniles ponen en vergüenza a los jóvenes, a hombres y mujeres de mediana edad y clase media, decrépitos en verdad, cadáveres vivientes, por así decirlo, esclavos de sus cómodas rutinas que imaginan que el status quo ha de durar siempre, o que tienen tanto miedo de que sea otro el desenlace que se retiran a sus refugios mentales para esperar el fin."


“Mi única duda es saber si Estados Unidos acabará con el mundo o si el mundo va a acabar con Estados Unidos.”


"Al escribir mis libros pensaba que me dirigía a espíritus como el mío, nunca me di cuenta de que me aceptarían – y por las peores razones – las masas no pensantes que leen con el mismo entusiasmo tiras cómicas, las noticias deportivas y los reportes financieros del Wall Street Journal."


“En un tiempo pensé que ser humano era el objetivo más alto que podía tener un hombre, pero ahora veo que estaba destinado a destruirme. Hoy me siento orgulloso al decir que soy "inhumano" que no pertenezco a los hombres ni a los gobiernos, que no tengo nada que ver con credos ni principios. No tengo nada que ver con la maquinaria crujiente de la humanidad: ¡Pertenezco a la tierra!. Digo esto con la cabeza reclinada en la almohada y siento los cuernos que me brotan en las sienes. Veo a mi alrededor a todos esos antepasados míos bailando en torno a la cama, consolándome, incitándome, flagelándome con sus lenguas viperinas, sonriéndome y mirándome de reojo con sus siniestras calaveras. ¡SOY INHUMANO!. Lo digo con una sonrisa demente, alucinada y voy a seguir diciéndolo aunque lluevan cocodrilos. Tras mis palabras se encuentran todas esas calaveras siniestras que sonríen y miran de reojo, unas muertas y sonriendo hace mucho tiempo, otras sonriendo como si tuvieran trismo, otras sonriendo con la mueca de una sonrisa, el sabor anticipado y las consecuencias de lo que ocurre siempre. Más clara que nada veo mi propia calavera sonriente, veo el esqueleto bailando al viento, serpientes saliendo de la lengua podrida y las ampulosas páginas de éxtasis sucias de excrementos. E incorporo mi lodo, mi excremento, mi locura, mi éxtasis al gran circuito que circula a través de los subterráneos de la carne. Todo ese vómito espontáneo indeseable, de borracho, seguir manando sin cesar, a través de las mentes de los que han de venir, a la vasija inagotable que contiene la historia de la raza. Codo a codo con la raza humana corre otra raza de seres, los inhumanos, la raza de los artistas que estimulados por impulsos desconocidos, toman la masa inerte de la humanidad y mediante la fiebre y el fermento de que la imbuyen, convierten esa pasta húmeda en pan y el pan en vino y el vino en canción.

Con el abono muerto y la escoria inerte producen una canción que se contagia. Veo esa otra raza de individuos saqueando el universo, dejando todo patas para arriba, con las manos vacías, siempre tratando de agarrar y asir el más allá el dios inalcanzable: matando a todo lo que está a su alcance para calmar al monstruo que les roe las entrañas. Lo veo cuando se arrancan los pelos en su esfuerzo por comprender, por aprehender lo que es eternamente inalcanzable, lo que veo cuando braman como bestias enloquecidas y se precipitan dando cornadas, veo que está bien y que no queda otro camino. Un hombre que pertenezca a esa raza ha de subir al lugar más alto y arrancarse las entrañas, mientras pronuncia palabras incoherentes. ¡Está bien y es justo, porque debe hacerlo! y todo lo que se quede corto con respecto a ese espectáculo espantoso, todo lo que sea menos escalofriante, menos aterrador, menos demencial, menos embriagador, menos contagioso, no es arte. El resto es falso. El resto es humano. El resto corresponde a la vida y a la ausencia de la vida.”

martes, 28 de febrero de 2012

Noam Chomsky - Las 10 estrategias de manipulación mediática


1. La estrategia de la distracción.

El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las élites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética. ”Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a granja como los otros animales (cita del texto ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

2. Crear problemas y después ofrecer soluciones. 

Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea hacer aceptar. Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad. O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.

3. La estrategia de la gradualidad. 

Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. Es de esa manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez. 

4. La estrategia de diferir. 

Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato. Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido podrá ser evitado. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarla con resignación cuando llegue el momento.

