El primer espejo fue una simple ocurrencia. Lo puse en un
rincón del cuarto de invitados y no me acordé de él por una temporada. El
segundo digamos que fue un antojo; lo coloqué junto al otro, cerrando la puerta
con llave. Qué duda cabe que una necesidad imperiosa, cada vez más marcada, me llevó
a adquirir los siguientes; cuando terminé de cubrir las paredes de casa con el número
181, tenía la sensación de haber cruzado una meta –la primera–, y lo celebré con
Champagne. Me llevó cuatro años y 149 espejos más completar el suelo –provisto para
ese fin por una tarima móvil de cristal– y los techos. Luego decidí substituir los muebles,
cazuelas, lámparas y demás cachivaches por sus equivalentes espejados. Durante
este proceso se fue produciendo un trasvase de mi mismo a estas capas sobre las
que me proyectaba, ampliando mi Yo hacia fuera. Mis allegados –carentes de interés
pues sobre ellos nunca daba con mi reflejo - trataron de ayudarme con un
absurdo: alejándome de mi casa; es decir: de mí Yo multiplicado. María tampoco supo
entenderme. Aún la recuerdo vestida con aquel traje inigualable, encargado para
la ocasión; estaba compuesto por miles de pequeños espejos sobre los que me
fragmentaba mientras hacíamos el amor, en un sin fin de escalas y perspectivas
diferentes. Nunca volvería. Desde entonces salgo lo justo y apenas recibo
llamadas. Mi esencia, sin embargo, se refleja ahora más que nunca; luminosa
como los rayos del sol de la mañana; disparada, como ellos, hacia todas partes.
Con qué calma observo desde mis ventanas –desde esos ojos que hice míos– el
mundo normalizado de cuanto me rodea. Gentes que vienen y van sin proyectarse
ni siquiera en sí mismos, amontonados como sombras, opacos en sus quehaceres.
Cuántos reflejos necesitaría el mundo para levantar cabeza. Pero qué más me da
a mí, que los tengo todos.
miércoles, 28 de junio de 2017
jueves, 23 de marzo de 2017
La elección
Tienes que decidirte. La libertad
consiste en elegir, aunque cueste. Y no te ampares en tu conformismo. Sólo es
un lastre que conduce a tus peores profundidades. En otro tiempo la
religión, incluso la política, podrían haberte ayudado. Tenían respuestas, un
sentido concreto. Pero aquello murió y hoy luchamos en solitario, cada uno por nuestra cuenta.
Ni siquiera sabemos a qué nos
enfrentamos. ¿Qué dices? Que tú no quieres ser tú. Bien. Verbalizarlo ya es un paso. Demos si te
parece unos cuantos más. Que te faltan fuerzas. No te preocupes. Para eso estoy
yo aquí. Qué quiero decir. Te propongo que intercambiemos nuestros papeles. Yo
sería tú y tú serías yo. No es tan complicado. Solo tenemos que decidirnos. Pero
si al fin nos transformamos y un día me ves postrado y cabizbajo siendo tú, atiéndeme
como hoy te estoy atendiendo a ti. No
podría soportar tu desamparo. Así no me hagas dudar más y elige de una vez por
todas, aunque nos cueste.
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Óscar
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martes, 14 de marzo de 2017
El voluntario
El patio de butacas está
abarrotado. Me pregunto qué pinto aquí. Podía
haber buscado cualquier excusa. No sería la primera vez. La gente permanece con la vista fija en algún
punto inalcanzable. Yo trato de abstraerme
en la imagen del micrófono plateado del escenario. Una tos rota sacude toda mi concentración. Cómo envidio a los más imperturbables. Nunca
levantan sospechas.
Aparece el orador.
El teatro prorrumpe en aplausos. El orador, un tipo delgado e inespresivo, nos observaba con un gesto indescifrable. Me duelen las palmas cuando dejamos de aplaudir.
No sois - dice con voz poderosa y nos hundimos un poco en nuestras butacas - Repetid conmigo: no somos.
