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viernes, 9 de marzo de 2012

Privatizarlo todo



En todo el mundo occidental hay una enorme presión para “privatizar” todo. ¿De dónde proviene esa presión? ¿Por cuenta de quién? ¿Qué significa? ¿Cuál es la conexión de las exigencias de “privatización” en Grecia, como parte de un “paquete de austeridad” iniciado por el Fondo Monetario Internacional con la “privatización” de las prisiones en Florida y otros Estados de EE.UU.? ¿Existe alguna? 

Comencemos por este pensamiento: a medida que se han desarrollado las culturas humanas, ha habido un acuerdo general de que algunos recursos del planeta, como el agua y el aire, son de todos. La democratización ha ampliado esos derechos para que incluyan el acceso a la belleza natural y a los océanos. 

En las diversas formas de democracia, incluyendo hasta el comunismo y el socialismo, ha llegado la aceptación de que los asuntos de interés común, no importa cómo se enfoquen o se regulen, están integrados en el sistema político. Es un bien fundamental, ya que sin él no hay modo de que el pueblo ejerza algún poder real sobre su entorno político.

Si alguien aprueba, por ello, la democracia, también tiene que aceptarla con una conexión inviolable entre, por ejemplo, la construcción de carreteras y la política. De otra manera, si las carreteras se construyeran de modo privado, nadie podría transitar por ellas sin pagar aranceles exorbitantes. Los agricultores no podrían llevar sus cosechas al mercado. La gente no podría viajar o visitarse. Etcétera.

Es peligroso romper la conexión entre el público y la administración y el control de los recursos públicos y de las operaciones consideradas de bien común. Es difícil decir hasta qué punto es peligroso.

El tema de la privatización es posiblemente el tema público más importante que enfrentamos en EE.UU. y también está causando una terrible desarticulación y un caos político en Europa. No lo veréis en las noticias. Como en muchas cosas en la actualidad en EE.UU., es una historia que tendréis que reconstruir por vuestra propia cuenta.

Corrections Corporation of America, la mayor compañía que gestiona las prisiones privadas, ha escrito a 48 Estados ofreciendo hacerse cargo de la dirección de prisiones, siempre que los Estados garanticen una ocupación del 90%.

La corrupción sistémica que sugiere es sobrecogedora.

El cuidado de los reclusos ciertamente es una responsabilidad de las instituciones federales en los sistemas carcelarios de los Estados y en el conjunto del país. La forma de tratar a los reclusos, garantizar su alimentación y vestido, su ocio, sus actividades y su salud, es un asunto de la administración pública. El Estado arresta, procesa y dicta las penas; se condena a los reclusos a penas de prisión. La duración de las condenas con frecuencia está muy influenciada por la conducta del preso. 

Debiera ser obvio que las condiciones de la prisión dependen de la política; la política aprueba las leyes y gestiona el sistema judicial. Cómo se administran las prisiones es una responsabilidad pública y depende de las leyes.

Las prisiones no se hicieron como empresas con fines de lucro, ni deben serlo. Tienen funciones que cumplir. No quiere decir que el tema de los presupuestos carezca de importancia, solo que no puede ser el único criterio de una gestión adecuada.

De otra manera los reclusos no recibirían ninguna atención. El arroz es barato; la carne rancia es realmente barata. No tendría sentido pensar en la rehabilitación, que puede ser costosa. A nadie le interesa lo que pasa cuando salen en libertad. Los gulag producen beneficios que incluso impresionarían a Wall Street. 

Se supone que el gobierno no es una empresa con fines de lucro. Pero cualquier función gubernamental, una vez que se privatiza, se convierte exactamente en eso. ¿Hay quien se pregunta qué pasaría con el mantenimiento del orden y el sistema judicial una vez que el Estado acepte mantener las prisiones a un 90% de su capacidad?

¿Cómo funcionarán los parques nacionales cuando los privaticemos, como propugnan algunos políticos idiotas? ¿Cómo serán las costas de la nación? Hace años los votantes de California aprobaron la Iniciativa Costera que las protege y asegura el acceso público; si, y cuando se rompe esa promesa, ¿cuánto se tardará antes que solo los ricos puedan gozar de las playas?

Algo menos serio: ¿y si privatizáramos las fuerzas armadas? Lo están haciendo, ya sabéis. Cuando Obama anunció la “retirada” de tropas estadounidenses de Irak que había prometido hace solo tres años, no se tomó la molestia de mencionar que dejaba tras ellas unos 50.000 soldados privados, un ejército privado que sirve las necesidades de los mafiosos corporativos que piensan en cómo saquear lo que queda.

Xe, ex Blackwater, es un ejército privado que el gobierno contrata para ciertas tareas, frecuentemente no especificadas, porque considera que el ejército regular no puede realizarlas. Sus soldados cobran mucho más que los soldados normales y su tasa de bajas es muy superior. Xe trabaja para EE.UU., Halliburton, Bechtel o cualquiera que le contrate. Sus mercenarios están, como descubrimos cuando asesinaron a civiles iraquíes por puro deporte, eximidos de la ley estadounidense y del control del gobierno de EE.UU. que los contrata.
Cuando los ejércitos privados pueden operar fuera del control político de un país no existe democracia, ni siquiera en la forma. Todos sabemos lo que es, ¿verdad?

