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miércoles, 4 de abril de 2012

Günter Grass - Lo que hay que decir

El poeta alemán se opone a un ataque israelí contra Irán. Extraído de El País. Traducción de Miguel Saenz. El texto original en alemán se publica hoy en el diario Süddeutsche Zeitung.

 

 


 
Por qué guardo silencio, demasiado tiempo,
sobre lo que es manifiesto y se utilizaba
en juegos de guerra a cuyo final, supervivientes,
solo acabamos como notas a pie de página.
Es el supuesto derecho a un ataque preventivo
el que podría exterminar al pueblo iraní,
subyugado y conducido al júbilo organizado
por un fanfarrón,
porque en su jurisdicción se sospecha
la fabricación de una bomba atómica.
Pero ¿por qué me prohíbo nombrar
a ese otro país en el que
desde hace años —aunque mantenido en secreto—
se dispone de un creciente potencial nuclear,
fuera de control, ya que
es inaccesible a toda inspección?
El silencio general sobre ese hecho,
al que se ha sometido mi propio silencio,
lo siento como gravosa mentira
y coacción que amenaza castigar
en cuanto no se respeta;
“antisemitismo” se llama la condena.
Ahora, sin embargo, porque mi país,
alcanzado y llamado a capítulo una y otra vez
por crímenes muy propios
sin parangón alguno,
de nuevo y de forma rutinaria, aunque
enseguida calificada de reparación,
va a entregar a Israel otro submarino cuya especialidad
es dirigir ojivas aniquiladoras
hacia donde no se ha probado
la existencia de una sola bomba,
aunque se quiera aportar como prueba el temor...
digo lo que hay que decir.
¿Por qué he callado hasta ahora?
Porque creía que mi origen,
marcado por un estigma imborrable,
me prohibía atribuir ese hecho, como evidente,
al país de Israel, al que estoy unido
y quiero seguir estándolo.
¿Por qué solo ahora lo digo,
envejecido y con mi última tinta:
Israel, potencia nuclear, pone en peligro
una paz mundial ya de por sí quebradiza?
Porque hay que decir
lo que mañana podría ser demasiado tarde,
y porque —suficientemente incriminados como alemanes—
podríamos ser cómplices de un crimen
que es previsible, por lo que nuestra parte de culpa
no podría extinguirse
con ninguna de las excusas habituales.
Lo admito: no sigo callando
porque estoy harto
de la hipocresía de Occidente; cabe esperar además
que muchos se liberen del silencio, exijan
al causante de ese peligro visible que renuncie
al uso de la fuerza e insistan también
en que los gobiernos de ambos países permitan
el control permanente y sin trabas
por una instancia internacional
del potencial nuclear israelí
y de las instalaciones nucleares iraníes.
Solo así podremos ayudar a todos, israelíes y palestinos,
más aún, a todos los seres humanos que en esa región
ocupada por la demencia
viven enemistados codo con codo,
odiándose mutuamente,
y en definitiva también ayudarnos.

viernes, 16 de marzo de 2012

Reporteros "de guerra": la verdad incómoda



Por Robert Fisk:

Se necesitó mucho valor para entrar en Homs; Sky News, luego la BBC, luego unos cuantos hombres y mujeres valientes que fueron a contar al mundo las angustias de la ciudad, mismas que, al menos en dos casos, ellos sufrieron en carne propia. Sin embargo, apenas esta semana pude reflexionar en lo bien que llegamos a conocer el nombre del indomable fotógrafo británico herido, Paulo Conroy, y en cambio qué poco sabemos de los 13 voluntarios sirios que al parecer fueron abatidos por francotiradores y proyectiles cuando iban a rescatarlo. No es culpa de Conroy, por supuesto. Pero me pregunto si conocíamos los nombres de esos mártires, o si siquiera intentamos descubrirlos.

