lunes, 17 de octubre de 2011

La luz de Joseph Mallord William Turner



Sus dotes como pintor académico le valieron elogios sinceros y generalizados. Pintaba como se suponía que debía de pintar un pintor de su época. Este reconocimiento se disiparía años después cuando descubrió nuevos caminos de expresión. Los de su época se le habían quedado pequeños. Enraizados en su tiempo e incapaces de vislumbrar el porvenir, los críticos no comprendían y empezaron a rechazarle. Querían que su obra siguiese una senda lógica, que no se saliese del molde establecido, pero Turner volaba ya demasiado alto para que pudiesen seguir su trayectoria aquellos pétreos comentaristas del pasado. Se cuenta que la Reina Victoria no quiso concederle la orden de caballero - honor dado a pintores de mucha menor categoría- pues consideraba que Turner estaba loco. Durante una exposición, un pedazo de cielo se desprendió de uno de sus cuadros; el artista quitó importancia al hecho inmediatamente, argumentando: “lo único que importa es dar una impresión.” Esta relación entre el artista y su obra causaba asombro y estupefacción. En otro momento, le recriminaron no haber pintado - siguiendo el canon establecido -  los ojos de buey de un barco; no podían darse cuenta (y mucho menos, valorar) que Turner no estaba interesado en la representación exacta de lo observado, sino por su propia representación: interior y subjetiva. Durante un incendio de la Cámara de los Lores, mientras todo el mundo miraba hacia arriba, observando el edificio ardiendo, Turner miraba hacia abajo, interesado en el reflejo de las llamas en el río Támesis, como un contraste entre fuego y agua, incidente que inmortalizó en un par de obras. No es de extrañar que su trabajo causara, décadas después, una honda admiración entre los pintores impresionistas que ni siquiera aún habían nacido. En su obra "El valiente Teméraire remolcado desde el último punto de anclaje para ser destruido", en vez de mostrar una escena marítima al uso, con el barco pletórico surcando las olas, Turner prefirió centrarse en su triste viaje hacia el desguace. El sol y la luna creciente marcan el fin del barco, su inminente desaparición física. También el fin de un era. Los símbolos se vuelven así poderosos instrumentos como nunca antes. Esta pintura fue elegida como la mejor de Inglaterra en una encuesta llevada a cabo por la National Gallery de Londres en el año 2005. Pero eso fue en el siglo XXI. En los últimos años del pintor, la desaparición de las formas llevó a los críticos a cuestionar su cordura. No lo entendían, les sobrepasaba. Turner, el pintor inglés más grande de todos los tiempos, murió en 1851 sumido en la incomprensión. Resucitaría, sin embargo, bien pronto: el siglo XX rendiría el cumplido homenaje que se merecía. Viviría dentro de los nuevos maestros, a los que aconsejaba desde el silencio de su  alma luminosa.    

Una pequeña muestra de la evolución de su estilo:

















viernes, 14 de octubre de 2011

La guerra que no ves

TÍTULO ORIGINAL: The War You Don't See
AÑO: 2010

DURACIÓN: 97 min.

PAÍS: Reino Unido
DIRECTOR: Alan Lowery, John Pilger
GUIÓN: John Pilger

Desconocido, necesario, aterrador...  Realizado hace más de un año, no lo conoce casi nadie.  Durante 90 minutos nos muestra el papel que juegan los medios de comunicación en los conflictos de las sociedades acomodadas (iba a decir democráticas, pero en realidad no lo somos) y en su búsqueda de espacios de poder más allá de sus fronteras. Sin propaganda la opinión nunca apoyaría la crueldad encubierta del sistema. El documental deja por los suelos la credibilidad de los medios de comunicación generales. ¿Pero alguien dudaba de su incapacidad?

jueves, 13 de octubre de 2011

Yevgeni Khaldei

El 2 de mayo de 1945 Yevgeni Khaldei fotografió como ningún otro la muerte del Tercer Reitch. Lo hizo desde lo alto del edificio del Reichstag, parlamento de un Berlín asolado por la destrucción.


