viernes, 28 de septiembre de 2012

Sobre peces, ovejas, gusanos y ángeles

 
En nuestro siguiente encuentro, el organista me dio una explicación.
-Acostumbramos a trazar límites demasiado estrechos a nuestra personalidad. Consideramos que solamente pertenece a nuestra persona lo que reconocemos como individual y diferenciador. Pero cada uno de nosotros está constituido por la totalidad del mundo; y así como llevamos en nuestro cuerpo la trayectoria de la evolución hasta el pez y aun más allá, así llevamos en el alma todo lo que desde un principio ha vivido en las almas humanas. Todos los dioses y demonios que han existido, ya sea entre los griegos, chinos o cafres, existen en nosotros como posibilidades, deseos y soluciones. Si el género humano se extinguiera con la sola excepción de un niño medianamente inteligente, sin ninguna educación, este niño volvería a descubrir el curso de todas las cosas y sabría producir de nuevo dioses, demonios, y paraísos, prohibiciones, mandamientos y Viejos y Nuevos Testamentos.

-Bien -objeté yo-, ¿dónde queda entonces el valor del individuo? ¿Para qué nos esforzamos si ya llevamos todo acabado en nosotros mismos?

¡Alto! -exclamó violentamente Pistorius-. Hay una gran diferencia entre llevar el mundo en sí mismo y saberlo. Un loco puede tener ideas que recuerden a Platón, y un pequeño y devoto colegial del Instituto de Herrnhut puede recrear las profundas conexiones mitológicas que aparecen en los gnósticos o en Zoroastro. ¡Pero él no lo sabe! Mientras no lo sepa es como un árbol o una piedra; en el mejor de los casos, como un animal. En el momento en que tenga la primera chispa de conciencia, se convertirá en un hombre. ¿No irá usted a creer que todos esos bípedos que andan por la calle son hombres sólo porque anden derechos y lleven a sus crías nueve meses dentro de sí? Muchos de ellos son peces u ovejas, gusanos o ángeles; otros son hormigas, y otros abejas. En cada uno existen las posibilidades de ser hombre; pero sólo cuando las vislumbra, cuando aprende a hacerlas conscientes, por lo menos en parte, estas posibilidades le pertenecen.

                                                                     
                                                                                                                                                                Demian (Hermamm Hesse)

jueves, 27 de septiembre de 2012

Hablar bien



Hablar bien no es hablar con elocuencia, ni siquiera con facilidad. De ordinario, el que habla fácilmente tiene pocas cosas que decir. Es que su pensamiento no le ofrece resistencia y lo viste con trajes confeccionados. Hablar bien no es hablar con fluidez sino hablar con precisión.  Puede titubearse cuando el titubeo obedece al deseo de ser fiel a los hechos y a las ideas. Habla bien [...] el que actúa como árbitro entre su pensamiento y su expresión. Hay que habituar a nuestros alumnos, cuando hablan, a ser serveros consigo mismos, a dudar, a tantear, en lugar de decir cualquier cosa.

                                               
                                                 De un memorándum ministerial frances acerca de la educación (1976)

miércoles, 19 de septiembre de 2012

La suerte está echada



Que suene el teléfono en mitad de la noche, arrancándome del sueño, no es una
circunstancia que me reconforte demasiado, pero si tras aguardar con paciencia a que
salte el contestador y se esfume el maldito ruido, regresan los timbrazos, la situación
adquiere unos tintes rotundamente molestos. Que me levante aturdido, arrastrando
los pies en la oscuridad que cubre el suelo, para llegar al salón después de tres o cuatro
tropezones, al tiempo que el teléfono enmudece por segunda vez, puede sobresaltar el
ánimo aunque uno no quiera. Que el teléfono vuelva a la carga, y que indefenso y
alterado tome el auricular para decir con un melifluo hilo de voz “¿dígame?”,
condiciona, se quiera o no, lo que viene después; en este caso, mi reacción frente a las
palabras emitidas por un desconocido: “¿Quiere hacer el favor de no descolgar y
dejarme a mi aire?” Que tras semejante contestación, le cuelguen a uno, es una
experiencia que no se la deseo a casi nadie; aunque lo que realmente no deseo a
nadie es que después de esto, el teléfono vuelva a la sonar, una y otra vez, y que uno
no me se atreva a descolgar durante un buen rato, hasta que desesperado, aturdido y
roto por el sueño, se vea empujado a hacerlo, para que al otro lado de la línea le
suelten sin miramientos: “Mire, son las 4 de la mañana, y no son horas para molestar a
la gente de bien. Compórtese con responsabilidad o se las verá conmigo. Si le dije que
no descolgara, fue por una razón de peso. Por eso espero que tenga una justificación
igualmente de peso para semejante negligencia. ¿La tiene?” “No lo sé”, logro
responder en plena desbandada emocional. Que luego me empiece a gritar el otro,
no está fuera de lugar, entendiendo por lugar este contexto que ni entiendo ni puedo
llegar a entender, pero que tratando de entenderlo, me aplasta en el sofá cuando el
desconocido afirma que va a acercarse a mi portal a llamar al portero automático y
que por mi bien no se me ocurra descolgarlo, contestar o cualquiera de su variantes, so
pena de enfadarle más de lo que ya está. Se entenderá que no abra el pico ante
tamaña amenaza y que bien prudente, aguarde a que cuelgue el misterioso individuo
que me mantiene en vela. Que luego sea incapaz de volver a la cama y continúe en el
salón, arropado por la luz de la lámpara, entra dentro de lo razonable. Lo que no tiene
nada de razonable es mi esperanza de que el otro no cumpla su amenaza. Máxime
cuando a los diez minutos suena el timbre del portero automático tres veces, hecho
que me sobresalta sobremanera y que altera el ritmo de mi corazón, agitándolo más
de la cuenta. En consecuencia, y con la firme intención de no contrariar a alguien tan
susceptible como el personaje con el que, de alguna manera, me enfrento, decido
ponerme unos tapones y esperar bajo su resguardo auditivo a que la tormenta pase.
Que dicho resguardo sea imperfecto, no debería sorprender, sobre cuando nos
enfrentamos a un sonido agudo como el llanto de un niño; como tampoco debería
sorprender que exhausto ante este acoso tozudo, me acerque finalmente al telefonillo
con la firme intención de cantarle al otro las cuarenta, y que lo único que sea capaz de
articular sea un misérrimo “¿puede dejar de llamar, por favor?” con voz aflautada. Ni
que decir que aquí se confirma que el remedio es peor que la enfermedad, cuando
escucho al lado de la línea: “Pensé que por fin entendía las reglas, pero veo que va por
libre, a la suya, ajeno al equilibrio necesario que debe tener con los demás
ciudadanos. Esto no puede quedar así… Subiré hasta su puerta, a tocar el timbre.
Espero que esta vez sepa estar a la altura de las circunstancias y no me moleste. Ahora
ábrame, por favor, que no tengo llaves del portal.” Abro, por supuesto, intimidado por
el discurso categórico del que sube hasta el tercero, que es mi planta, por las escaleras,
sin hacer uso del ascensor. Cuando surge en el rellano y empieza a aporrear el timbre,
constato que se trata de un desconocido en toda regla, de unos cuarenta años,
moreno, vestido con pantalones oscuros y camisa blanca bien planchada. Descubro
sobre la marcha que el timbre de casa suena bastante más fuerte que el de la calle,
algo en lo que no había reparado anteriormente, y que se revela de vital importancia
en estos momentos, ya que los timbrazos traspasan los tapones con una alegría que no
me hace ni pizca de gracia. Resisto las siguientes tres horas con la presencia de ánimo
adecuada, relativizando por fin la situación y llegándome a convencer de que de nada
me serviría quejarme. Esta buena onda desaparece cuando tengo que salir para ir al
trabajo, lo que me enreda de nuevo en una maraña de incertidumbres. Que a pesar de
los obvios inconvenientes, decida enfrentarme al problema, se entenderá si se está al
tanto de la reunión que tendré en menos de una hora con el jefe de sección de mi
empresa. Cuál será mi asombro al abrir la puerta, cuando encuentro al desconocido
roncando a sus anchas apoyado cómodamente en la jamba sin dejar de pulsar cada
pocos segundos el timbre en un gesto mecánico e inconsciente. Que le sortee sin
rozarle siquiera y que cierre con llave es algo que haría cualquiera que esté en su sano
juicio, ya que uno no se puede fiar de ciudadanos anónimos de estas características.
Que más tarde, en la reunión, caiga en la cuenta de que me he dejado las llaves
puestas en la cerradura, aunque parezca inverosímil, no deja de ser cierto, ya que
precisamente lo confirman la ausencia de estas en cualquiera de mis bolsillos. Cuando
a la hora de comer abro la puerta de casa con la copia que guarda mi vecina del
segundo y veo al desconocido poniendo la mesa, aunque una parte de mí estaría
encantada de echarle a patadas de mi sagrado territorio, sólo soy capaz de articular
un casi insonoro “¿qué se supone que hace usted?”, al lo que el otro, con una
suficiencia envidiable, me contesta: “Unas lentejas, que hay que comer de todo. Por
cierto, mañana trate de ser más puntual. Hoy se ha retrasado diez minutos.” Engullo
las legumbres muerto de sueño, sin cruzar palabra con mi acompañante, que se
entretiene viendo la televisión. Reconozco que en tres o cuatro ocasiones estoy a
punto de reprenderle, pero cada vez creo reunir las fuerzas necesarias, un bostezo se
me apodera, neutralizando estos inofensivos arrebatos. Que regrese más tarde al
trabajo con la moral por los suelos es bastante lógico, como lo es que allí no sea capaz
de hacer una a derechas; no lo es tanto, sin embargo, que vuelva a casa con un atisbo
de buen humor. De hecho, entro en ésta silbando, y silbando encuentro a mi
compañero, que está tendiendo la colada. Aunque no me apetece mucho, vemos una
película después de cenar, una de sus favoritas. Varias horas después me despierto en
el sofá. Todas las luces están apagadas. Que escuche roncar al otro en mi habitación,
hace que me replantee seriamente el optimismo que empezó a brotar esta tarde. En
cualquier caso, acomodado en el sofá, dejo transcurrir la noche en un duermevela
poco reparador. Que a uno lo despierten con un beso en la mejilla, podría parecer algo
hasta cierto punto agradable, pero si el beso se lo da un tipo al que le huele mal el
aliento y, lo que resulta más revelador, apenas conoces, no debe extrañar que se
reaccione mal…, o al menos, que se trate de hacerlo, porque si a sus “buenos días,
cariño” se le contesta con timidez “no me gusta que me despierten así”, admitamos
que la suerte está echada.