Hay un tinte ligeramente colonialista en todo esto. Nos hemos acostumbrado tanto al desenfadado heroísmo de la versión cinematográfica de los corresponsales de guerra, que de algún modo se han vuelto más importantes que las personas de las que informan. Se supone que Hemingway liberó a París –o por lo menos el bar de Harry–, pero, ¿habrá un solo lector que recuerde el nombre de un francés que haya muerto liberando a París? Recuerdo a mi intrépido colega de la televisión Terry Lloyd, muerto por los estadunidenses en Irak en 2003, pero, ¿quién puede nombrar a uno del cuarto de millón de iraquíes muertos a consecuencia de la invasión (aparte de Saddam Hussein, claro)? El corresponsal de Al Jazeera en Bagdad fue abatido por un ataque estadunidense a la capital iraquí ese mismo año. Pero, levante la mano el que recuerde su nombre. Respuesta: Tareq Ayoub. Era palestino; yo estuve con él el día anterior.

La chamarra antibalas se ha vuelto el símbolo de casi todo reportero de televisión en una guerra. No tengo nada contra esas chamarras; en Bosnia usé una. Pero cada vez me incomodan más esos reporteros en sus trajes espaciales azules, parados en medio de las víctimas de la guerra a las que entrevistan y que no gozan de tal protección. Sé que las aseguradoras insisten en que los corresponsales y técnicos lleven esos atuendos, pero en las calles se da una impresión distinta: que de alguna manera las vidas de los reporteros de Occidente son más preciosas, más meritorias, tienen más valor intrínseco que las de los civiles extranjeros que sufren a su alrededor. Hace años, durante una batalla en Beirut, un periodista de televisión que llevaba uno de esos envoltorios de acero de 60 kilos me pidió que me pusiera uno mientras me entrevistaba. Me negué, así que no hubo entrevista.

Un fenómeno igualmente incómodo apareció hace 15 años. ¿Cómo soportan los reporteros la guerra? ¿Deben recibir consejo profesional por sus terribles experiencias? ¿Deben buscar un cierre? La Press Gazette me pidió un comentario; decliné la petición. El artículo que publicaron volvía una y otra vez sobre los traumas que sufren los periodistas, y luego daba a entender que los que desechan la ayuda sicológica son alcohólicos. O perorata sicológica o botella de ginebra, no había de otra. La terrible verdad, desde luego, es que los periodistas pueden volar a casa si las cosas se ponen rudas, en primera clase, con un vaso de vino espumoso en la mano. La pobre gente sin chaleco que dejan detrás –con pasaporte de parias, sin visas extranjeras, tratando desesperadamente de evitar que el baño de sangre salpique a sus vulnerables familias– es la que necesita ayuda.

El romanticismo asociado a los reporteros de guerra quedó en evidencia en el preludio a la guerra del Golfo, en 1991. Toda suerte de periodistas extranjeros llegaron a Arabia Saudita con arreos militares. Un estadunidense hasta llevaba botas camufladas con hojas pintadas, aunque basta una ojeada al desierto para darse cuenta de la ausencia de árboles. Extrañamente, descubrí que en la soledad del desierto real muchos soldados de verdad, en especial infantes de marina estadunidenses, escribían diarios de sus experiencias y hasta me los ofrecían para publicarlos. Los reporteros, al parecer, querían ser soldados, y los soldados querían querían ser reporteros.



Esta curiosa simbiosis queda de manifiesto cuando los reporteros de guerra hablan de su experiencia de combate. Hace tres años, en una universidad estadunidense, tuve el placer de escuchar a tres veteranos de la guerra en Irak y Afganistán imprecar a un periodista que usó esa frase espantosa. “Disculpe, señor –le dijo uno con cortesía–, usted no ha tenido ‘experiencia de combate’; usted tuvo ‘exposición al combate’. No es lo mismo.” El veterano entendía el poder del desdén sereno: no tenía piernas.
Todos hemos sido víctimas de esos reporteros que claman Observé con horror / Proyectiles que pasaban chirriando / Me detuvo el fuego de proyectiles-ametralladoras-francotiradores. Sospecho que recurrí a eso allá en Irlanda del Norte, a principios de los años 70. Sin duda lo hice en el sur de Líbano a finales de esa década. Me da vergüenza.