La privatización del agua ha dado la posibilidad a grandes corporaciones de que destruyan amplias áreas agrícolas en India y otros sitios, causando suicidios de decenas de miles de agricultores que han perdido sus tierras. La privatización de los servicios públicos, de las propiedades públicas, de las responsabilidades públicas, es un pasaje directo al infierno.

Las protestas en Grecia tienen que ver con la privatización. Es la agenda del Fondo Monetario Internacional, el consorcio de banqueros que dirige gran parte del mundo y quiere más. Mediante el mecanismo de la deuda los banqueros pueden extorsionar con todas las medidas de “austeridad” que quieran. Estas implican reducción de los salarios de empleados públicos, reducción de los servicios sociales a los pobres y privatización de los bienes públicos.

Si pensáis que no vamos orientados en esa dirección en EE.UU. estáis soñando. De eso tratan las discusiones presupuestarias actuales y las charlas sobre la “deuda” de EE.UU. ¿A quién debemos esa deuda? 

Evidentemente a los banqueros, a los mismos cuyo saqueo del Tesoro causó esta crisis para comenzar. 

¿Lindo, verdad?

Después de haberse apoderado de todo lo demás, ahora quieren lo que queda, y lo que queda son los tesoros de una nación, la riqueza de propiedad común de su pueblo.

Simplemente no podemos permitir que la consigan. 

Richard Raznikov

martes, 28 de febrero de 2012

Noam Chomsky - Las 10 estrategias de manipulación mediática


1. La estrategia de la distracción.

El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las élites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética. ”Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a granja como los otros animales (cita del texto ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

2. Crear problemas y después ofrecer soluciones. 

Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea hacer aceptar. Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad. O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.

3. La estrategia de la gradualidad. 

Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. Es de esa manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez. 

4. La estrategia de diferir. 

Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato. Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido podrá ser evitado. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarla con resignación cuando llegue el momento.

5. Dirigirse al público como criaturas de poca edad. 

La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad (ver “Armas silenciosas para guerras tranquilas”)”.

6. Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión. 

Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente al sentido critico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…

7. Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad. 

Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y
su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposible de alcanzar para las clases inferiores (ver ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

8. Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad. 

Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto...

9. Reforzar la autoculpabilidad. 

Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se auto desvalida y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. Y, sin acción, no hay revolución!

10. Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen. 

En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos poseídos y utilizados por las élites dominantes. Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológicamente. El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí
mismos.

* Avram Noam Chomsky es un lingüista, filósofo y activista estadounidense, profesor emérito de Lingüística en el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts).

viernes, 24 de febrero de 2012

El hambre es obra de las personas y la humanidad puede eliminarla



Entrevista a Jean Ziegler, ex relator especial de las Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación.


1.- ¿Qué relación establece usted entre el endeudamiento de los países más industrializados y el hambre que atenaza una parte importante de la población africana?

Antes de responder a su pregunta, quisiera hablar de la extensión del desastre. La masacre anual de decenas de millones de seres humanos producida por el hambre es el escándalo de nuestro siglo. Cada cinco segundos muere de hambre un niño menor de 10 años, 37.000 personas mueren de hambre cada día y 1.000 millones, de los 7.000 que somos, quedan mutilados por la subalimentación permanente… y eso en un planeta que desborda riquezas. 

El informe sobre la inseguridad alimentaria en el mundo elaborado por la FAO, que da las cifras de las víctimas, dice que la agricultura mundial en la etapa actual podría alimentar normalmente (2.200 calorías diarias por individuo adulto) a 12.000 millones de personas, o sea, casi el doble de la población mundial actual.

En el umbral de este nuevo milenio, por lo tanto no existe ninguna fatalidad, ninguna penuria objetiva. Un niño que muere de hambre cae asesinado.

Durante ocho años fui relator especial de las Naciones Unidas para el derecho a la alimentación. Este libro, Destruction massive. Géopolitique de la faim, es el relato de mis combates, de mis fracasos, de mis ocasionales y frágiles victorias y también de mis traiciones.

El problema de los que padecen hambre no es la disponibilidad general de alimentos en el planeta, sino su propio acceso a los alimentos, y esencialmente su falta de poder adquisitivo para comprarlos. El hambre estructural es la que mata cotidianamente debido a las fuerzas de producción insuficientemente desarrolladas en los campos del hemisferio sur. El hambre coyuntural, por el contrario, golpea cuando una economía se desploma bruscamente, a causa de una catástrofe climática o una guerra.

Vuelvo a su pregunta. La relación entre la deuda y la destrucción por el hambre es particularmente evidente en el combate contra el hambre coyuntural.

Entre 2008 y 2010, el Programa Alimentario Mundial perdió prácticamente la mitad de su presupuesto: era de 6.000 millones de dólares en 2008, y ahora es de 3.200 millones. Los Estados industriales se endeudaron masivamente para refinanciar a sus bancos… y han eliminado o reducido fuertemente sus contribuciones al PAM. Pero el PAM es el encargado de la ayuda alimentaria urgente en caso de catástrofe climática o de guerra.

En consecuencia, el Programa Alimentario Mundial no puede comprar alimentos suficientes para la ayuda urgente en caso de hambruna, como pasa ahora en el Cuerno de África, donde los funcionarios de la ONU rechazan todos los días la entrada de cientos de familias, refugiadas del hambre, en sus 17 campos de acogida instalados en la región. La deuda es responsable de la destrucción de miles de seres humanos.