miércoles, 27 de junio de 2012

Las profundidades de Piranesi


La mente es nuestra llave. Con ella podemos abrir las puertas de nuestro destino o caer en los abismos que nos acechan, ya que esas puertas que vamos encontrando, no siempre conducen al exterior, no siempre nos llevan a esas regiones imaginadas, más o menos abiertas, en las que suponemos que  uno respirará  al fin un aire de libertad; lo que ocurre muchas veces es que conducen a nuestras profundidades, a esos espacios abruptos en los que palpita nuestro dolor, nuestros deseos y la silueta de nuestros secretos. Piranesi marcó una época. Sus grabados en arquitectura supusieron una importante contribución al neoclasicismo. Pero más allá de estos, en la cumbre de las obras maestras de la humanidad, se encuentran sus Prisiones, en las que “transformó las ruinas romanas en fantásticos y desmesurados calabozos dominados por enormes y oscuros pasadizos, empinadas escaleras a increíbles alturas y extrañas galerías que no conducen a ninguna parte. Estos grabados ejercieron una enorme influencia en el romanticismo del siglo XIX, jugando también un destacado papel en el desarrollo, ya en el siglo XX, del surrealismo e incluso en los decorados para el cine de terror.”

Una llave, innumerables puertas.

Una mente, un abismo insondable.

Una maravillosa recreación de la mente de Piranesi y de sus "puertas".

miércoles, 4 de abril de 2012

Günter Grass - Lo que hay que decir

El poeta alemán se opone a un ataque israelí contra Irán. Extraído de El País. Traducción de Miguel Saenz. El texto original en alemán se publica hoy en el diario Süddeutsche Zeitung.

 

 


 
Por qué guardo silencio, demasiado tiempo,
sobre lo que es manifiesto y se utilizaba
en juegos de guerra a cuyo final, supervivientes,
solo acabamos como notas a pie de página.
Es el supuesto derecho a un ataque preventivo
el que podría exterminar al pueblo iraní,
subyugado y conducido al júbilo organizado
por un fanfarrón,
porque en su jurisdicción se sospecha
la fabricación de una bomba atómica.
Pero ¿por qué me prohíbo nombrar
a ese otro país en el que
desde hace años —aunque mantenido en secreto—
se dispone de un creciente potencial nuclear,
fuera de control, ya que
es inaccesible a toda inspección?
El silencio general sobre ese hecho,
al que se ha sometido mi propio silencio,
lo siento como gravosa mentira
y coacción que amenaza castigar
en cuanto no se respeta;
“antisemitismo” se llama la condena.
Ahora, sin embargo, porque mi país,
alcanzado y llamado a capítulo una y otra vez
por crímenes muy propios
sin parangón alguno,
de nuevo y de forma rutinaria, aunque
enseguida calificada de reparación,
va a entregar a Israel otro submarino cuya especialidad
es dirigir ojivas aniquiladoras
hacia donde no se ha probado
la existencia de una sola bomba,
aunque se quiera aportar como prueba el temor...
digo lo que hay que decir.
¿Por qué he callado hasta ahora?
Porque creía que mi origen,
marcado por un estigma imborrable,
me prohibía atribuir ese hecho, como evidente,
al país de Israel, al que estoy unido
y quiero seguir estándolo.
¿Por qué solo ahora lo digo,
envejecido y con mi última tinta:
Israel, potencia nuclear, pone en peligro
una paz mundial ya de por sí quebradiza?
Porque hay que decir
lo que mañana podría ser demasiado tarde,
y porque —suficientemente incriminados como alemanes—
podríamos ser cómplices de un crimen
que es previsible, por lo que nuestra parte de culpa
no podría extinguirse
con ninguna de las excusas habituales.
Lo admito: no sigo callando
porque estoy harto
de la hipocresía de Occidente; cabe esperar además
que muchos se liberen del silencio, exijan
al causante de ese peligro visible que renuncie
al uso de la fuerza e insistan también
en que los gobiernos de ambos países permitan
el control permanente y sin trabas
por una instancia internacional
del potencial nuclear israelí
y de las instalaciones nucleares iraníes.
Solo así podremos ayudar a todos, israelíes y palestinos,
más aún, a todos los seres humanos que en esa región
ocupada por la demencia
viven enemistados codo con codo,
odiándose mutuamente,
y en definitiva también ayudarnos.

lunes, 26 de marzo de 2012

Nirvana - Lithium (Little Roy. Later with Jools Holland)

Un tema evocador... Lo bailé este sábado en La Boca del Lobo, un local inigualable en la noche madrileña...


viernes, 23 de marzo de 2012

Goya y Saturno devorando a sus hijos

El tiempo lo devora todo.  También devoró a Goya, aunque muchas de sus pinturas, y entra estas, algunas muestras de sus más descarnadas obsesiones,  sigan entre nosotros. Sólo un profundo desencanto pudo conducirle a pelearse con el mundo de aquella manera. Lo hizo en las paredes de la Quinta del Sordo. Una caída a los sótanos del pensamiento, de la mano, en este caso, de  Saturno, un Dios atroz, el Dios del tiempo, el azote de cada vida. Todos estamos hechos del polvo de la estrellas. Todos somos hijos del tiempo. El presente es una excepción luminosa que se nos escapa de las manos, que nos ciega con su luz cegadora. Saturno nunca mira hacia atrás. Nosotros sí. Por eso nuestra marcha se ralentiza constantemente. Por eso la melancolía  pesa tanto en el ahora. Lo que fue fue y el problema es que lo que es, lo que está pasando, se nos escapa de las manos. Y en ese (en realidad, en este) instante mágico, en el presente puro, nos solemos aletargar en el adormecido día a día, saturado con las  repeticiones del ayer.  Todos somos un poco Saturno. Todos somos un poco Goya.   


jueves, 22 de marzo de 2012

Palabra de Leonard Cohen



La poesía viene de un lugar que nadie controla.


