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miércoles, 4 de abril de 2012

Günter Grass - Lo que hay que decir

El poeta alemán se opone a un ataque israelí contra Irán. Extraído de El País. Traducción de Miguel Saenz. El texto original en alemán se publica hoy en el diario Süddeutsche Zeitung.

 

 


 
Por qué guardo silencio, demasiado tiempo,
sobre lo que es manifiesto y se utilizaba
en juegos de guerra a cuyo final, supervivientes,
solo acabamos como notas a pie de página.
Es el supuesto derecho a un ataque preventivo
el que podría exterminar al pueblo iraní,
subyugado y conducido al júbilo organizado
por un fanfarrón,
porque en su jurisdicción se sospecha
la fabricación de una bomba atómica.
Pero ¿por qué me prohíbo nombrar
a ese otro país en el que
desde hace años —aunque mantenido en secreto—
se dispone de un creciente potencial nuclear,
fuera de control, ya que
es inaccesible a toda inspección?
El silencio general sobre ese hecho,
al que se ha sometido mi propio silencio,
lo siento como gravosa mentira
y coacción que amenaza castigar
en cuanto no se respeta;
“antisemitismo” se llama la condena.
Ahora, sin embargo, porque mi país,
alcanzado y llamado a capítulo una y otra vez
por crímenes muy propios
sin parangón alguno,
de nuevo y de forma rutinaria, aunque
enseguida calificada de reparación,
va a entregar a Israel otro submarino cuya especialidad
es dirigir ojivas aniquiladoras
hacia donde no se ha probado
la existencia de una sola bomba,
aunque se quiera aportar como prueba el temor...
digo lo que hay que decir.
¿Por qué he callado hasta ahora?
Porque creía que mi origen,
marcado por un estigma imborrable,
me prohibía atribuir ese hecho, como evidente,
al país de Israel, al que estoy unido
y quiero seguir estándolo.
¿Por qué solo ahora lo digo,
envejecido y con mi última tinta:
Israel, potencia nuclear, pone en peligro
una paz mundial ya de por sí quebradiza?
Porque hay que decir
lo que mañana podría ser demasiado tarde,
y porque —suficientemente incriminados como alemanes—
podríamos ser cómplices de un crimen
que es previsible, por lo que nuestra parte de culpa
no podría extinguirse
con ninguna de las excusas habituales.
Lo admito: no sigo callando
porque estoy harto
de la hipocresía de Occidente; cabe esperar además
que muchos se liberen del silencio, exijan
al causante de ese peligro visible que renuncie
al uso de la fuerza e insistan también
en que los gobiernos de ambos países permitan
el control permanente y sin trabas
por una instancia internacional
del potencial nuclear israelí
y de las instalaciones nucleares iraníes.
Solo así podremos ayudar a todos, israelíes y palestinos,
más aún, a todos los seres humanos que en esa región
ocupada por la demencia
viven enemistados codo con codo,
odiándose mutuamente,
y en definitiva también ayudarnos.

miércoles, 18 de enero de 2012

Juegos Olímpicos de 1936: Perú y la supremacía aria.


Corría el 8 de agosto de 1936, en plenas Olimpiadas de Alemania. Perú se enfrentaba en cuartos de final a la temible Austria, cuna de Hitler y favorita por meritos propios. El primer tiempo terminó con 2-0 a favor de los europeos. Sin embargo, Perú a base de buen fútbol y garra, logró empatar por medio de 'Campolo' (75') y 'Manguera' (81'). Antes de empezar la prórroga, extrañamente, algunos aficionados entraron en el campo y agredieron a un jugador austriaco. Ese incidente demoró el reinicio del encuentro. Al final, el árbitro, que se había empeñado en favorecer a los austriacos, que llegó a anular 3 goles de Perú, no pudo evitar que estos finalmente ganaran 2-4  con tantos de 'Manguera' (117') y 'Lolo' (119').  Las cosas no podían quedar así. El inmaculado equipo ario no podía caer eliminado por aquellos indígenas de piel oscura. Al día siguiente, la FIFA anuló el partido y ordenó que se repitiera. Perú no aceptó la afrenta y  abandonó unas Olimpíadas cargadas de odio e incomprensión. El país de Hitler logró finalmente el segundo puesto en el torneo. Italia, su brazo derecho, ganó el primer puesto. Las cosas quedaban en su sitio.

lunes, 22 de agosto de 2011

El Mesías de Händel



El 13 de abril de 1737, Händel se derrumbó en su casa de Brook Street. Tenía 52 años.  Ese mismo año había escrito cuatro óperas. La presión, los disgustos, las ocupaciones, los acreedores habían derribado su cuerpo voluminoso. Yacía inmóvil, con los ojos abiertos: parecía muerto. Poco después, el médico emitiría su diagnóstico: apoplejía, el lado derecho paralizado. La débil voz del maestro les sorprendió a todos: "Se acabó todo para mí…"El médico asintió: quizá podría recuperarse al hombre pero nunca  al genio; su música había muerto."


Sólo podría salvarle un milagro.