Yo tan solo muevo los labios. La voz reprocha nuestras flaquezas. La sala se va difuminando. Busco refugio en algunas imágenes de mi infancia, pero la voz se eleva y reclama nuestra atención absoluta. Las butacas crujen. Un foco me deslumbra.
Aparece el orador.
El teatro prorrumpe en aplausos. El orador, un tipo delgado e inespresivo, nos observaba con un gesto indescifrable. Me duelen las palmas cuando dejamos de aplaudir.
No sois - dice con voz poderosa y nos hundimos un poco en nuestras butacas - Repetid conmigo: no somos.
Yo tan solo muevo los labios. La voz reprocha nuestras flaquezas. La sala se va difuminando. Busco refugio en algunas imágenes de mi infancia, pero la voz se eleva y reclama nuestra atención absoluta. Las butacas crujen. Un foco me deslumbra.
Caballero, sí, usted, suba al escenario,
por favor.
Me levanto sin fuerza en las piernas.
Aplausos. Apenas puedo tenerme en pie cuando llego a su lado.
¿Quién es usted? - pregunta la voz.
Nadie - respondo sin mover un músculo.
Buena respuesta. Ahora dígame: ¿qué hace
aquí?
Nada.
Sin duda intachable. ¿Sabe usted que ahora
va a ayudarme a demostrar lo absurdo que es tratar de ser alguien? ¿Le
parece? Sé que le pongo en un aprieto, sin
embargo, imagine por un instante que usted es alguien… ¿Cómo se siente?
Desbordado – me pregunto si mi voz ha
sonado demasiado convincente.
Explíquenos por qué.
No hay paz dentro de mí.
Lógico. Ahora finja que no es nadie.
Para eso no tengo que fingir. Yo no soy.
Venga, hombre, ¿por qué cree usted,
precisamente usted, que está aquí? Sabemos que
se cree alguien, solo hay que verle…
Le repito que…
No hace falta que repita nada. Sólo queremos
que finja que no es nadie.
Apenas puedo vislumbrar el patio de
butacas; parece alejarse cada vez más, sumido en una oscuridad anónima. Estoy
solo e indefenso. Ni siquiera puedo hablar. Y el tiempo pasa y se retuerce y no me atrevo a
mover un músculo.
¿Han visto? - clama el orador a las tinieblas – Este hombre
es todo un ejemplo del “no ser”. Gracias, amigo, y perdone si le he presionado.
Sólo quería sacar lo mejor de usted y vaya si lo he conseguido…
Regreso a mi butaca entre aplausos. Se encienden las luces. Cierro los ojos
deslumbrado. El orador pregunta si hay algún voluntario entre el público para
la próxima demostración.
Sólo yo levanto la mano.
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martes, 28 de febrero de 2017
Mientras duermen
Bajo el hechizo de sus farolas, la ciudad se transforma en
un milagro de historias, calles y personas que se sueñan, flotando de puntillas
sobre el distendido tiempo del descanso; dejando crecer sus viejas raíces en la
paz sin voces ni ruidos. A tan altas horas la ciudad ya no es ciudad; es un sueño que no descansa; el sueño de un
sonámbulo que trata de descifrar su enigma, mientras todos creen que duerme; mientras ellos mismos duermen.
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Óscar
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jueves, 23 de febrero de 2017
Darlo todo
Habla antes de que todo acabe. Pronto
habrás desaparecido. No temas a tus últimas palabras. Están en ti para juzgarme.
No sé qué pasó por mi cabeza. Quizá tú puedas explicarme por qué agarré
el cuchillo. No me dejes con esa duda. Intuyo que lo sabes, que te lo guardas para vengarte. No seas cruel. Nuestro amor no puede terminar así. ¡Dime por qué te
apuñalé por la espalda! Necesito una
respuesta. Me abandonas cuando más te
quiero. Yo que he lo dado tanto por ti. Incluso tu vida.
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Óscar
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