Y como me hablaba con la verdad
traté de contestarle de igual forma.
Lo que le haya pasado a mis ojos
le ha pasado a tu belleza.


Con el poder mantenemos una relación ambigua: sabemos que si no existiera autoridad nos comeríamos unos a otros, pero nos gusta pensar que, si no existieran los gobiernos, los hombres se abrazarían.


No hay que ser pesimista ni tener esperanza.


Aunque estoy convencido de que nada cambia, para mí es importante actuar como si no lo supiera.



y quieres viajar con ella
y quieres viajar a ciegas
y sabes que puedes confiar en ella
porque ha tocado tu cuerpo perfecto con su alma (…)


Un día de estos
serás el blanco
del desprecio de los esclavos.
Entonces no hablarás con tanta tranquilidad
sobre tu libertad y tu amor.
Entonces te aguantarás las ganas
de ofrecernos tus respuestas.
Tú tienes muchas cosas en la cabeza.
Nosotros sólo pensamos en la venganza.


El amor es un fuego.
Arde por todas partes.
Desfigura a todo el mundo.
Es la excusa que el mundo pone
por ser tan feo.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Breve historia de España


España siempre ha estado resquebrajada. Su pobreza la ha acompañado durante siglos. Pobreza retratada por Buñuel en la película-documental Las Hurdes. Pobreza que llenaba los estómagos y trataba de vaciar las cabezas. Una historia de decadencia y desintegración que desembocó como un río oscuro y agitado en la guerra Civil del 36. El Guernica de Picasso es un reflejo de nuestra decadencia. Matar es morir también. Finalizada la guerra, bajo la presión de una ideología sórdida y obtusa, Franco negó a la gente poder pensar. Para él no había más marco que el de la obediencia de los demás.  Sólo tras su muerte, la España invertebrada volvió a respirar: al principio con dificultad, azotada por tensiones internas y con profundos destellos de libertad, que se materializaron en el curso de los ochenta. Entonces llegó la caída del Muro de Berlín y después la entrada en la Unión Europea. Los estómagos ya no estaban llenos de pobreza. Las cabezas, sin embargo, sí. En el fondo no hemos aprendido gran cosa. Nos dejamos hacer sin problema. Todavía no hemos descubierto que la libertad va mucho más allá de votar a un partido político o poder comprar un libro crítico con el sistema. La libertad tiene que enraizar en nuestros corazones y estos todavía no nos pertenecen. Al igual que España, continúan esquebrajados.

martes, 20 de marzo de 2012

La Novena Libertad de Beethoven



Vivió una infancia prisionera, y creyó en la libertad como si fuera religión.
 
Por ella dedicó a Napoleón su tercera sinfonía y después borró la dedicatoria,  inventó música sin miedo al qué dirán, se burló de los príncipes, vivió en perpetuo desacuerdo con todo el mundo, fue solo y fue pobre, y tuvo que mudarse de casa más de sesenta veces.
 
Y odió la censura.
 
La censura cambió el nombre de la «Oda a la libertad», del poeta Friedrich von Schiller, que pasó a ser la «Oda a la alegría» de la Novena Sinfonía.
 
En el estreno de la Novena, en Viena, Beethoven se vengó. Dirigió la orquesta y el coro con tan desenfrenado brío que la censurada «Oda» se convirtió en un himno a la alegría de la libertad.
 
Ya la obra había concluido y él seguía de espaldas al público, hasta que alguien lo dio vuelta y él pudo ver la ovación que no podía escuchar.

Eduargo Galeano

Coloquio entre Stephen Hawking, Carl Sagan y Arthur C. Clarke

Muy pocas veces tenemos la opotunidad de ver juntas tres personalidades de este calibre... 

viernes, 16 de marzo de 2012

Reporteros "de guerra": la verdad incómoda



Por Robert Fisk:

Se necesitó mucho valor para entrar en Homs; Sky News, luego la BBC, luego unos cuantos hombres y mujeres valientes que fueron a contar al mundo las angustias de la ciudad, mismas que, al menos en dos casos, ellos sufrieron en carne propia. Sin embargo, apenas esta semana pude reflexionar en lo bien que llegamos a conocer el nombre del indomable fotógrafo británico herido, Paulo Conroy, y en cambio qué poco sabemos de los 13 voluntarios sirios que al parecer fueron abatidos por francotiradores y proyectiles cuando iban a rescatarlo. No es culpa de Conroy, por supuesto. Pero me pregunto si conocíamos los nombres de esos mártires, o si siquiera intentamos descubrirlos.

Hay un tinte ligeramente colonialista en todo esto. Nos hemos acostumbrado tanto al desenfadado heroísmo de la versión cinematográfica de los corresponsales de guerra, que de algún modo se han vuelto más importantes que las personas de las que informan. Se supone que Hemingway liberó a París –o por lo menos el bar de Harry–, pero, ¿habrá un solo lector que recuerde el nombre de un francés que haya muerto liberando a París? Recuerdo a mi intrépido colega de la televisión Terry Lloyd, muerto por los estadunidenses en Irak en 2003, pero, ¿quién puede nombrar a uno del cuarto de millón de iraquíes muertos a consecuencia de la invasión (aparte de Saddam Hussein, claro)? El corresponsal de Al Jazeera en Bagdad fue abatido por un ataque estadunidense a la capital iraquí ese mismo año. Pero, levante la mano el que recuerde su nombre. Respuesta: Tareq Ayoub. Era palestino; yo estuve con él el día anterior.

La chamarra antibalas se ha vuelto el símbolo de casi todo reportero de televisión en una guerra. No tengo nada contra esas chamarras; en Bosnia usé una. Pero cada vez me incomodan más esos reporteros en sus trajes espaciales azules, parados en medio de las víctimas de la guerra a las que entrevistan y que no gozan de tal protección. Sé que las aseguradoras insisten en que los corresponsales y técnicos lleven esos atuendos, pero en las calles se da una impresión distinta: que de alguna manera las vidas de los reporteros de Occidente son más preciosas, más meritorias, tienen más valor intrínseco que las de los civiles extranjeros que sufren a su alrededor. Hace años, durante una batalla en Beirut, un periodista de televisión que llevaba uno de esos envoltorios de acero de 60 kilos me pidió que me pusiera uno mientras me entrevistaba. Me negué, así que no hubo entrevista.

Un fenómeno igualmente incómodo apareció hace 15 años. ¿Cómo soportan los reporteros la guerra? ¿Deben recibir consejo profesional por sus terribles experiencias? ¿Deben buscar un cierre? La Press Gazette me pidió un comentario; decliné la petición. El artículo que publicaron volvía una y otra vez sobre los traumas que sufren los periodistas, y luego daba a entender que los que desechan la ayuda sicológica son alcohólicos. O perorata sicológica o botella de ginebra, no había de otra. La terrible verdad, desde luego, es que los periodistas pueden volar a casa si las cosas se ponen rudas, en primera clase, con un vaso de vino espumoso en la mano. La pobre gente sin chaleco que dejan detrás –con pasaporte de parias, sin visas extranjeras, tratando desesperadamente de evitar que el baño de sangre salpique a sus vulnerables familias– es la que necesita ayuda.