5. Dirigirse al público como criaturas de poca edad. 

La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad (ver “Armas silenciosas para guerras tranquilas”)”.

6. Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión. 

Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente al sentido critico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…

7. Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad. 

Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y
su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposible de alcanzar para las clases inferiores (ver ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

8. Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad. 

Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto...

9. Reforzar la autoculpabilidad. 

Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se auto desvalida y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. Y, sin acción, no hay revolución!

10. Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen. 

En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos poseídos y utilizados por las élites dominantes. Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológicamente. El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí
mismos.

* Avram Noam Chomsky es un lingüista, filósofo y activista estadounidense, profesor emérito de Lingüística en el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts).

El compromiso de Werner Bischof



Su calidad era incuestionable. Su amplitud temática también.  Tenía 38 años cuando perdió la vida en Sudamérica, en un accidente aéreo.  Antes, durante 18 años, la había ganado (su vida) con su compromiso: su trabajo sobre el hambre en la India (1951) en la revista Live impulsó un movimiento espontaneo de  ayuda en los Estados Unidos. Como muchos otros fotógrafos, quiso ser pintor pero en su camino no iba a encontrar caballetes anclados en la tierra ni pinceles manchados de colores sino un mundo abierto y misterio por el que pasear la cámara de sus inquietudes. Pronto tuvo que afrontar el conflicto entre la fotografía pictórica y la producción fotográfica moderna, y lo hizo desde la perspectiva de su primera vocación, aunando ambas corrientes, apostando por las soluciones claras y la perfección.  Esta nueva estética encontró especial aplicación en los campos de la publicidad y la moda. La guerra de los cuarenta le enseñó que la cámara podía ser un medio de denuncia muy eficaz.  De este modo, el instrumento adquiría una suerte de humanidad, de dolorosa cercanía. Siempre antielitista, encontró su camino - junto a Cartier-Bresson y tantos otros - en la agencia Magnum cuyo primer trabajo de grupo define perfectamente el espíritu que los impulsaba: La gente es gente. Debido a su compromiso, varios de los miembros de la Magnum murieron en el ejercicio de su profesión: Bischof en los Andes, Capa en Indochina, Seymour durante la crisis de Suez. La agencia quiso honrarlos con una exposición conmemorativa que se tituló '''The concerned Photographer" (El fotógrafo comprometido). Y lo eran. Vaya si lo eran.
















lunes, 27 de febrero de 2012

El corazón de Edith Piaf


Nació en 1915, en las calles de París, tras la nebulosa del alcoholismo de sus padres y un horizonte de pobreza. Su abuela, que regentaba un burdel, decidió cuidarla. Creció entonces sin demasiado rumbo, y ya a los dieciséis quedó embarazada de su hija, Castelle¸ que moriría con sólo dos años.  Edith no podría tener más hijos. En 1935, cantando en las calles como un pequeño gorrión (piaf) indefenso, fue vista por el empresario Louis Lepleé.  Él fue quien acuñaría su inmortal nombre artístico. Él fue quien la sacó de su deriva, quién la enseñó a mirar hacia arriba, hasta que un día apareció muerto en su despacho y volvió a quedar huérfana.  Encontraría un consuelo atroz: la bebida y las drogas sin freno.  Y en el amor, al que se entregaba en un doble o nada. No entendía de puntos medios.  Cruzó por su vida Raymon Asso, un letrista y la rescató del mismo infierno. Empezó a tener éxito: su voz y sus canciones atrapaban las emociones. Ganó mucho dinero. Gastó tanto y más. Años después conocería al gran amor de su vida: Marcel Cerdan. Se trataba de un boxeador, casado y con tres hijos, al que amaría cada minuto, cada segundo,  hasta que éste pereció en un accidente de aviación.  Edith quiso seguirle pero los suyos se lo impidieron.  Se volvió a dejar llevar por la vida agitada, por los amoríos caprichosos, obsesivos,  por algún que otro amor menos pasajero, siempre cantando - o mal cantando -,  siempre grande y celebre. Murió presa del cáncer. A su entierro en París asistieron 40.000 personas. Incluso en su muerte estuvo inmensamente rodeada y, a partes iguales, inmensamente sola.

Todavía hoy su tumba cuenta con flores frescas que recuerdan su voz inigualable, la soledad que arrastró en vida, el dolor que palpitaba en sus canciones.           



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