Si bien damos testimonio personal de la guerra –frase que también me causa incomodidad–, esa especie de Diario del Muchacho Valiente es un signo de fanfarronería. James Cameron lo captó bien en la guerra de Corea. Cuando iba a desembarcar con las tropas estadunidenses en Inchon, notó “en medio de todo, si tal cosa es concebible, un bote vagabundo marcado con grandes letras, ‘PRENSA’, lleno de corresponsales agitados y belicosos, que intentábamos pasar por muy resueltos al descender en la Ola Uno, mientras tratábamos desesperadamente de discurrir algún método honorable de escurrirnos a la Ola 50”.

Y quién puede olvidar las palabras de la periodista israelí Amira Haas, reportera de Haaretz en Cisjordania ocupada, a quien cito a menudo. Ella me dijo en Jerusalén que el trabajo del corresponsal extranjero no es ser el primer testigo de la historia (mi propia deplorable definición), sino vigilar a los centros de poder, en especial cuando van a la guerra, y sobre todo si intentan hacerlo con base en un montón de mentiras.
Sí, todo el honor a quienes reportaron desde Homs. Pero aquí va una idea: cuando los israelíes desencadenaron su cruel bombardeo de Gaza, en 2008, prohibieron a todos los reporteros entrar en el teatro de guerra, tal como los sirios intentaron hacer en Homs. Y los israelíes tuvieron mucho más éxito en evitar que nosotros los occidentales viéramos el baño de sangre.

Las fuerzas de Hamas y el Ejército Sirio Libre en Homs tienen mucho en común: los dos eran cada vez más islamitas, los dos se enfrentaron a un poder de fuego superior, los dos perdieron la batalla, pero fueron los reporteros palestinos quienes quedaron para cubrir el sufrimiento de su pueblo. Hicieron un trabajo espléndido. Curioso, sin embargo, que las salas de prensa en Londres y Washington no mostraron el mismo entusiasmo para meter a su gente en Gaza que en Homs. Es sólo una idea. Muy triste, por cierto.
 
Traducción de Jorge Anaya para la La Jornada

viernes, 10 de febrero de 2012

Palabra de Kant

 Seguro que os suenan las palabras del Maestro Kant...

 
Los ejércitos permanentes son una incesante amenaza de guerra para los demás Estados, puesto que están siempre dispuestos y preparados para combatir. Los diferentes Estados se empeñan en superarse unos a otros en armamentos, que aumentan sin cesar. Y como, finalmente, los gastos ocasionados por el ejército permanente llegan a hacer la paz aún más intolerable que una guerra corta, acaban por ser ellos mismos la causa de agresiones, cuyo fin no es otro que librar al país de la pesadumbre de los gastos militares. Añádase a esto que tener gentes a sueldo para que mueran o maten parece que implica un uso del hombre como mera máquina en manos de otro -el Estado-; lo cual no se compadece bien con los derechos de la Humanidad en nuestra propia persona. 

Muy otra consideración merecen, en cambio, los ejercicios militares que periódicamente realizan los ciudadanos por su propia voluntad, para prepararse a defender a su patria contra los ataques del enemigo exterior. Lo mismo ocurriría tratándose de la formación de un tesoro o reserva financiera; pues los demás Estados lo considerarían como una amenaza y se verían obligados a prevenirla, adelantándose a la agresión. Efectivamente; de las tres formas del Poder "ejército", "alianzas" y "dinero", sería, sin duda, la última el más seguro instrumento de guerra si no fuera por la dificultad de apreciar bien su magnitud.

martes, 17 de enero de 2012

La batalla de Somme


Somme. 1916. Tres millones de hombres dispuestos a matarse. Trincheras y galerías profanando los campos. Millones de granadas volando por los aires, castigando la tierra, triturando vida. Detonaciones monstruosas. El tiempo parece haberse parado; la muerte nunca. Cada soldado de infantería carga 32 kg de equipo: es su sofisticada mortaja. Al mando del general Haig,  las tropas inglesas avanzan hacia ninguna parte. Lo hacen despacio,  al paso, expuestos al horror de las balas y los proyectiles. Algunos batallones perdieron más del 90% de sus miembros. En menos de 24 horas murieron 19.240 soldados británicos, 35.493 resultaron heridos, 2.152 desaparecieron y 585 fueron hechos prisioneros; 8.000 alemanes perdieron la vida; dos mil fueron hechos prisioneros. Los días se suceden. Ataques y contraataques sin sentido. Pasan las semanas. Apenas hay avances.  La batalla se estanca saturada por tanta muerte. Nadie gana.  Todos pierden. Somme: palabra terrible, horrorosa. Haig recibió el sobrenombre de "carnicero del Somme". No sólo eso: Tras la guerra, Haig también recibió honores por sus servicios, le hicieron barón y recibió una pensión de 100.000 libras. Una de sus frases da una idea de la magnitud de su entendimiento: "La ametralladora nunca reemplazará al caballo como instrumento de guerra".  El millón de cadáveres de Somme son una buena muestra de su estupidez.  Incapaz de comprender que no hay mayor victoria que la paz ni nación más grande que la del entendimiento.