El romanticismo asociado a los reporteros de guerra quedó en evidencia en el preludio a la guerra del Golfo, en 1991. Toda suerte de periodistas extranjeros llegaron a Arabia Saudita con arreos militares. Un estadunidense hasta llevaba botas camufladas con hojas pintadas, aunque basta una ojeada al desierto para darse cuenta de la ausencia de árboles. Extrañamente, descubrí que en la soledad del desierto real muchos soldados de verdad, en especial infantes de marina estadunidenses, escribían diarios de sus experiencias y hasta me los ofrecían para publicarlos. Los reporteros, al parecer, querían ser soldados, y los soldados querían querían ser reporteros.



Esta curiosa simbiosis queda de manifiesto cuando los reporteros de guerra hablan de su experiencia de combate. Hace tres años, en una universidad estadunidense, tuve el placer de escuchar a tres veteranos de la guerra en Irak y Afganistán imprecar a un periodista que usó esa frase espantosa. “Disculpe, señor –le dijo uno con cortesía–, usted no ha tenido ‘experiencia de combate’; usted tuvo ‘exposición al combate’. No es lo mismo.” El veterano entendía el poder del desdén sereno: no tenía piernas.
Todos hemos sido víctimas de esos reporteros que claman Observé con horror / Proyectiles que pasaban chirriando / Me detuvo el fuego de proyectiles-ametralladoras-francotiradores. Sospecho que recurrí a eso allá en Irlanda del Norte, a principios de los años 70. Sin duda lo hice en el sur de Líbano a finales de esa década. Me da vergüenza.

Si bien damos testimonio personal de la guerra –frase que también me causa incomodidad–, esa especie de Diario del Muchacho Valiente es un signo de fanfarronería. James Cameron lo captó bien en la guerra de Corea. Cuando iba a desembarcar con las tropas estadunidenses en Inchon, notó “en medio de todo, si tal cosa es concebible, un bote vagabundo marcado con grandes letras, ‘PRENSA’, lleno de corresponsales agitados y belicosos, que intentábamos pasar por muy resueltos al descender en la Ola Uno, mientras tratábamos desesperadamente de discurrir algún método honorable de escurrirnos a la Ola 50”.

Y quién puede olvidar las palabras de la periodista israelí Amira Haas, reportera de Haaretz en Cisjordania ocupada, a quien cito a menudo. Ella me dijo en Jerusalén que el trabajo del corresponsal extranjero no es ser el primer testigo de la historia (mi propia deplorable definición), sino vigilar a los centros de poder, en especial cuando van a la guerra, y sobre todo si intentan hacerlo con base en un montón de mentiras.
Sí, todo el honor a quienes reportaron desde Homs. Pero aquí va una idea: cuando los israelíes desencadenaron su cruel bombardeo de Gaza, en 2008, prohibieron a todos los reporteros entrar en el teatro de guerra, tal como los sirios intentaron hacer en Homs. Y los israelíes tuvieron mucho más éxito en evitar que nosotros los occidentales viéramos el baño de sangre.

Las fuerzas de Hamas y el Ejército Sirio Libre en Homs tienen mucho en común: los dos eran cada vez más islamitas, los dos se enfrentaron a un poder de fuego superior, los dos perdieron la batalla, pero fueron los reporteros palestinos quienes quedaron para cubrir el sufrimiento de su pueblo. Hicieron un trabajo espléndido. Curioso, sin embargo, que las salas de prensa en Londres y Washington no mostraron el mismo entusiasmo para meter a su gente en Gaza que en Homs. Es sólo una idea. Muy triste, por cierto.
 
Traducción de Jorge Anaya para la La Jornada

jueves, 15 de marzo de 2012

La obra casi inacabable de Erik Satie




Erik Satie compuso Vejaciones en 1893.  Se trata una obra breve - de apenas un minuto y medio - y tremendamente enigmática en su planteamiento: según su autor, debía de ser tocada 840 veces seguidas.  Para este fin, Satie dio una serie de consejos: “Prepararse de antemano, en el más absoluto silencio, en la inmovilidad más grave. “ Se trataba de una suerte de viaje interior, una caída en las profundidades, un oscuro ritual artístico que rompía toda lógica. 

Satie nunca publicó Vejaciones. Esta obra y su concepto no eran de su tiempo.  Quizá, en realidad, no lo sean de ninguno. Este tipo de extravagancias no tienen por qué serlo. O sí. Durante el siglo XX, sin embargo, el arte - al igual que el hombre – rompió con el pasado. La fiebre de la búsqueda permanente, del ansia por el cambio, e incluso, de la caída en los extremismos, impulsaron toda suerte de tendencias.  

Sólo entonces, Vejaciones encontró su lugar.  

Fue ejecutada completa, y por primera vez, - esto es, repitiéndose 840 veces - en un maratón pianístico por John Cage, David Tudor, Christian Wolff, Philip Corner, Viola Farber, Robert Wood, MacRae Cook, John Cale, David Del Tredici, James Tenney y Howard Klein. Corría el año 1963.  El precio de la entrada era de 5 dólares.  La organización decidió reembolsar un centavo de dólar a cada espectador por cada veinte minutos de permanencia. De esta manera "la gente va a entender que cuánto más arte se consume, menos debe de costar".  

La obra duró 18 horas. 18 horas escuchando la misma melodía; aunque, en realidad, nunca era exactamente la misma. La obra respiraría durante ese tiempo a través de los pianistas, sufriendo innumerables y sutiles variaciones, transformándose de forma casi imperceptible. 

Un viaje, en definitiva, a las sutilidades del alma. 



martes, 13 de marzo de 2012

Entrevista a Borges de Soler Serrano

Entrevista memorable de Soler Serrano a Borges. Una inmersión en una de las mentes más fascinantes del los últimos tiempos. Soler Serrano penetra en el genio con pulso firme. Todo un ejemplo de entrevista.

viernes, 9 de marzo de 2012

Privatizarlo todo



En todo el mundo occidental hay una enorme presión para “privatizar” todo. ¿De dónde proviene esa presión? ¿Por cuenta de quién? ¿Qué significa? ¿Cuál es la conexión de las exigencias de “privatización” en Grecia, como parte de un “paquete de austeridad” iniciado por el Fondo Monetario Internacional con la “privatización” de las prisiones en Florida y otros Estados de EE.UU.? ¿Existe alguna? 

Comencemos por este pensamiento: a medida que se han desarrollado las culturas humanas, ha habido un acuerdo general de que algunos recursos del planeta, como el agua y el aire, son de todos. La democratización ha ampliado esos derechos para que incluyan el acceso a la belleza natural y a los océanos. 

En las diversas formas de democracia, incluyendo hasta el comunismo y el socialismo, ha llegado la aceptación de que los asuntos de interés común, no importa cómo se enfoquen o se regulen, están integrados en el sistema político. Es un bien fundamental, ya que sin él no hay modo de que el pueblo ejerza algún poder real sobre su entorno político.

Si alguien aprueba, por ello, la democracia, también tiene que aceptarla con una conexión inviolable entre, por ejemplo, la construcción de carreteras y la política. De otra manera, si las carreteras se construyeran de modo privado, nadie podría transitar por ellas sin pagar aranceles exorbitantes. Los agricultores no podrían llevar sus cosechas al mercado. La gente no podría viajar o visitarse. Etcétera.

Es peligroso romper la conexión entre el público y la administración y el control de los recursos públicos y de las operaciones consideradas de bien común. Es difícil decir hasta qué punto es peligroso.

El tema de la privatización es posiblemente el tema público más importante que enfrentamos en EE.UU. y también está causando una terrible desarticulación y un caos político en Europa. No lo veréis en las noticias. Como en muchas cosas en la actualidad en EE.UU., es una historia que tendréis que reconstruir por vuestra propia cuenta.

Corrections Corporation of America, la mayor compañía que gestiona las prisiones privadas, ha escrito a 48 Estados ofreciendo hacerse cargo de la dirección de prisiones, siempre que los Estados garanticen una ocupación del 90%.

La corrupción sistémica que sugiere es sobrecogedora.