Otras fotografías del autor:
















miércoles, 12 de octubre de 2011

La catedral de Monet

Monet se enamoró de las piedras. Durante dos años trató de alcanzar sus secretos, de fundirse con ellas. Para ello alquiló un piso en Rouen, al lado de su amada catedral. Desde la ventana, en los alrededores, retrató la enorme figura gótica cuarenta veces. Buscaba los efectos ópticos que la luz natural - en distintos momentos del día, del año - producían en la fachada, sin centrarse en los detalles casuales, tratando de captar la esencia del momento, de cada instante, para lo cual pintaba con prisa, como un amante preso de la pasión. Las pinceladas son, por este motivo, besos gruesos, visibles; y los cuadros, enigmáticos fragmentos que no revelan el conjunto, que no tratan de hacerlo, sino más bien una suerte de misterio medieval, cambiante, del que Monet estaba hechizado. 








martes, 11 de octubre de 2011

La corriente del pensamiento único...



Los humanos podemos transformar nuestro contexto con bastante facilidad. Sólo tenemos que ver nuestras ciudades. Esta capacidad de cambio, sin embargo, va más allá del mero aspecto físico del medio. En realidad, nuestra capacidad de transformación es tan profunda, que afecta directamente a la percepción que tenemos incluso de lo inmaterial. De hecho, a menudo alteramos el curso de la historia, de la vida, sin una base razonable, cegados por la percepción opaca del momento. Hoy en día podemos llegar a pensar que con la cantidad de información de que disponemos gozamos de una percepción mucho más atinada. Nada de eso. La cantidad de información y desinformación es tan abundante, que el ciudadano de a pié, al no saber qué hacer con ella, simplifica y acoge, casi sin autocrítica, aquella que encaja vagamente con su ideario político, religioso o cultural. En esto contexto, el concepto de pensamiento único aspira a cerrar cualquier posibilidad de discurso y, por lo tanto, a legitimar la transformación capitalista como la única verdadera y objetiva, descalificando el resto de percepciones, tachándolas de obsoletas. 


Nuestra capacidad de cambio ideológico, como masa, como especie, es casi absoluta. Como individuos la cosa cambia y es casi nula. No sabemos nadar contracorriente. Tampoco nos dejan. Sin embargo, hay excepciones; siempre las ha habido.  Como dijo una de las más grandes (a la que la corriente terminó por llevarse): I have a dream...

lunes, 10 de octubre de 2011

Saná, Sana, Sanaa, Sana'a, Sanaá...


Curtida por los años y las guerras, erigida sobre los cimientos del mítico reino de Saba, Saná sobrevive inmersa en el pasado. En su calles, los varones lucen con orgullo las ostentosas yambias o dagas tradicionales; las mujeres, sin embargo, no lucen nada: pasean cubiertas de negro su papel secundario.



En Saná, también conocida por Sana, Sanaa, Sana'a o Sanaá, el  Islam acapara vidas y pensamientos. Esta condena a la mujer, este aislamiento ciego, contrasta con el carácter amable y cercano que ofrecen los hombres. La arquitectura del casco urbano deslumbra por su belleza y majestuosidad. No hay dos casas iguales.


Hermosos dibujos decoran las ventanas, los frisos, las puertas, los tejados. Una explosión creativa única en el mundo. Entre calles estrechas, laberínticas, bajo la sombra de los minaretes, el paseante se sumerge en rincones inolvidables, al calor de los talleres y de zocos palpitantes.


La tradición situa su fundación en la era Noé. Leyendas aparte,  existen evidencias del siglo I. El nombre de la ciudad, Sana’a, significa "plaza fortificada". Se cuenta también que el Profeta Mahoma dio instrucciones para la ubicación exacta de la Gran Mezquita y para el espacio abierto para la plegaria fuera de la ciudad, siendo construida en vida del Profeta y posteriormente ampliada en el año 705.



Se trata, en cuaqluier caso, de una joya única que la UNESCO ha declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad.  Pero es mucho más que eso. Es un cuadro palpitante, templado e  irrepetible de lo antiguo. Es el presente y es el pasado conviviendo en armonía dutante siglos, sólo alterados en los últimos meses por el futuro incierto que encarna la revelión popular (segregada: hombres y mujeres separados) y sus ansias ante una palabra enorme, difícil de manejar, llamada libertad.  


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