lunes, 9 de enero de 2012

La Explanada de las Mezquitas, el Monte del Templo y el Armagedón


La Explanada de las Mezquitas (o el Monte del Templo) es uno de esos rincones del planeta que reflejan de forma más descarnada las rigideces, obsesiones y violencias de las sólo que el hombre es capaz; en este caso, en nombre de Dios; del mismo Dios. Como es obvio, que sea el mismo Dios o que sea otro distinto ni mejora ni empeora las circunstancias.

Situado en la ciudad vieja de Jerusalén, es el lugar más sagrado del judaísmo, en el que se sitúa la historia del sacrificio de Isaac.

Después de algún tiempo, Dios puso a prueba la fe de Abraham. Lo llamó por su nombre, y él contestó:
-Aquí estoy. 

Y Dios le dijo:
-Toma a Isaac, tu único hijo, al que tanto amas, y vete a la tierra de Moria. Una vez allá, ofrécelo en holocausto sobre el cerro que yo te señalaré.
 

Génesis 22


Según la tradición, el lugar de "la piedra del sacrificio de Isaac" fue elegido por el rey David para que albergara el Arca de la Alianza, el objeto más sagrado del pueblo judío, en cuyo interior estarían, entre otras cosas, las tablas de los Diez Mandamientos.  El templo, conocido con el Primer Templo, fue terminado por Salomón.  Nabucodonosor II lo destruiría en el 587 a.C. y los judíos tuvieron que exiliarse en  Babilonia. Años después, se levantaría el Segundo Templo, destruido por los romanos en el 70 d. C y del que sólo se conserva parte del muro occidental, actualmente conocido como Muro de las Lamentaciones, lugar de plegaria del pueblo judío.

Recreación del Segundo Templo


Según esta tradición, el Tercer Templo está por venir. Todas sus oraciones giran en torno a dicha idea. Para cumplir la profecía tendrían que echar abajo la Mezquita de Al-Aqsa y la Cúpula de la Roca, dos de los templos más importantes del islam, construidas  en el siglo VII.  La Cúpula de la Roca es a los musulmanes lo que el primer y segundo templo simboliza para los judíos.


¿Por qué los musulmanes los levantaron precisamente  aquí?  Las tres religiones de la región - el cristianismo, el judaísmo y el islam – se agrupan en un término más general llamado religiones abrahámicas. El origen de estas religiones ocurrió en un mismo momento y, según sus libros sagrados, por tres personajes emparentados: Abraham y sus dos hijos Ismael e Isaac. El islamismo surge de la línea familiar de Ismael y judaísmo y cristianismo de la genealogía de Isaac.  Según los judíos, es el único lugar de la tierra donde Dios ha estado, está y estará (el día del Juicio) en contacto con el hombre. El día del Juicio final las puertas del cielo se abrirán justo en el este lugar y los primeros en acceder a él serán aquellos que están enterrados en el Monte de los Olivos. Para los musulmanes, Mahoma subió a los cielos desde la Meca una noche y llegó a este lugar, donde predicó su palabra durante la noche y desde la cual, al terminar, subió a los cielos (viaje llamado Miraj).