El cuidado de los reclusos ciertamente es una responsabilidad de las instituciones federales en los sistemas carcelarios de los Estados y en el conjunto del país. La forma de tratar a los reclusos, garantizar su alimentación y vestido, su ocio, sus actividades y su salud, es un asunto de la administración pública. El Estado arresta, procesa y dicta las penas; se condena a los reclusos a penas de prisión. La duración de las condenas con frecuencia está muy influenciada por la conducta del preso. 

Debiera ser obvio que las condiciones de la prisión dependen de la política; la política aprueba las leyes y gestiona el sistema judicial. Cómo se administran las prisiones es una responsabilidad pública y depende de las leyes.

Las prisiones no se hicieron como empresas con fines de lucro, ni deben serlo. Tienen funciones que cumplir. No quiere decir que el tema de los presupuestos carezca de importancia, solo que no puede ser el único criterio de una gestión adecuada.

De otra manera los reclusos no recibirían ninguna atención. El arroz es barato; la carne rancia es realmente barata. No tendría sentido pensar en la rehabilitación, que puede ser costosa. A nadie le interesa lo que pasa cuando salen en libertad. Los gulag producen beneficios que incluso impresionarían a Wall Street. 

Se supone que el gobierno no es una empresa con fines de lucro. Pero cualquier función gubernamental, una vez que se privatiza, se convierte exactamente en eso. ¿Hay quien se pregunta qué pasaría con el mantenimiento del orden y el sistema judicial una vez que el Estado acepte mantener las prisiones a un 90% de su capacidad?

¿Cómo funcionarán los parques nacionales cuando los privaticemos, como propugnan algunos políticos idiotas? ¿Cómo serán las costas de la nación? Hace años los votantes de California aprobaron la Iniciativa Costera que las protege y asegura el acceso público; si, y cuando se rompe esa promesa, ¿cuánto se tardará antes que solo los ricos puedan gozar de las playas?

Algo menos serio: ¿y si privatizáramos las fuerzas armadas? Lo están haciendo, ya sabéis. Cuando Obama anunció la “retirada” de tropas estadounidenses de Irak que había prometido hace solo tres años, no se tomó la molestia de mencionar que dejaba tras ellas unos 50.000 soldados privados, un ejército privado que sirve las necesidades de los mafiosos corporativos que piensan en cómo saquear lo que queda.

Xe, ex Blackwater, es un ejército privado que el gobierno contrata para ciertas tareas, frecuentemente no especificadas, porque considera que el ejército regular no puede realizarlas. Sus soldados cobran mucho más que los soldados normales y su tasa de bajas es muy superior. Xe trabaja para EE.UU., Halliburton, Bechtel o cualquiera que le contrate. Sus mercenarios están, como descubrimos cuando asesinaron a civiles iraquíes por puro deporte, eximidos de la ley estadounidense y del control del gobierno de EE.UU. que los contrata.
Cuando los ejércitos privados pueden operar fuera del control político de un país no existe democracia, ni siquiera en la forma. Todos sabemos lo que es, ¿verdad?

La privatización del agua ha dado la posibilidad a grandes corporaciones de que destruyan amplias áreas agrícolas en India y otros sitios, causando suicidios de decenas de miles de agricultores que han perdido sus tierras. La privatización de los servicios públicos, de las propiedades públicas, de las responsabilidades públicas, es un pasaje directo al infierno.

Las protestas en Grecia tienen que ver con la privatización. Es la agenda del Fondo Monetario Internacional, el consorcio de banqueros que dirige gran parte del mundo y quiere más. Mediante el mecanismo de la deuda los banqueros pueden extorsionar con todas las medidas de “austeridad” que quieran. Estas implican reducción de los salarios de empleados públicos, reducción de los servicios sociales a los pobres y privatización de los bienes públicos.

Si pensáis que no vamos orientados en esa dirección en EE.UU. estáis soñando. De eso tratan las discusiones presupuestarias actuales y las charlas sobre la “deuda” de EE.UU. ¿A quién debemos esa deuda? 

Evidentemente a los banqueros, a los mismos cuyo saqueo del Tesoro causó esta crisis para comenzar. 

¿Lindo, verdad?

Después de haberse apoderado de todo lo demás, ahora quieren lo que queda, y lo que queda son los tesoros de una nación, la riqueza de propiedad común de su pueblo.

Simplemente no podemos permitir que la consigan. 

Richard Raznikov

jueves, 8 de marzo de 2012

miércoles, 7 de marzo de 2012

Determinismo o incertidumbre


Einstein era determinista.  Todo está predeterminado.  El ser humano - y por extensión, los animales, los planetas, el mismo universo - vive bajo la influencia de unas fuerzas que no controla y de las que, en muchos casos, ni siquiera tiene conocimiento.  Dentro de este contexto, el concepto del libre albedrío - de libertad - es una ilusión que creemos verdadera. Schopenhauer decía “un hombre puede hacer lo que desee pero no puede desear lo que quiera”.  En la limitación de crear nuestros deseos se puede ver el determinismo de la frase.

Muchos dioses también han creado el mundo de sus fieles - por decirlo de alguna manera - desde una perspectiva determinista. Se trata en este caso de los dioses omniscientes: todo lo saben, incluso nuestro futuro; todo está escrito, sólo nos queda ejecutar sus instrucciones.  El futuro, por lo tanto, no nos pertenece. El futuro, y junto a éste, el destino, no es más que una ilusión sin contenido realmente personal.  

La filosofía ha abordado este tema en infinidad de ocasiones, pero estas ideas, tan genialmente planteadas en ocasiones, no dejan de ser imágenes del intelecto y, por lo tanto, y nos gusten o no, cuentan con una excesiva subjetividad. Cicerón ya lo dijo: "No hay nada tan absurdo que no haya sido dicho por los filósofos."     



A lo largo del siglo XX, tras innumerables pruebas de laboratorio, el mundo científico encontró la posible solución a este problema. Ojo, dicha teoría también descansa sobre una oscura base filosófica. En cualquier caso,  para la física cuántica no existen las certezas absolutas. Sólo hay probabilidades.  Bajo dicha influencia, el hombre puede escoger su destino ya que la realidad se desarrolla constantemente,  construyéndose a cada paso.  Dicho de otro modo: No es que podamos elegir; es que no tenemos más remedio que ir haciéndolo,  todo el tiempo.  Hay una frase de Sartre en esta línea: "el hombre está condenado a elegir, por lo que cada uno es responsable moral por sus actos." 

Sea como fuere, el universo cuántico es escurridizo. Feynman señaló en una ocasión: "Creo que puedo decir con toda seguridad que nadie comprende la mecánica cuántica." A lo que añadió: "la mecánica cuántica describe la naturaleza como absurda desde el punto de vista del sentido común. Por tanto, confío en que podamos aceptar la naturaleza tal como es: absurda"


Sea o no sea absurda nuestra existencia, Einstein estaba convencido de que Dios no juega a los dados. Terry Pratchett escribió con ironía: " Dios no juega a los dados con el universo. Juega a un juego inefable, de Su propia invención, que podría ser comparado, desde la perspectiva de los demás jugadores - es decir, de todo el mundo -, con una oscura y compleja variante del poker,  desarrollada en una habitación sin luz, con las cartas en blanco, en la que las apuestas son infinitas y el croupier, que sonríe todo el tiempo,  no te quiere explicar las reglas.  Stephen Hawking añadiría años después: "Dios no solo juega a los dados, sino que a veces los lanza donde no podemos verlos..."

Obviamente, la respuesta a nuestras dudas nos queda grande. Muchos han tratado de acapararla,  pero, desde un punto de vista simple y objetivo, nadie lo ha conseguido. Sigue  siendo casi - o sin casi - tan inalcanzable como hace 1000 años o como hace 10000. Tener una IPhone, haber pisado la Luna o ser capaces de autodestruirnos, no nos acerca más ella. El enigma que representa no es más que una parte del enigma que representa la vida misma. 

Por finalizar, en Macbeth,  de Shakespeare, se puede leer: en un minuto hay muchos días. A lo que yo añado: tras cada misterio que esconde la realidad hay muchas ideas, y como mucho una puede ser cierta.  



