Mostrando entradas con la etiqueta primera guerra mundial. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta primera guerra mundial. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de enero de 2012

La batalla de Somme


Somme. 1916. Tres millones de hombres dispuestos a matarse. Trincheras y galerías profanando los campos. Millones de granadas volando por los aires, castigando la tierra, triturando vida. Detonaciones monstruosas. El tiempo parece haberse parado; la muerte nunca. Cada soldado de infantería carga 32 kg de equipo: es su sofisticada mortaja. Al mando del general Haig,  las tropas inglesas avanzan hacia ninguna parte. Lo hacen despacio,  al paso, expuestos al horror de las balas y los proyectiles. Algunos batallones perdieron más del 90% de sus miembros. En menos de 24 horas murieron 19.240 soldados británicos, 35.493 resultaron heridos, 2.152 desaparecieron y 585 fueron hechos prisioneros; 8.000 alemanes perdieron la vida; dos mil fueron hechos prisioneros. Los días se suceden. Ataques y contraataques sin sentido. Pasan las semanas. Apenas hay avances.  La batalla se estanca saturada por tanta muerte. Nadie gana.  Todos pierden. Somme: palabra terrible, horrorosa. Haig recibió el sobrenombre de "carnicero del Somme". No sólo eso: Tras la guerra, Haig también recibió honores por sus servicios, le hicieron barón y recibió una pensión de 100.000 libras. Una de sus frases da una idea de la magnitud de su entendimiento: "La ametralladora nunca reemplazará al caballo como instrumento de guerra".  El millón de cadáveres de Somme son una buena muestra de su estupidez.  Incapaz de comprender que no hay mayor victoria que la paz ni nación más grande que la del entendimiento.


viernes, 23 de septiembre de 2011

El alegre estallido de la Primera Guerra Mundial

En un lugar indeterminado de Europa… 


Las playas, las terrazas, los restaurantes, los cafés estaban repletos. Pero no era suficiente; nunca lo es: un trueno humano, sediento de tempestad, retumbaba en los corazones.  La Gran Guerra estalló bajo el cielo azul del verano de 1914. Las playas, las terrazas, los restaurantes, los cafés se vaciaron con el anuncio: ¡ES LA GUERRA!  Sonaron los tambores, replicaron los campanarios. Las personalidades se asomaron a los balcones con aire solemne, ambiente festivo, los cafés volvieron a llenarse hasta la madrugada.  Era la guerra pero aún se parecía demasiado a la paz, sólo que resultaba más emocionante, más intensa, curiosamente más viva. La multitud festejaba una masacre que no alcanzaba a imaginar. ¿Es que no se daban cuenta? ¡Los derechos humanos iban a ser abolidos!  20.000.000 millones de hombres serían movilizados; muchos, demasiados, marcharían a las trincheras creyendo que la razón está de su parte, que Dios estaba con ellos. 


Pero Dios, si existe, debía de estar mirando para otro lado, renegando por enésima vez de su obra. El caso es que reinaba cierto desorden que muchos confundieron con la libertad y la muerte parecía algo improbable. Cada vez se veían menos civiles por las calles. El ejército parecía abracarlo todo. ¿Alguien tenía miedo?  Qué va. ¿Por qué habría de tenerlo?

Pocos días después, en los otrora apacibles campos de Marne, caerían los primeros 500.000 hombres.  


Para muchos, ya no habría escapatoria...
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...