2.- Bajo la misma perspectiva, ¿qué relación establecería usted entre la crisis bancaria y económica que estalló en los años 2007-2008 en los países más industrializados y la crisis alimentaria mundial, casi simultánea?

La crisis financiera de 2007-2008 provocada por la delincuencia bancaria tuvo en especial dos consecuencias. La primera: los fondos especulativos (hedge funds) y los grandes bancos se trasladaron después de 2008, abandonando los mercados financieros para orientarse hacia mercados de bienes primarios, principalmente agrícolas. Si observamos los precios de los tres alimentos básicos (maíz, arroz y trigo), que cubren el 75% del consumo mundial de alimentos, vemos que aumentaron de forma explosiva. En 18 meses, el precio del maíz aumentó un 98%, la tonelada de arroz pasó de 105 dólares a 1.010 dólares y la tonelada de trigo para harina dobló su precio desde septiembre de 2010, pasando a 271 euros. Esta explosión de precios produce beneficios astronómicos a los especuladores, pero mata en los barrios miserables a centenares de miles de mujeres, hombres y niños. 

La segunda consecuencia es la carrera de los hedge funds y otros especuladores por las tierras cultivables del hemisferio sur.

Según el Banco Mundial, el año pasado, 41 millones de hectáreas de tierras cultivables fueron acaparadas por fondos de inversiones y multinacionales únicamente en África, con el resultado de la expulsión de los pequeños campesinos. Lo que se debe denunciar es el papel del Banco Mundial, y también del Banco Africano de Desarrollo, que financian estos robos de tierras. Para justificarse, estas organizaciones enuncian la teoría perniciosa de que la productividad agrícola en África es muy baja. Cosa cierta. Pero se debe aclarar que no es porque los campesinos africanos sean menos competentes o menos trabajadores que los campesinos franceses. Es porque esos países están estrangulados por su deuda externa. No tienen dinero para constituir reservas para casos de catástrofes ni para invertir en la agricultura de subsistencia. Es falso que la solución vendrá de la cesión de las tierras a las multinacionales.

Lo que hay que hacer es que esos países sean capaces de invertir en agricultura y de dar a los campesinos los instrumentos mínimos para aumentar su productividad: herramientas, riego, buenas semillas, abonos.
Un ejemplo: el 3,8% de las tierras africanas son de regadío. En todo el continente sólo existen 250.000 animales para el trabajo agrícola y algunos miles de tractores. Los abonos minerales, las semillas seleccionadas están, en gran medida, ausentes.

3.- ¿Cuál es la tesis central de su libro Destruction massive. La géopolitique de la faim?

El hambre es obra de las personas y la humanidad puede eliminarla. Los principales enemigos del derecho a la alimentación son la decena de sociedades transcontinentales privadas que dominan casi con exclusividad el mercado alimentario. Fijan los precios, controlan los stocks y deciden quién vivirá y quién morirá, porque solamente los que tienen dinero tendrán acceso a los alimentos. El año pasado, por ejemplo, Cargill controló más del 26% de todo el trigo comercializado en el mundo. Pero estos monopolios disponen además de organizaciones mercenarias: la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Estos son los tres jinetes del Apocalipsis. Si bien reconocen que el hambre es terrible, estiman que cualquier intervención en el mercado es un pecado. Para ellos, reclamar una reforma agraria, un salario mínimo o la subvención de alimentos básicos, por ejemplo, para salvar las vidas de los más pobres es una herejía. Según estos grandes trusts, que de forma conjunta controlan cerca del 85 % del mercado alimentario, el hambre solamente se vencerá en el momento en que se produzca la liberalización total del mercado y la privatización de todos los sectores públicos. 

Esta teoría neoliberal es mortífera y oscurantista. La Unión Soviética se derrumbó en 1991 (fue una buena cosa). Hasta ese momento, una de cada tres personas vivía bajo un régimen comunista y el modo de producción capitalista estaba limitado regionalmente. Sin embargo, en 20 años el capitalismo financiero se extendió como la peste por todo el mundo. Y engendró una instancia única de regulación: el mercado mundial, la dichosa mano invisible. Los Estados perdieron su soberanía y la pirámide de los mártires ha crecido. Si los neoliberales tuvieran razón, la liberalización y la privatización habrían debido reabsorber el hambre. Ahora bien, se produjo justamente lo contrario. La pirámide de mártires no deja de crecer. La muerte colectiva debida al hambre se vuelve cada día más terrorífica.

Pero a pesar de su título —Destruction massive— mi libro es un libro de esperanza.

No hay impotencia en democracia. Existen medidas concretas que nosotros, ciudadanas y ciudadanos de los Estados democráticos de Europa, podríamos imponer de inmediato: prohibir la especulación en la bolsa de los productos alimentarios, hacer que se detenga el robo de tierras cultivables por las sociedades multinacionales, impedir el dumping agrícola, conseguir la anulación de la deuda externa de los países más pobres para que puedan invertir en la agricultura para la alimentación local, terminar con los agrocarburantes… Se puede obtener todo eso si nuestros pueblos se movilizan. 