Nota: siendo un poco jocosos, desde un enfoque determinista, esto no lo habría escrito yo. En realidad, una fuerza desconocida me habría llevado a escribir estas líneas. Dicha fuerza me conduciria, en este instante, a finalizar la entrada, algo que acato sin rechistar. 

lunes, 5 de marzo de 2012

Sobre verdades y certezas



Sólo existe una verdad;  ésta es la que es, con independencia de nuestras fuentes, certezas y opiniones. Por esta razón, y en el fondo, la verdad será siempre una figura más o menos inaccesible, plagada de incertidumbres, sujeta a distintos puntos de vista, multitud de conjeturas e  infinidad de intereses. Con semejantes condicionantes, la verdad deja de serlo, transformándose en nuestra verdad; dicho de otro modo, en una certeza subjetiva que trata de parecerse (o hacerse dueña) de lo único cierto: la  verdad en sí misma.

En este contexto, un puñado de seres humanos han librado una dura batalla contra sí mismos a lo largo de los siglos han librado una dura batalla contra la tendencia general de crear realidades a la medida de ciertas aspiraciones, conocimientos o deseos. La intolerancia es la mayor barrera que se interpone entre el hombre y sus libertad (de acción y pensamiento). Bajo este marco de presión, tendemos a aceptar los dogmas de nuestra sociedad (la que nos toque, allá donde nazcamos) sin grandes escepticismos.  Hacerlo supone enfrentarse a la corriente de una mayoría sometida sin esfuerzo. 

Pues la búsqueda de la verdad  no es una tarea para las multitudes. Éstas son incapaces de descubrir el camino por sí mismas; necesitan que se lo muestren, sea el que sea, el cual tomarán con alarmante naturalidad. Por esta razón, sin ir más lejos, las naciones han podido enviar a sus ciudadanos - pacíficos, muchas veces ignorantes - a tantas y tantas guerras. Guerras que podríamos llamar verdades (nuestras verdades) enfrentadas y que jalonan la triste historia de violencia del hombre y que son un vivo recordatorio de la sumisión general a cualquier realidad (o verdad) impuesta.
  
Nuestra evolución, siempre lenta, siempre dolorosa, se la debemos a una minoría que, de espaldas a las multitudes, de espaldas al poder que las controla, ha tratado de penetrar en la figura en sí misma (para nosotros) casi impenetrable de la Verdad. 

Mientras tanto, vivimos en la ilusión del conocimiento; conocimiento impuesto por la política, por los medios, por la publicidad, etc... Sus mensajes nos colman de certezas.  Tantas que apenas queda espacio para un atisbo de la verdad.

E imagino que incluso éste suele pasar desapercibido. 


domingo, 4 de marzo de 2012

Perlas informativas del mes de febrero

No vale la pena contar
 
El 17 de febrero veo en un informativo de TVE1 que cierra la empresa Lynce que había desarrollado un sistema riguroso y veraz para la contabilidad del número de personas que participa en una manifestación. Según su portavoz, los medios de comunicación no se han interesado por él, parece que a nadie le interesa conocer con precisión el número de manifestantes, los medios prefieren recoger las versiones del sector con el que más simpatizan o con los que quieren quedar bien, en lugar de informar a los ciudadanos. 

Gracias griegas

El 18 de febrero se produjeron en toda Europa grandes manifestaciones y protestas en solidaridad con el pueblo griego y las medidas antisociales que su gobierno estaba aplicando por exigencia de las autoridades europeas. Cuarenta ciudades hicieron suyo el lema “Todos somos griegos”. Ese mismo día un grupo de activistas griegos, continuando con sus protestas, se reunió en la plaza Syntagma, y con la ayuda de algunas letras del alfabeto pintadas en trozos de cartón, fueron “escribiendo” los nombres de la mayoría de las ciudades que participaron. El último de todos los mensajes fue “We thank you (Muchas gracias a vosotros)”. Pues bien, el diario alemán Süddeutsche Zeitung reproduce el día 20 esa foto con el siguiente pie: “Es geschieht nicht jeden Tag, dass einem Land Schulden erlassen und Kredite in Milliardenhohe gewährt werden: In Athen danken Griechen Europa”. Su traducción sería: “No sucede todos los días que a un país le condonen las deudas y le den créditos de miles de millones: En Atenas, los griegos agradecen a Europa”. El mensaje del periódico es evidente, insinúa que ese agradecimiento a las movilizaciones de protesta en toda Europa es un agradecimiento a Alemania y a la troika europea que impuso lo recortes sociales y laborales, precisamente el objetivo de la indignación de griegos y el resto de manifestantes europeos el diario alemán lo convierte en objeto de agradecimiento por esos mismos indignados.  



Expolio 

El 25 de febrero el diario ABC se refiere a “las 17 toneladas de monedas de plata y oro expoliadas por Odyssey Marine Exploration en mayo de 2007”. Obsérvese que utiliza el término expolio para referirse a la recogida de unas monedas del fondo del mar que viajaban en el año 1805 en un barco español. Teniendo en cuenta que ese oro procedía de las minas de Perú y se dirigía en dirección a España, ¿cómo llamarían a lo que estaba haciendo España en el siglo XIX?


Selección de perlas informativas de Pascual Serrano del mes de febrero 

viernes, 2 de marzo de 2012

Little people

El misterioso mundo de little people...

















Visitar el blog Little People

Ray Bradbury - Encuentro Nocturno (Crónicas Marcianas)

Se trata de uno de los cuentos más bellos y enigmáticos que he leído. Una pequeña maravilla incluido en Las crónicas marcianas. 