En 1989 el periódico Time reveló que un 18% de los israelitas sostenía que era el momento adecuado para construir el Tercer Templo.  Según un estudio de un movimiento interesado realizado en 1996,  este porcentaje era ya del 56%. Lo que parece claro es que la opinión de los israelíes está cambiando. Según la profecía, el tercer templo de Jerusalén será construido en tiempos difíciles.  Fundamentalistas de las tres religiones creen que hoy en día estamos a las puertas de la gran batalla final, del Armagedón, entre las fuerzas del bien y del mal.  Cada parte se aboga el uso exclusivo del bien. Un bien que conlleva - en este caso, en tantos casos - el mal del otro. 

viernes, 21 de octubre de 2011

Tiempos de sueños y desilusión


En esta época de desilusión, de moral doble y manoseada, de competencia masiva, de consumismo de objetos sin objeto, de intranscendencia intelectual generalizada, aquellos valores que deberían dar sentido a nuestra vida, aquellos por los que lucharon tantas generaciones de hombres a contracorriente de guerras, opresiones, ideologías absolutistas, desprecio por lo diferente y por las opiniones que no compartimos; aquellos nobles valores que deberían ser el sustento emocional y espiritual de cualquier ciudadano de mundo, siguen siendo pisoteados desde muchos frentes, abriendo profundas heridas a este mundo castigado por el dolor y la impunidad. Hoy en día  Colombia, Afganistán, Somalia, Irak, México, Sudán, Siria, Arabia Saudí, Libia y tantos otros lugares alentados, instigados o motivados por fuerzas externas  - o a veces sin ellas, pues la bestialidad parece estar democráticamente repartida en los instintos más bajos de cada ser humano -; como decía, hoy en día la destrucción más salvaje aplasta los corazones, los recuerdos y el amanecer de muchas vidas. ¿Cómo no dejarse arrastrar por tanta insensatez, por tanta felicidad con fecha de caducidad (la del producto a la que está asociada) e insensible a la desgracia ajena? ¿Cómo podemos ser independientes, libres? ¿Cómo conservar nuestra opinión atacada por tantos intereses e intransigencias de guante blanco? ¿Cómo eludir el adoctrinamiento de las naciones, religiones y mercados?  ¿Cómo proteger nuestras intenciones, nuestras ideas, el sentido que queremos dar a nuestras vidas? ¿Cómo preservar, en definitiva, nuestras vidas de los intereses que tantas veces nos desprotegen, nos maltratan, nos aniquilan? En esta época de desilusión, en la que las guerras, los mercados financieros y los deportes de masas acaparan los telediarios, debemos defender nuestros pensamientos. En ellos está el maltrecho brote de libertad que existe en el mundo.  Reguémoslo con nuestros sueños.  Hagamos que sus raíces lleguen a todos los rincones.

Como dijo Sebastian Castellio: “Matar a un hombre no es defender una doctrina sino matar a un hombre”. Humillarlo, explotarlo o arruinarlo también son otras  formas de muerte. 




¡Soñemos!



viernes, 14 de octubre de 2011

La guerra que no ves

TÍTULO ORIGINAL: The War You Don't See
AÑO: 2010

DURACIÓN: 97 min.

PAÍS: Reino Unido
DIRECTOR: Alan Lowery, John Pilger
GUIÓN: John Pilger

Desconocido, necesario, aterrador...  Realizado hace más de un año, no lo conoce casi nadie.  Durante 90 minutos nos muestra el papel que juegan los medios de comunicación en los conflictos de las sociedades acomodadas (iba a decir democráticas, pero en realidad no lo somos) y en su búsqueda de espacios de poder más allá de sus fronteras. Sin propaganda la opinión nunca apoyaría la crueldad encubierta del sistema. El documental deja por los suelos la credibilidad de los medios de comunicación generales. ¿Pero alguien dudaba de su incapacidad?

jueves, 13 de octubre de 2011

Yevgeni Khaldei

El 2 de mayo de 1945 Yevgeni Khaldei fotografió como ningún otro la muerte del Tercer Reitch. Lo hizo desde lo alto del edificio del Reichstag, parlamento de un Berlín asolado por la destrucción.