Durante meses la vida de Händel discurrió sin energía, en un estado de muerte anticipada: no podía andar, hablar o pulsar una sola tecla de su clavicémbalo (instrumento predecesor del piano). Sólo cuándo escuchaba música, su cuerpo se agitaba débilmente, luchando con las correas de su enfermedad y sus ojos adquirían el brillo que da la vida. El médico tachó el caso de incurable y recomendó que lo llevaran a un balneario. Quizá allí mejorase un poco. Sin embargo, dentro de la prisión que era el cuerpo de Händel  se agitaba una fuerza desconocida.  
En el balneario de Aquisgrán, desafió a los médicos estando nueve horas en baños calientes (6 más de las recomendadas). Una semana después, volvió a caminar. Días más tarde, recuperó la movilidad del brazo. El último día de su estancia en el balneario, entró en una iglesia y se sentó frente al órgano. Tocando a dos manos, henchido de inspiración, empezó a improvisar melodías únicas, desgarradoras. Los fieles y el sacerdote congregados escucharon emocionados aquel torrente luminoso hasta ahora estancado. Aunque no era creyente, sus notas se dirigían a Dios, a la Eternidad. También a los hombres.


El maestro retoma sus trabajos y estrena varias óperas, pero la situación que vive Inglaterra le es adversa.  Muere la reina, estalla la guerra con España, una ola de frío asola el país, enferman los cantantes, cierran las funciones.  Händel vuelve a estar en la encrucijada: la crítica se ensaña con su obra, los acreedores le acosan a diario, el público le da la espalda. ¿De qué sirve recuperar la vida para caer en semejante espiral de sufrimiento?   En 1740 se siente de nuevo derrotado, paralizado en cuerpo y alma, y aunque trabaja algo, su fuerza ha desaparecido bajo el peso de las calamidades.  Todo había terminado de nuevo. En su profundo desconsuelo, repite una y otra vez: Dios mío, ¿por qué me has abandonado?  Medita sobre la conveniencia de dejar el país: en Irlanda todavía creen en su arte. Contempla las aguas  del Támesis. Quizá sería mejor terminar de una vez con todo. El vacío lo envuelve. El dolor del alma lo aplasta. El 21 de agosto de 1741 recibe una carta del poeta Jennens. En ella le pide que ponga una música inmortal a sus versos. Händel dio un respingo: la carta abría las viejas heridas de su inspiración perdida. Postrado en la cama, lloró de impotencia. Una inquietud extrema lo devora. ¿Cómo podría él crear algo de valor si se sentía tan abandonado? Pero leyó el texto, agitado por las dudas, la emoción y miedo. El caso es que parecía ir dirigido a él, un gran árbol caído: “Así habló el Señor”, “Él te purificará”, “Clama tu palabra con firmeza”, “La oscuridad cubre la tierra”, «Y él fue despreciado», «Y los que le ven, se ríen de Él». 

Estudio el escrito con gran excitación, inmerso en una corriente inspiradora única más fuerte que ninguna otra. Éste se titulaba “El Mesías”.   Quería dar testimonio de su resurrección. Sintió que Dios le daba su palabra. Debía remontarse hasta él y entregarle su corazón: 
«¡Aleluya, aleluya, aleluya! »


Durante tres semanas no salió siquiera de la habitación mientras los acreedores llamaban a la puerta hostigando el dulce néctar de su genio.



El 14 de septiembre acabo su obra.   Después de descansar, se levantó recuperado, risueño, con los ojos llenos de vida. Tocó la pieza delante del médico y de sus criados. La corriente musical los cautivo de tal manera que todos quedaron aturdidos.

—Jamás oí cosa semejante, amigo mío. ¡Parece que tengáis el demonio en el cuerpo! – dijo el médico.

—Creo más bien que es Dios quien ha estado conmigo.


Händel había resucitado de nuevo.  
 


miércoles, 27 de julio de 2011

La catedral de Colonia


El siglo XX presentó el mayor impulso técnico e intelectual de la historia del hombre, con conquistas en todos los campos y niveles de creación increíbles.  En el ámbito moral, sin embargo, el siglo XX sufrió retrocesos  continuos y proporcionales. Demasiadas veces la brutalidad se impuso a la razón.  Entre los incontables estragos de nuestro odio, destaca la excepción que representa la catedral de Colonia.  Esta joya de la arquitectura gótica comenzó a levantarse en la primera mitad del siglo XIII y habría de esperar hasta  finales del siglo XIX para verse terminada. Con sus 157 metros de altura, durante 4 años fue la construcción más alta del mundo. Una obra maestra en el epicentro de un siglo devastador. Corría 1945. Alemania agonizaba. En 1942 se lanzaron 48.000 toneladas de bombas sobre las ciudades germanas; en 1943, 207.000; en 1944,  915.000.  Colonia, como el resto de ciudades Alemanas, sufría la violencia de sus enemigos: sólo un 20% de sus construcciones sobrevivió; la catedral entre ellas.




El arte representa la victoria de la razón, pero este contexto, ¿dónde queda la razón? Ambos bandos la habían perdido y estaban dispuestos a seguir sacrificándola. No, la razón no salvó a nuestra bella protagonista. Nadie lo hizo en realidad. Sus dos soberbias torres habían visto el horror. La piel de piedra de su fachada había sufrido los latigazos de miles de balas.  Su nave central retumbó por el fragor de una bomba. La habían abandonado entre los despojos de su ciudad, huerfana de todo, de todos, menos de sí misma. 

Hoy en día es el edificio más visitado de Alemania.Todavía continua su reconstrucción. Cuenta una leyenda  que la ciudad de Colonia existirá mientras siga en pie su catedral. Viendo las imágenes, sólo se puede decir que hasta ahora se ha cumplido.



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