  
   Antes de subir hacia las colinas azules, Tomás Gómez se detuvo en la solitaria estación de gasolina.
   - Aquí se sentirá usted bastante solo - le dijo al viejo.
   El viejo pasó un trapo por el parabrisas de la camioneta.
   - No me quejo.
   - ¿Le gusta Marte?
  - Muchísimo. Siempre hay algo nuevo. Cuando llegué aquí el año pasado, decidí no esperar nada, no preguntar nada, no sorprenderme por nada. Tenemos que mirar las cosas de aquí, y qué diferentes son. El tiempo, por ejemplo, me divierte muchísimo. Es un tiempo marciano. Un calor de mil demonios de día y un frío de mil demonios de noche. Y las flores y la lluvia, tan diferentes. Es asombroso. Vine a Marte a retirarme, y busqué un sitio donde todo fuera diferente. Un viejo necesita una vida diferente. Los jóvenes no quieren hablar con él, y con los otros viejos se aburre de un modo atroz. Así que pensé: lo mejor será buscar un sitio tan diferente que uno abre los ojos y ya se entretiene. Conseguí esta estación de gasolina. Si los negocios marchan demasiado bien, me instalaré en una vieja carretera menos bulliciosa, donde pueda ganar lo suficiente para vivir y me quede tiempo para sentir estas cosas tan diferentes.
   - Ha dado usted en el clavo - dijo Tomás. Sus manos le descansaban sobre el volante. Estaba contento. Había trabajado casi dos semanas en una de las nuevas colonias y ahora tenía dos días libres y iba a una fiesta.
   - Ya nada me sorprende - prosiguió el viejo -. Miro y observo, nada más. Si uno no acepta a Marte como es, puede volverse a la Tierra. En este mundo todo es raro; el suelo, el aire los canales, los indígenas (aun no los he visto, pero dicen que andan por aquí) y los relojes. Hasta mi reloj anda de un modo gracioso. Hasta el tiempo es raro en Marte. A veces me siento muy solo, como si yo fuese el único habitante de este planeta; apostaría la cabeza. Otras veces me siento como si me hubiera encogido y todo lo demás se hubiera agrandado. ¡Dios! ¡No hay sitio como éste para un viejo! Estoy siempre alegre y animado. ¿Sabe usted cómo es Marte? Es como un juguete que me regalaron en Navidad, hace setenta años. No sé si usted lo conoce. Lo llamaban calidoscopio: trocitos de vidrio o de tela de muchos colores. Se levanta hacia la luz y se mira y se queda uno sin aliento. ¡Cuántos dibujos! Bueno, pues así es Marte. Disfrútelo. Tómelo como es. ¡Dios! ¿Sabe que esa carretera marciana tiene dieciséis siglos y aún está en buenas condiciones? Es un dólar cincuenta. Gracias. Buenas noches.
   Tomás se alejó por la antigua carretera, riendo entre dientes.
   Era un largo camino que se internaba en la oscuridad y las colinas. Tomás, con una sola mano en el volante, sacaba con la otra, de cuando en cuando, un caramelo de la bolsa del almuerzo. Había viajado toda una hora sin encontrar en el camino ningún otro automóvil, ninguna luz. La carretera solitaria se deslizaba bajo las ruedas y sólo se oía el zumbido del motor. Marte era un mundo silencioso, pero aquella noche el silencio era mayor que nunca. Los desiertos y los mares secos giraban a su paso y las cintas de las montañas se alzaban contra las estrellas.
   Esta noche había en el aire un olor a tiempo. Tomás sonrió. ¿Qué olor tenía el tiempo? El olor del polvo, los relojes, la gente. ¿Y qué sonido tenía el tiempo? Un sonido de agua en una cueva, y una voz muy triste y unas gotas sucias que caen sobre cajas vacías y un sonido de lluvia. Y aún más, ¿a qué se parecía el tiempo? A la nieve que cae calladamente en una habitación oscura, a una película muda en un cine muy viejo, a cien millones de rostros que descienden como esos globitos de Año Nuevo, que descienden y descienden en la nada. Eso era el tiempo, su sonido, su olor. Y esta noche (y Tomás sacó una mano fuera de la camioneta), esta noche casi se podía tocar el tiempo.  
   La camioneta se internó en las colinas del tiempo. Tomás sintió unas punzadas en la nuca y se sentó rígidamente, con la mirada fija en el camino.
   Entraba en una muerta aldea marciana; paró el motor y se abandonó al silencio de la noche. Maravillado y absorto contempló los edificios blanqueados por las lunas. Deshabitados desde hacía siglos. Perfectos. En ruinas, pero perfectos.
   Puso en marcha el motor, recorrió algo más de un kilómetro y se detuvo nuevamente. Dejó la camioneta y echó a andar llevando la bolsa de comestibles en la mano, hacia una loma desde donde aún se veía la aldea polvorienta. Abrió el termos y se sirvió una taza de café. Un pájaro nocturno pasó volando. La noche era hermosa y apacible.
   Unos cinco minutos después se oyó un ruido. Entre las colinas, sobre la curva de la antigua carretera, hubo un movimiento, una luz mortecina, y luego un murmullo.
   Tomás se volvió lentamente, con la taza de café en la mano derecha.
   Y asomó en las colinas una extraña aparición.
   Era una máquina que parecía un insecto de color verde jade, una mantis religiosa que saltaba suavemente en el aire frío de la noche, con diamantes verdes que parpadeaban sobre su cuerpo, indistintos, innumerables, y rubíes que centelleaban con ojos multifacéticos. Sus seis patas se posaron en la antigua carretera, como las últimas gotas de una lluvia, y desde el lomo de la máquina un marciano de ojos de oro fundido miró a Tomás como si mirara el fondo de un pozo.
   Tomás levantó una mano y pensó automáticamente:
  ¡Hola!, aunque no movió los labios. Era un marciano. Pero Tomás habla nadado en la Tierra en ríos azules mientras los desconocidos pasaban por la carretera, y había comido en casas extrañas con gente extraña y su sonrisa había sido siempre su única defensa. No llevaba armas de fuego. Ni aun ahora advertía esa falta aunque un cierto temor le oprimía el pecho.
   También el marciano tenía las manos vacías. Durante unos instantes, ambos se miraron en el aire frío de la noche.
   Tomás dio el primer paso.
   - ¡Hola! - gritó.
   - ¡Hola! - contesto el marciano en su propio idioma. No se entendieron.
   - ¿Has dicho hola? - dijeron los dos.
   - ¿Qué has dicho? - preguntaron, cada uno en su lengua.
   Los dos fruncieron el ceño.
   - ¿Quién eres? - dijo Tomás en inglés.
   - ¿Qué haces aquí - dijo el otro en marciano.
   - ¿A dónde vas? - dijeron los dos al mismo tiempo, confundidos.
   - Yo soy Tomás Gómez,
   - Yo soy Muhe Ca.
   No entendieron las palabras, pero se señalaron a sí mismos, golpeándose el pecho, y entonces el marciano sé echó a reír.
   - ¡Espera!
   Tomás sintió que le rozaban la cabeza, aunque ninguna mano lo había tocado.
   - Ya está - dijo el marciano en inglés -. Así es mejor.
   - ¡Qué pronto has aprendido mi idioma!
   - No es nada.
   Turbados por el nuevo silencio, ambos miraron el humeante café que Tomás tenía en la mano.
   - ¿Algo distinto? - dijo el marciano mirándolo y mirando el café, y tal vez refiriéndose a ambos.
   - ¿Puedo ofrecerte una taza? - dijo Tomás.
   - Por favor.
   El marciano descendió de su máquina.
   Tomás sacó otra taza, la llenó de café y se la ofreció.
   La mano de Tomás y la mano del marciano se confundieron, como manos de niebla.
   - ¡Dios mío! - gritó Tomás, y soltó la taza.
   - ¡En nombre de los Dioses! - dijo el marciano en su propio idioma.
   - ¿Viste lo que pasó? - murmuraron ambos, helados por el terror.
   El marciano se inclinó para tocar la taza, pero no pudo tocarla.
   - ¡Señor! - dijo Tomás.
   - Realmente... - comenzó a decir el marciano. Se enderezó, meditó un momento, y luego sacó un cuchillo de su cinturón.
   - ¡Eh! - gritó Tomás.
   - Has entendido mal. ¡Tómalo!
   El marciano tiró al aire el cuchillo. Tomás juntó las manos. El cuchillo le pasó a través de la carne. Se inclinó para recogerlo, pero no lo pudo tocar y retrocedió, estremeciéndose.
   Miró luego al marciano que se perfilaba contra el cielo.
   - ¡Las estrellas! - dijo.
   - ¡Las estrellas! - respondió el marciano mirando a Tomás.
   Las estrellas eran blancas y claras más allá del cuerpo del marciano, y lucían dentro de su carne como centellas incrustadas en la tenue y fosforescente membrana de un pez gelatinoso; parpadeaban como ojos de color violeta en el estómago y en el pecho del marciano, y le brillaban como joyas en los brazos.