Otras fotografías del autor:
















viernes, 23 de septiembre de 2011

El alegre estallido de la Primera Guerra Mundial

En un lugar indeterminado de Europa… 


Las playas, las terrazas, los restaurantes, los cafés estaban repletos. Pero no era suficiente; nunca lo es: un trueno humano, sediento de tempestad, retumbaba en los corazones.  La Gran Guerra estalló bajo el cielo azul del verano de 1914. Las playas, las terrazas, los restaurantes, los cafés se vaciaron con el anuncio: ¡ES LA GUERRA!  Sonaron los tambores, replicaron los campanarios. Las personalidades se asomaron a los balcones con aire solemne, ambiente festivo, los cafés volvieron a llenarse hasta la madrugada.  Era la guerra pero aún se parecía demasiado a la paz, sólo que resultaba más emocionante, más intensa, curiosamente más viva. La multitud festejaba una masacre que no alcanzaba a imaginar. ¿Es que no se daban cuenta? ¡Los derechos humanos iban a ser abolidos!  20.000.000 millones de hombres serían movilizados; muchos, demasiados, marcharían a las trincheras creyendo que la razón está de su parte, que Dios estaba con ellos. 


Pero Dios, si existe, debía de estar mirando para otro lado, renegando por enésima vez de su obra. El caso es que reinaba cierto desorden que muchos confundieron con la libertad y la muerte parecía algo improbable. Cada vez se veían menos civiles por las calles. El ejército parecía abracarlo todo. ¿Alguien tenía miedo?  Qué va. ¿Por qué habría de tenerlo?

Pocos días después, en los otrora apacibles campos de Marne, caerían los primeros 500.000 hombres.  


Para muchos, ya no habría escapatoria...

sábado, 17 de septiembre de 2011

Las islas de Napoleón



En medio de la devastación del campo de batalla, esquivando los cuerpos tendidos de hombres sin presente, Napoleón paseará sus ambiciones bajo un tupido manto de indiferencia. Puede dominar el mundo, pero lo hará desde la distancia, despreciando a sus semejantes, a los pueblos, ajeno a la destrucción que lo acompaña. Podrá dominar el mundo, pero no a sí mismo: como a otros - antes y después -, lo dominan profundos delirios de grandeza. Se cree inmortal; o casi: "Matarme a mí es imposible: ¿acaso no he cumplido la voluntad del Destino? Me siento empujado hacia una meta que desconozco. Una vez alcanzada, bastará un átomo para batirme." En realidad, hicieron falta muchos átomos: los que componían la existencia de cientos de miles de seres humanos, de cientos de miles de presentes arrancados de raíz.  Enemigo de la libertad, se propuso someterla allá donde fue. Se adoraba a si mismo y a sus victorias. No estaba hecho, sin embargo, para la desgracia. Tras la batalla de Wagram, cuando pasaba revista, intentó asesinarle un joven extranjero de dieciocho años y aspecto agradable. El prisionero parecía mantener una gran calma. Napoleón lo interrogó con gran respeto:

"¿Por qué querías asesinarme?" "Por qué no habrá jamás paz para Alemania mientras sigáis en el mundo." "¿Quién te inspiró este plan?" "El amor a mi país." "¿No lo concertaste con nadie?" "Ha sido fruto exclusivamente de mi conciencia." "¿No sabías a qué peligros te exponías?" "Lo sabía: pero me sentiría feliz de morir por mi país." "Tú que tienes principios religiosos, ¿crees que Dios permite el asesinato?" "Confío en que Dios me perdonará por las razones que me asisten." "¿Acaso, en las escuelas en que has estudiado, se enseña esa doctrina? "Un gran número de condiscípulos míos están animados por los mismos sentimientos y están dispuestos a sacrificar su vida por la salvación de la patria." "¿Qué harías si te pusiera en libertad?" "Os mataría."

Napoleón debió de presentir su caída, el ocaso de su fortuna, el perfil abstracto y casi indefinible de las islas que le esperaban. Minutos después, ya a solas con el duque de Cadore, abdicó: "Hay que hacer la paz."
Y la Paz se hizo... temporalmente,sí, pero las islas estaban cada vez más cerca...