Escribí Destruction massive. Géopolitique de la faim para fortalecer la conciencia de los ciudadanos. Y lo repito, mientras discutimos, cada cinco segundos muere de hambre un niño menor de diez años. Las fosas están allí. Y los responsables son identificables.

Además, tuvieron lugar enormes insurrecciones de campesinos —totalmente ignoradas por la prensa de Occidente— en numerosos países del Sur: en Filipinas, en Indonesia, en Honduras, en el norte de Brasil. Los campesinos invaden las tierras robadas por las sociedades multinacionales, luchan, mueren, pero también a veces salen victoriosos. George Bernanos escribió: «Dios no tiene otras manos que las nuestras».
El orden caníbal del mundo se puede destruir y se puede asegurar la felicidad material para todos. Tengo confianza: en Europa, la insurrección de las conciencias está próxima.

4.- Desde hace años, en particular como vicepresidente del Comité Consultivo del Consejo de los Derechos Humanos de la ONU, usted actúa con el fin de que se adopte un pacto u otro instrumento legal internacional que garantice los derechos de los campesinos a escala planetaria. ¿Hasta dónde se ha llegado, actualmente?

El proyecto de una convención internacional que proteja los derechos de los campesinos (derecho a la tierra, derecho a las semillas, derecho al agua, etc.) se someterá en junio a la Comisión de los Derechos Humanos. La convención materializaría el principio de la obligación extraterritorial de los Estados. En concreto: se podría considerar al Estado francés responsable de las violaciones de los derechos de los campesinos cameruneses o de Benín por las sociedades Vincent Bolloré o Vilgrain.
La batalla es incierta.

5.- ¿Qué utilidad pueden tener los análisis y las acciones del CADTM en el combate por el derecho a la alimentación, y más allá en un cambio radical en materia de derechos humanos?

El oscurantismo neoliberal envenena a la mayor parte de los gobiernos y a una gran parte de la opinión pública. Los análisis y los combates del CADTM son esenciales. Jean-Paul Sartre escribió: «Conocer al enemigo, combatir al enemigo». Esta doble exigencia está magníficamente asumida por el CADTM.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Roméo Dallaire, Ruanda y el diablo al que estrechó la mano


Testigo de excepción del genocidio de Ruanda de hace 10 años, el general canadiense Roméo Dallaire era el máximo responsable sobre el terreno de las tropas de paz de la ONU. Su misión se convirtió en una pesadilla de más de 1.000.000 de muertos. La ONU le había ofrecido esa misión de paz. Entonces pensó que podía ayudar. Ruanda: un país que no sabía dónde situar; un país cuya historia desconocía. Un rincón hermoso, primitivo del planeta en el que él garantizaría el tratado de paz recién firmado entre los tutsis y los hutus. Sin embargo, la realidad mostró su peor cara: se desató el horror. No pudo hacer nada. No le dejaron: en aquella región sólo había personas. No valía nada. Pero tanto dolor no le saldría gratis. El horror le había poseído. Rondó la locura, el suicidio. Finalmente escribió su libro, Yo estreché la mano al diablo. En él trató de vomitar aquella experiencia indigerible. Y lo consigue, en parte...

Entrevista realizada a Roméo Dallaire por Sol Alameda, de solidaridad.net:

Lo primero que aparece en su libro es la sorpresa que le produjo entrar en el departamento de operaciones de Naciones Unidas para mantener la paz, en Nueva York, la DOMP. Era una oficina donde nada funcionaba, sin un lugar donde ponerse a trabajar.

Sí. Todo era escaso. La Unicef o el Alto Comisionado para los Refugiados estaban mucho mejor dotados. Había oído comentar que ese departamento estaba formado por personas que trabajaban lo mínimo, a quienes nunca se hallaba en el puesto de trabajo en caso de emergencia. Vi que la actitud era negativa, y las injerencias del departamento de asuntos políticos, constantes. Me resultaba imposible coordinar una reunión para organizar la misión que se me había encomendado. Descubrí que existía toda una cultura de guardarse la información, porque la información es poder. Nadie me decía nada. Ni siquiera me dijeron que la ONU había estado presente en la firma del alto el fuego.

Llegó a Ruanda, en octubre de 1993, con un mapa turístico del país que le dieron en la ONU, y al mando de una misión que desde el principio consideró insuficiente para el trabajo que debía realizar. ¿Por qué aceptó tanta rebaja como se le fue imponiendo?

Me dijeron que la misión debía ser reducida en cuanto a efectivos, y costar lo menos posible. Si no, nunca sería aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU. De todos modos pensé que sería suficiente, que podría ampliarse más adelante... Luego comprendería que al enviar la misión de paz a Ruanda no se trataba de responder a las exigencias de la situación, sino de evaluar estas exigencias en función de los recursos limitados que teníamos. Es decir, de pronto me encontré con un problema moral entre las manos.

¿Fue ingenuo?

Debía trabajar con una opción y pensaba que era razonablemente viable, aunque la reducción de efectivos a 2.260 soldados implicaba más riesgo. Pero estaba ilusionado, iba a llevar la paz a Ruanda. Luego, cuando todo se complicó, era tarde, pero un soldado no abandona a su tropa.

Cuando fue a Addis Abeba para reunirse con una comisión económica de la ONU que valoraba la situación en Ruanda, cuenta que de pronto, en medio de África, le pareció estar en Ginebra. 