   - ¡Eres transparente! - dijo Tomás.
   - ¡Y tú también! - replicó el marciano retrocediendo.
   Tomás se tocó el cuerpo, sintió su calor y se tranquilizó. «Yo soy real», pensó.
   El marciano se tocó la nariz y los labios.
   - Yo tengo carne - murmuró -. Yo estoy vivo.
   Tomás miró fijamente al fío.
   - Y si yo soy real, tú debes de estar muerto.
   - ¡No! ¡Tú!
   - ¡Un espectro!
   - ¡Un fantasma!
   Se señalaron el uno al otro y la luz de las estrellas les brillaba en los miembros como dagas, como trozos de hielo, corno luciérnagas, y se tocaron otra vez y se descubrieron intactos, calientes, animados, asombrados, despavoridos, y el otro, ah, si, ese otro, era sólo un prisma espectral que reflejaba la acumulada luz de unos mundos distantes.
   Estoy borracho, pensó Tomás. No se lo contaré mañana a nadie. No, no.
   Se miraron un tiempo, de pie, inmóviles, en la antigua carretera.
   - ¿De dónde eres? - preguntó al fin el marciano.
   - De la Tierra.
   - ¿Qué es eso?
   Tomás señaló el firmamento.
   - ¿Cuándo llegaste?
   - Hace más de un año, ¿no recuerdas?
   - No.
   - Y todos vosotros estabais muertos, así lo creímos. Tu raza ha desaparecido casi totalmente ¿no lo sabes?
   - No. No es cierto.
   - Sí. Todos muertos. Yo vi los cadáveres. Negros, en las habitaciones, en las casas. Muertos. Millares de muertos.
   - Eso es ridículo. ¡Estamos vivos!
   - Escúchame. Marte ha sido invadido. No puedes ignorarlo. Has escapado.
   - ¿Yo? ¿Escapar de qué? No entiendo lo que dices. Voy a una fiesta en el canal, cerca de las montañas Eniall. Allí estuve anoche. ¿No ves la ciudad?
   Tomás miró hacia donde le indicaba el marciano y vio las ruinas.
   - Pero cómo, esa ciudad está muerta desde hace miles de años.
   El marciano se echó a reír.
   - ¡Muerta! dormí allí anoche
   - Y Yo estuve allí la semana anterior y la otra, y hace un rato y es un montón de escombros. ¿No ves las columnas rotas?
   - ¿Rotas? Las veo perfectamente a la luz de la luna. Intactas.
   - Hay polvo en las calles - dijo Tomás.
   - ¡Las calles están limpias!
   - Los canales están vacíos.
   - ¡Los canales están llenos de vino de lavándula!
   - Está muerta.
   - ¡Está viva! - protestó el marciano riéndose cada vez más -. Oh, estás muy equivocado ¿No ves las luces de la fiesta? Hay barcas hermosas esbeltas como mujeres, y mujeres hermosas esbeltas como barcas; mujeres del color de la arena, mujeres con flores de fuego en las manos. Las veo desde aquí, pequeñas, corriendo por las calles. Allá voy, a la fiesta. Flotaremos en las aguas toda la noche, cantaremos, beberemos, haremos el amor. ¿No las ves?
   - Tu ciudad está muerta como un lagarto seco. Pregúntaselo a cualquiera de nuestro grupo. Voy a la Ciudad Verde. Es una colonia que hicimos hace poco cerca de la carretera de Illinois. No puedes ignorarlo. Trajimos trescientos mil metros cuadrados de madera de Oregon, y dos docenas de toneladas de buenos clavos de acero, y levantamos a martillazos los dos pueblos más bonitos que hayas podido ver. Esta noche festejaremos la inauguración de uno. Llegan de la Tierra un par de cohetes que traen a nuestras mujeres y a nuestras amigas. Habrá bailes y whisky...
   El marciano estaba inquieto.
   - ¿Dónde está todo eso?
   Tomás lo llevó hasta el borde de la colina y señaló a lo lejos.
   - Allá están los cohetes. ¿Los ves?
   - No.
   - ¡Maldita sea! ¡Ahí están! Esos aparatos largos y plateados.
   - No.
   Tomás se echó a reír.
   - ¡Estás ciego!
   - Veo perfectamente. ¡Eres tú el que no ve!
   - Pero ves la nueva ciudad, ¿no es cierto?
   - Yo veo un océano, y la marea baja.
   - Señor, esa agua se evaporó hace cuarenta siglos.
   - ¡Vamos, vamos! ¡Basta ya!
   - Es cierto, te lo aseguro.
   El marciano se puso muy serio.
   - Dime otra vez. ¿No ves la ciudad que te describo? Las columnas muy blanca, las barcas muy finas, las luces de la fiesta... ¡Oh, lo veo todo tan claramente! Y escucha... Oigo los cantos. ¡No están tan lejos! Tomás escuchó y sacudió la cabeza.
   - No.
   - Y yo, en cambio, no puedo ver lo que tú me describes - dijo el marciano.
   Volvieron a estremecerse. Sintieron frío.
   - ¿Podría ser?
   - ¿Qué?
   - ¿Dijiste que «del cielo»?
   - De la Tierra.
   - La Tierra, un nombre, nada - dijo el marciano - Pero... al subir por el camino hace una hora... sentí...
Se llevó una mano a la nuca.
   - ¿Frío?
   - Sí.
   - ¿Y ahora?
   - Vuelvo a sentir frío. ¡Qué raro! Había algo en la luz, en las colinas, en el camino... - dijo el marciano -. Una sensación extraña... El camino, la luz... Durante unos instante creí ser el único sobreviviente de este mundo.
   - Lo mismo me pasó a mí - dijo Tomás, y le pareció estar hablando con un amigo muy íntimo de algo secreto y apasionante.
   El marciano meditó unos instantes con los ojos cerrados.
   - Sólo hay una explicación. El tiempo. Sí. Eres una sombra del pasado.
   - No. Tú, tú eres del pasado - dijo el hombre de la Tierra.
   - ¡Qué seguro estas! ¿Cómo es posible afirmar quién pertenece al pasado y quién al futuro? ¿En qué año estamos?
   - En el año dos mil dos.
   - ¿Qué significa eso para mí?
   Tomás reflexionó y se encogió de hombros.
   - Nada.
   - Es como si te dijera que estamos en el año 4462853 S.E.C. No significa nada. Menos que nada. Si algún reloj nos indicase la posición de las estrellas...
   - ¡Pero las ruinas lo demuestran! Demuestran que yo soy el futuro, que yo estoy vivo, que tú estás muerto.
   - Todo en mí lo desmiente. Me late el corazón, mi estómago siente hambre, mi garganta sed. No, no. Ni muertos, ni vivos, más vivos que nadie, quizá. Mejor, entre la vida y la muerte. Dos extraños cruzan en la noche. Nada más. Dos extraños que pasan. ¿Ruinas dijiste?
   - Sí. ¿Tienes miedo?
   - ¿Quién desea ver el futuro? ¿Quién ha podido desearlo alguna vez? Un hombre puede enfrentarse con el pasado, pero pensar... ¿Has dicho que las columnas se han desmoronado? ¿Y que el mar está vacío y los canales, secos y las doncellas muertas y las flores marchitas? - El marciano calló y miró hacia la ciudad lejana.    
   - Pero están ahí. Las veo. ¿No me basta? Me aguardan ahora, y no importa lo que digas.
   Y a Tomás también lo esperaban los cohetes, allá a lo lejos, y la ciudad, y las mujeres de la Tierra.
   - Jamás nos pondremos de acuerdo - dijo.
   - Admitamos nuestro desacuerdo - dijo el marciano -. ¿Qué importa quién es el pasado o el futuro, si ambos estamos vivos? Lo que ha de suceder sucederá, mañana o dentro de diez mil años. ¿Cómo sabes que esos templos no son los de tu propia civilización, dentro de cien siglos, desplomados y en ruinas? ¿No lo sabes? No preguntes entonces. La noche es muy breve. Allá van por el cielo los fuegos de la fiesta, y los pájaros.
   Tomás tendió la mano. El marciano lo imitó. Sus manos no se tocaron, se fundieron atravesándose.
   - ¿Volveremos a encontrarnos?
   - ¡Quién sabe! Tal vez otra noche.
   - Me gustaría ir contigo a la fiesta.
   - Y a mí me gustaría ir a tu ciudad y ver esa nave de que me hablas y esos hombres, y oír todo lo que sucedió.
   - Adiós - dijo Tomás.
   - Buenas noches.
   El marciano voló serenamente hacia las colinas en su vehículo de metal verde. El terrestre se metió en su camioneta y partió en silencio en dirección contraria.
   - ¡Dios mío! ¡Qué pesadillas! - suspiró Tomás, con las manos en el volante, pensando en los cohetes, en las mujeres, en el whisky, en las noticias de Virginia, en la fiesta.
   - ¡Qué extraña visión! - se dijo el marciano, y se alejó rápidamente, pensando en el festival, en los canales, en las barcas, en las mujeres de ojos dorados, y en las canciones.
   La noche era oscura. Las lunas se habían puesto. La luz de las estrellas parpadeaba sobre la carretera ahora desierta y silenciosa. Y así siguió, sin un ruido, sin un automóvil, sin nadie, sin nada, durante toda la noche oscura y fresca.





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