Quién puede dudar de que
vivimos en un mundo hechizado en el sentido más estricto de la palabra. Una
gran mayoría, espoleada una catarata de publicidad insaciable, por la
propaganda política más simplista, por la manipulación mediática, difundidas durante
años, sin interrupción, hemos ido
perdiendo la perspectiva, hemos ido alejándonos los unos de los otros, por el
solitario camino del individualismo, condenados a ejecutar los patrones establecidos
sin cuestionarnos nada, absortos en nuestras vidas. Sólo la crisis económica
reinante nos ha permitido apartar levemente la vista de los televisores, pero
lo hemos hecho todavía hechizados, todavía
confusos, todavía profundamente sumisos y obedientes. Nuestros argumentos están, todavía hoy,
invadidos por la confusión que nos han inyectado. Nuestras ideas, sueños y
necesidad están, todavía hoy, saturados por mensajes programados, por ideas
precocinadas en los talleres del consumo, de la política al servicio de lo
superficial. El tam-tam de la
incoherencia retumba en todos nuestros hogares. Ni siquiera somos capaces de
bajar el volumen de tanta basura. Somos los hechizados, aferrados a nuestros
teléfonos, caminando con pasos mecánicos, deambulando como sonámbulos bajo las
fórmulas destinadas a mantenerlos en estado de alienación constante.
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miércoles, 31 de julio de 2013
lunes, 26 de septiembre de 2011
La sombra de Nietzsche
A lo largo de su vida, Nietzsche trató de esclarecer la naturaleza humana, aceptarla tal como es y bosquejar una nueva vía de pensamiento que se adecuase a su realidad. ¿Cuál fue el precio de su esfuerzo? Una vida en la sombra, el desprecio de muchos, las espaldas de casi todos. Quién sabe si la locura. Un precio demasiado alto para él, aunque no tanto para una humanidad a la que trato de salvar del adocenamiento heredado, perpetuo, cultural que anula al sujeto frente al poder. Su mensaje estaba (está) lleno de generosidad. Freud, Kafka, Camus y muchos otros recogerían su testigo. Un testigo envenenado contra el desorden (moral) establecido. Declaró la guerra a su tiempo diciendo sí a la vida; diciendo atrevete a ser lo que eres, no – añado - lo que quieren que seas. La moral se basaba en culturas - la griega, la judeocristiana – remotas, extrañas, ajenas a la realidad del siglo XIX. Por ello, los principios, las necesidades, el conocimiento de aquellas, no podían, no debían cimentar una sociedad mucho más evolucionada. Dios, argumentó, había muerto y el hombre - para bien y para mal - se había hecho así mismo. Había llegado el momento de llamar a las cosas por su nombre. Pero aquellos que tendían sogas religiosas, políticas, le acusaron de tender “lazos y redes sobre pájaros incautos”. Sin embargo, ¿qué son los santuarios, los conductores ideológicos y los preceptos morales que cada rincón del planeta adopta como únicos y verdaderos? La moral de la sumisión y el acatamiento que denunciaba el filósofo empujó a los pueblos a los campos de batalla del siglo XX. No hubo resistencia. Casi nunca la hay en realidad. El esclavo no sabe lo que es la libertad. Habló entonces del hombre ideal. Éste sería imaginativo, audaz, curioso. Y lo llamó Superhombre. La tosquedad nazi quiso hacerlo suyo, pero el Superhombre de Nietzsche rechaza los nacionalismos, la religión y el adoctrinamiento. Los nazis eran expertos en poner sogas; Nietzsche, sin embargo, se empeño en arrancarlas de los cuellos.
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