Nunca había visto tantos Mercedes aparcados. Los funcionarios llevaban ropa hecha a medida, mientras la pobreza les rodeaba. La verdad es que el cinismo de esa gente me heló la sangre. Alguien dijo, no sé si allí o en otro lugar, que en Ruanda no había materias primas, que no era un lugar estratégico, que sólo había gente. En Kigali, la capital, los diplomáticos se reunían en cócteles. y nunca conseguí que compartieran conmigo lo que sabían. Tampoco lo hacían los principales políticos de los partidos que debían participar en la formación de un Gobierno de transición para preparar elecciones.

Su libro se llama ‘Jlai serré la main du diable’ (‘Yo estreché la mano del diablo’). ¿Sabe cuándo lo hizo por primera vez?

Sí, cuando visitaba y hablaba con esos políticos ruandeses sin saber que algunos de ellos eran los hombres que llevarían a cabo el genocidio. Mientras yo trataba de evaluar la situación junto a ellos, ellos me estaban tomando la medida. Resulta que los partidarios de la línea dura, dentro de los hutus, entre los que había gente del Gobierno provisional y del Ejército, habían comprendido muy bien que Occidente estaba obsesionado por Yugoslavia y por la reducción de sus fuerzas militares en misiones internacionales; que no querían implicarse en el centro de África. Puede que los extremistas nos tomaran, a mí incluido, por unos imbéciles. Yo podía suponer que Occidente no quería consagrar muchos recursos para asegurarse un papel de policía planetario, pero ellos tenían la certeza de que era así. Nos conocían mejor que nosotros a ellos. Cuando prendieron a diez soldados belgas, acusándoles falsamente de haber derribado el avión presidencial, y los mataron, yo me pregunté cómo reaccionaría la comunidad internacional, si me daría más apoyo para parar la locura que iba a desencadenarse o si, como en Somalia, la ONU utilizaría esas muertes como excusa para huir. Ellos, en cambio, sabían que los belgas se retirarían unilateralmente del país y que eso iba a ser un factor determinante para el resto de mi misión. Los mismos oficiales belgas no entendían por qué les sacaban del país cuando más necesarios eran. Ése es el momento que los radicales ruandeses están esperando para iniciar la masacre. Ellos saben que es el momento.

¿Por qué los extremistas hutus sabían antes que usted lo que la ONU decidía?

Tenían su propio embajador en Naciones Unidas. Como la representación de los países se hace por rotación, su embajador estaba por casualidad en el consejo en ese momento. O sea, que recibían todas las informaciones sobre las negociaciones, las discusiones, tenían acceso a todo lo que pasaba. Pero lo peor es que cuando el consejo se dio cuenta de que se estaba produciendo una destrucción masiva de seres humanos, no echaron al embajador que representaba a los extremistas; lo dejaron seguir en su puesto. A pesar de que varios representantes querían que se fuera, los peces gordos se negaron para no sentar un precedente... Ni siquiera para detener un genocidio se quería sentar un precedente. Ruanda seguía siendo un país soberano, aunque se violara, se exterminara y se cometieran crímenes contra la humanidad.

En Naciones Unidas rechazan una y otra vez todas sus propuestas de actuar, con el argumento de que los ruandeses deben ser dueños de su futuro. incluso cuando pide permiso para decir que la ONU apoya a los moderados de las dos etnias, tutsis y hutus, le contestan que ni hablar, que es una injerencia. Mientras el Consejo de Seguridad se manifiesta de ese modo, en Ruanda hay asesores franceses, belgas, alemanes. Y el jefe del movimiento FPR, de los tutsis, le dice que su ejército estuvo a punto de ganar la guerra contra los hutus, pero que las tropas francesas lo impidieron. Muchas veces se queja y se pregunta si es la indiferencia lo que impide que se pare la matanza o si hay algún tipo de interés por parte de esas naciones. ¿Ya sabe qué era?

Las dos cosas. Los que podían intervenir, después de la derrota de los norteamericanos en Somalia, donde hubo 18 muertos, decidieron que abandonaban la misión. Si no había un valor estratégico en un país –por su situación geográfica o sus recursos, como diamantes o petróleo–, no intervendrían. Es una decisión de los grandes países. Y los países de media potencia, que no tienen capacidad estratégica, dijeron simplemente que el riesgo era demasiado grande y decidieron dejar las cosas como estaban. Así entendí que el negro africano, por sí mismo, no tiene ningún valor para las grandes potencias. Ahora vemos que tienen misiones los británicos en Sierra Leona y los franceses en Costa de Marfil. Pero el Congo está en plena destrucción y nadie quiere intervenir.

Pero si no les interesaba, ¿por qué los franceses impedían que ganaran la guerra los tutsis?

Los franceses se mueven en la zona por la llamada francophonie, por el orgullo de controlar. E invariablemente ayudan a los hutus. Enseguida comprobé asombrado que tanto franceses como belgas y alemanes tenían allí consejeros a docenas. Ellos sí sabían lo que pasaba, pero ninguno proporcionaba a la ONU, es decir, a mí, su representante., la información que poseían. Y al mismo tiempo, esos países que estaban en el Consejo de Seguridad tampoco dejaban a la ONU, a mí, montar mi propia unidad de información, porque, decían, el mandato no contemplaba eso. Incluso cuando tuve constancia de que se pasaban armas de contrabando a través de la frontera de Uganda y pedí permiso para buscarlas, me contestaron que no.

Kofi Annan estaba al mando, junto a otros dos, era un triunvirato, de la organización de la ONU para la paz. ¿A él lo salva?

Yo ni salvo ni condeno. Me limito a contar lo que sucedió. Lo que vi.

La masacre, los asesinatos de tutsis con machete, comienza en marzo de 1993. Entonces empieza a actuar lo que usted llama ‘Tercera Fuerza’. ¿Qué es la ‘Tercera Fuerza’?

Sí, y aparecen los cadáveres flotando en los ríos y en el lago Victoria. Desde Burundi, donde había habido un golpe de Estado, llegaban miles de refugiados; 300.000 en unos días. La Tercera Fuerza no es algo que se improvisa o que surge de modo espontáneo. Fue organizada durante meses. El partido hutu, extremista, estuvo entrenando a grupos de jóvenes desde hacía tiempo. No es algo que surge. Se trata de un método, de un plan ideado para exterminar a los tutsis. Son escuadrones de la muerte a los que enseñan el uso de armas y la forma de asesinar. Todo está organizado, los espías extremistas están infiltrados en la armada gubernamental, en las fuerzas de la ONU. Mientras, la radio lleva emitiendo mensajes racistas durante meses. Sólo se espera una señal para empezar a matar a los tutsis y los hutus moderados.

De todas las atrocidades que vio, ¿cuáles le han perseguido más después?

Las escenas de violaciones. Les introducían palos y botellas que rompían; les cortaban los pechos. Todas esas escenas con mujeres, para mí, con mi cultura, me parecían lo peor que se puede imaginar. Aun muertas, veías en los ojos de esas mujeres el horror y el sufrimiento, la indignidad que habían padecido. Muchas veces mataban a los niños delante de sus padres, les cortaban las extremidades y los órganos genitales, y les dejaban desangrarse. Luego también mataban a los padres. Había gente que pagaba para que les pegaran un tiro en vez de ser matados con machete. Pagar por cómo morir...

Cuenta en el libro algo sorprendente: que algunos extremistas que dirigían las masacres se habían educado en Occidente. ¿Para qué sirve la educación?

Es cierto. El extremista, o el africano que está en la estructura política de élite, es una persona muy bien educada, estudia en las mismas escuelas que nosotros y conoce muy bien la política internacional, cómo llevar su país, cómo manipular los medios de comunicación. Están extraordinariamente bien formados intelectualmente. El problema es cómo se les puede inculcar el sentido del humanismo, el respeto de los derechos humanos... Por ejemplo, uno de los jefes de los extremistas estaba en Canadá durante las crisis entre Quebec y Canadá, y pudo ver cómo actuábamos nosotros. Simplemente con la educación no se puede garantizar que toda su historia y su pasado se eliminen. Pero hay que trabajar en ese sentido. El hijo de Habyarimana (jefe extremista hutu) estaba en el colegio con mi hijo en Quebec, en 1994.

Después de su experiencia en Ruanda, ¿ha perdido la fe en la humanidad?

Para nada. Soy optimista porque si no lo fuera, estaría muerto. Pero es un optimismo que he adquirido con los años, cuando me he dado cuenta de que todo esto sólo puede cambiar con mucho tiempo, con muchos esfuerzos individuales; quizá necesitemos siglos. Yo creo que con los movimientos de los derechos humanos, con la implicación cada vez mayor de las ONG, con la creación de instituciones como la Corte Penal Internacional, pienso que tal vez dentro de dos o tres siglos dejaremos de autodestruirnos por nuestras diferencias. Y creo que tardará sólo tres siglos si trabajamos duramente. Porque si no, ni siquiera entonces lo lograremos. Pero un día todos los hombres serán tratados con dignidad y serenidad, y sus hijos tendrán la posibilidad de recibir educación y podrán seguir avanzando. Pero eso pasará cuando el 20% de los países desarrollados ofrezca los recursos necesarios para que el 80% que sigue en el barro y el sufrimiento alcance un nivel de dignidad y respeto.

Usted es de Quebec, pero después de haber visto lo sucedido en Ruanda ha dejado de ser nacionalista.

Lo que impide que la humanidad avance es la soberanía y el nacionalismo. Porque la soberanía ha sido lo que los países han utilizado para no acabar con los regímenes autoritarios. En nombre de la soberanía, usándola como excusa, se puede justificar el racismo y se hacen cosas espantosas. El nacionalismo es una espada que corta por los dos lados. Es bueno para dar ánimos a los ciudadanos, para enaltecer, pero cuando se utiliza como arma política se identifican las diferencias que aseguran que la gente es diferente y que deben defender esa diferencia. Y en este contexto la humanidad no avanza. El racismo no es otra cosa que considerar que hay seres humanos que no son tan humanos como nosotros, lo cual significa que no somos todos iguales. Yo lo que digo es que somos todos iguales.

Una de las personas que peor quedan retratadas en su libro es el enviado personal del entonces secretario general de Naciones Unidas, Butros-Gali.

Se cruzó de brazos, no actuó ni me dejó hacerlo. Decía que no había que comprometer el proceso político. Incluso llegó a cambiar uno de mis informes y a escribir que todo progresaba, lenta pero constantemente.

Otro momento de gran enfado suyo se produce cuando se presenta uno de los fundadores de Médicos Sin Fronteras para llevarse huérfanos a Francia, porque, dijo, la opinión pública francesa estaba consternada con lo que ocurría en Ruanda.

Sí. Le solté muy enfadado que lo que quería era calmar las conciencias... Llegó rodeado de periodistas. Él mismo volvió más tarde, ya con mandato de la ONU, para establecer una zona de seguridad. Era una actitud muy hipócrita, porque yo sabía que los franceses estaban al corriente de que sus aliados eran los responsables de las masacres.

¿Cuánto costó que la ONU aceptara denominar genocidio lo que ocurría en Ruanda? 

Los norteamericanos fueron los que se opusieron con más fuerza. Se negaban a que se usara ese término. Yo me preguntaba qué diferencia había entre lo que estaba ocurriendo allí y lo que hicieron los nazis en Alemania. No podía entender que después de que los occidentales dijeran tantas veces que eso no podía volver a pasar ocurriera de nuevo. Por lo visto, nos estábamos refiriendo a los blancos, pero no a los negros. La ONG OXFAM fue la primera en usar la palabra genocidio. Yo lo consulté a Nueva York, y nadie me respondió jamás. Pero nunca pude imaginar la controversia que iba a producirse por ese motivo. A mí siempre me pareció la palabra exacta y comencé a usarla
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Después de leer su libro, la ONU se muestra como algo ineficaz.

El genocidio ruandés es la prueba de la incapacidad de la humanidad para atender a la llamada de un pueblo en peligro. La ONU sólo es un símbolo de que la comunidad internacional ha fracasado, de que no tiene la voluntad política ni los medios materiales necesarios para impedir la tragedia. Pero las potencias mundiales desgraciadamente no han cambiado desde Ruanda. Hace falta una voluntad inflexible y los medios precisos para pasar del siglo XX de los genocidios al siglo del respeto a la humanidad. Para ello, la ONU debe renacer, cosa que los burócratas o el secretario general no pueden hacer solos. Los países miembros deben pensarse su papel. Si no, la esperanza de acceder a una nueva edad de la humanidad morirá. Sé que una ONU fuerte e independiente no le interesa a nadie. Ni con una reputación envidiable. Quieren que sea débil para poder culparla de sus fracasos. Pero la necesitamos y hay que luchar por transformarla. Está debilitada porque los cinco países permanentes, y sobre todo los norteamericanos, la quieren así. Ya empieza a ser hora de que las potencias medias (como España, Canadá, Italia ... ) tomemos nuestras responsabilidades y demostremos a los grandes de Naciones Unidas que se pueden resolver los problemas (como Irak) de otro modo. Yo no creo en las coaliciones conducidas por las grandes potencias. Porque no son transparentes. Sinceramente, sólo les mueven los intereses. Pero en Naciones Unidas todavía hay suficientes personas que creen en la humanidad y hay que apoyarlas
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¿Tuvo presiones para no publicar este libro?

Ninguna presión en el contexto diplomático. Lo que sí me pidieron es que me esperara hasta después de testificar en el Tribunal Internacional de crímenes contra la humanidad en Ruanda.

¿Cómo fue su vida después de Ruanda?

Regresé a Canadá, me hicieron comandante adjunto del Ejército, di muchas conferencias sobre Ruanda. Después de unos años empecé a decaer, necesitaba dormir. Estaba lleno de imágenes de Ruanda y en 1998 me sentía completamente aplastado. Fui a testificar, pero cuando regresé estaba tan cansado emocionalmente que no pude trabajar durante seis meses. Después volví a trabajar. Los médicos, al cabo de un año, dijeron que no avanzaba en mi terapia porque estaba todavía demasiado implicado con Ruanda y que mi objetivo era suicidarme trabajando. No podía ir al dormitorio porque el silencio era enorme y me resultaba insoportable; me quedaba en mi trabajo. En casa me caía de cansancio en el sofá, pero necesitaba siempre mucho ruido a mi alrededor. Todas aquellas imágenes me venían a la mente. En abril de 2000 me licenciaron de las fuerzas armadas.

Creo que pensó en el suicidio.

Lo intenté varias veces. Y si no lo conseguí fue porque no me dejaron solo. Siempre venía alguien. Sufría de una herida que siempre ha estado considerada como no honorable. Una herida en el brazo es honorable, pero una herida en la cabeza, entre las orejas, no lo es; en las estructuras militares se es valiente o se es cobarde. No se entiende el traumatismo que daña el cerebro y que nos imposibilita para continuar porque hemos perdido la confianza, la capacidad de concentración, porque no podemos seguir. Ha sucedido en todas las guerras. Y hay que ocuparse de esos soldados heridos. A nosotros, en Canadá, se nos considera como veteranos heridos igual que a los que han perdido un brazo, y recibimos compensaciones y tratamientos. Pero hemos luchado ocho años para lograr ese derecho.

¿Cómo se encuentra ahora?

El libro está escrito, la historia está ahí. Fui al tribunal a presentar mis informaciones contra el diablo. Estoy aliviado y vivo un poco como una persona diabética, que necesita tomar insulina todos los días para estar en un estado normal. Yo tomo unas cuantas pastillas al día para estar, digamos, normal. Pero estoy herido...

Cuando dejó Ruanda, ¿fue a pedir explicaciones a alguien?

No, lo que hice fue escribir un informe detallado sobre las lecciones aprendidas y los puntos que yo consideraba como errores. Después formó parte del informe Brahimi, que es un informe sobre reformas de los oficios de la paz. Nunca fui a buscar culpables, yo ya tenía mis ideas al respecto: quién tenía responsabilidades, quién tomó decisiones. Viví con eso y seguí trabajando en mi casa. Por eso tardé siete años en empezar el libro y luego tres más en escribirlo.

Y ahora va por el mundo contándolo...

Sí, ya lo he hecho en EE UU y en el Reino Unido. Doy muchas conferencias a los militares, a ONG y a estructuras gubernamentales.

General, ¿usted sabe por qué mataban con machete en vez de disparos? Un escritor y periodista polaco, Kapuscinski, cuenta en uno de sus libros, ‘Ébano’, que lo del machete se hacía para que todo el mundo estuviera involucrado en el crimen, con las manos manchadas de sangre...

Creo que eso es un poco de imaginación. Los extremistas asustaban a las personas a través de la radio, la radio era la voz de Dios, y la voz de Dios les decía que mataran con el machete, porque las balas son muy caras y las reservaban para luchar. Los machetes venían de China. No distribuyeron armas de fuego hasta un mes antes del principio de la guerra. La gente allí es muy hábil con el machete; es un instrumento de la agricultura. Les pareció la solución ideal. Así que usaban el machete o un palo pequeño con algo así (dibuja un pequeño pico) en el extremo, que sirve para excavar en la tierra, y los clavaban en la cabeza y abrían los cráneos

 Evolución demográfica de Ruanda

jueves, 17 de noviembre de 2011

Memoria de otro saqueo más

TÍTULO ORIGINAL: Memoria de un saqueo
AÑO: 2003

DURACIÓN: 118 min.

PAÍS: ARGENTINA
DIRECTOR: Eduardo E. Solanas
GUIÓN:  Eduardo E. Solanas



En el 73, una vez finalizada de la guerra de Vietnam y con un excedente de dólares en circulación, empiezan  a ofrecerse créditos al 3% a los países más desfavorecidos. En pocos años, por arte de mágia financiera, los intereses suben al 60%. Nace así la deuda del tercer mundo. El resultado no se hace esperar: muchos  países quiebran; otros resisten expuestos al capricho de sus acreedores.  

En este lindo contexto, el gobierno de la dictadura argentina deja a su país con una deuda de 43.000 millones de dólares. Aunque la mitad de la deuda total era extrajera (City Bank, Manhattan Bank, Bank of America, etc…) el gobierno argentino la asume generosamente como propia. Es decir: se la endosa al pueblo.  El responsable político de tan buena práctica se llamaba Domingo Caballo, ministro de economía años despues del Gobierno de Menem y de La Rúa. Los argentinos se dejaron hacer. En realidad, siempre es igual. Por ejemplo, ahora, en Europa. Resulta llamativo que Lukás Papadimos haya sido elegido Primer Ministro griego cuando hace sólo años años, siendo  gobernador del Banco Central de Grecia ayudara a su Gobierno a falsear - junto con Goldman Sachs -  las cuentas públicas para ocultar el déficit y poder entrar en la zona euro. También resulta sorprendente que Mario Monti formara parte de la plantilla de asesores internacionales de Goldman Sachs. Para más inri, en 2008 se descubrió que Goldman Sachs tenía un agujero de 68 mil millones. ¿Por qué no la asedian los mercados? ¿Por qué no asedian a City Bank o a  Bank of America?  ¿Por que ellos son los mercados tal vez?

Volviendo al documental (y a Argentina) Menem saca a la venta, a precio de saldo, todo tipo de empresas estatales: aeronáutica, peaje, telefónicas, ferroviarios, radios, empresas de la navegación, hidrocarburos, etc… Los nuevos propietarios, de capital mayoritariamente extranjero, empiezan a limpiar sus nuevos y relucientes negocios.  Ochocientas mil personas quedaron sin agua potable y un millón sin cloacas. A causa de los ferrocarriles, miles de familias tuvieron que emigrar. Los 36.000 km de vías se redujeron a 8.000 hm. Para pagar las indemnizaciones de las decenas de miles de despidos de estas privatizaciones, el gobierno pidio un prestamo al Banco Mundial. Sin problema: los intereses resultantes igualarían a la cantidad prestada. un negocio redondo. Se acentúa, mientras tanto, la pérdida de protección social, de la obra social,  practicamente desaparecen los derechos de despido, caen los salarios y los derechos en general del trabajador. En este contexto, el gobierno de Menen empieza a lavar el dinero a través de entidades extranjeras cómplices: venta de armas, exportación fraudulenta de oro, evasión de divisas. Subida de impuestos, con lo que se liquidaba a la clase media.  La deuda y la corrupción ahogan al país. Pero, ¿les importa?

El pueblo al fin se reventó. Cómo actuó el gobierno. Con represión. 34 muertos en las calles.

Lo más triste es que la historia aún no ha terminado y que en estos momentos también se desarrolla, con mayor o menor intensidad, en muchos lugares del mundo; entre ellos, Europa.  





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