(Diálogos extraídos de las "Memorias de ultratumba", de Chateaubriand. Ed. Acantilado).

viernes, 2 de septiembre de 2011

Wojciech Grzedzinski

Wojciech Grzedzinski nació en 1980 en Warsaw, Polonia. Ha trabajado de fotógrafo para varios periódicos de su país y así como de freelance para Reuter y AFP. Sus trabajos se caracterizan por un intento de captar al hombre del día a día o, en el polo opuesto, al hombre expuesto a situaciones extremas.   Fue premiado con el prestigioso Visa D'or News 2009 Award por su cobertura del conflicto de Georgia.










miércoles, 3 de agosto de 2011

La bomba atómica



Antes de lanzar las bombas atómicas, el presidente norteamericano Harry Truman envió una proclama al pueblo japonés anunciando los términos de la rendición.  Sólo al final de su discurso hizo una velada referencia a la bomba:

"Demandamos al gobierno de Japón que proclame ahora la rendición incondicional de todas las fuerzas armadas japonesas y proporcione garantías auténticas y adecuadas de su buena fe en dicha acción. La alternativa para Japón es la inmediata y completa destrucción".

En la primavera del 1945 los estadounidenses habían descifrado las claves usadas por los japoneses. Por ellas estaban al tanto de los diversos intentos de Japón para conseguir una rendición negociada. Truman, conocedor de la mentalidad y el orgullo japonés, sabía cuál sería la reacción a sus exigencias: el primer ministro japonés, Suzuki, rechazó la propuesta el 29 de julio.

Truman justificaría la masacre (que afectaía basicamente a la población civil, no olvidemos esto) como un medio de acortar la guerra  y reducir las bajas aliadas. Perseguía, también, ganar poder ante las negociaciones en los acuerdos de paz de la postguerra frente a la Unión Soviética. Temía el avance soviético en Manchuria, Corea y otros territorios ocupados por los japoneses. De hecho, Japón estaba negociando la mediación de la U.R.S.S. La suerte de cientos de miles de almas inocentes pareció no importarle demasiado.



Hiroshima era una ciudad de importancia militar considerable. En las afueras de la ciudad se encontraban los cuarteles del Segundo Ejército, los cuales defendían el sur de Japón. Allí funcionaba un centro de comunicación, punto de almacenamiento militar y área de ensamblaje de tropas. En las afueras también había algunas plantas industriales y el puerto. Irónicamente todo ello no fue tocado por la explosión, que sólo destruyó el centro de la ciudad (donde había una inmensa mayoría de civiles). En realidad, las ciudades de Kioto, Hiroshima, Kokura, Niigata y Nagasaki no habían sufrido los intensos bombardeos de ciudades vecinas, siendo respetadas con el proposito de poder comprobar el efecto real de la explosión. Esto es: habían sido marcadas tiempo atrás.
El 6 de agosto despegaba rumbo a Hiroshima la primera formación de bombarderos B-29.Entre ellos, el Enola Gay, pilotado por el coronel Paul Tibbets, que tiempo después expresaría que no sentía ningún tipo de remordimiento como los expresados por otros miembros de su tripulación y que volvería a hacer lo mismo bajo las mismas circunstancias. Estaba orgulloso de su trabajo. 



Estados Unidos impuso una estricta censura fotográfica sobre ambas ciudades. Cuanto menos viera el mundo, mucho mejor. "No se tiene que imprimir nada que altere directa o indirectamente la tranquilidad del público", anunció el Gobierno un mes después de la explosión.

Hoy en día existen 135 bases norteamericanas en territorio Japones. En la proclama radiada de Truman se pudieron escuchar estas palabras:

"Las fuerzas ocupantes aliadas se retirarán de Japón en cuanto se hayan completado estos objetivos y se haya establecido, de acuerdo con la voluntad del pueblo japonés, expresada libremente, un gobierno responsable e inclinado hacia la paz".



viernes, 29 de julio de 2011

El infierno

Título original: El infierno
Director: Luis Estrada
País: México
Estreno en México: 03/09/2010
Productora: Bandidos Films
Música: Santiago Ojeda
Guión: Luis Estrada, Jaime Samprieto

Reparto: Damián Alcázar, Joaquín Cosío, Elizabeth Cervantes, Ernesto Gómez Cruz, María Rojo, Jorge Zárate


No es fácil nadar contracorriente. Luis Estrada lo viene haciendo desde hace años. En México muy poca gente se atreve a hacerlo. Nadar contracorriente es peligroso. La doble moral mexicana es el reflejo pobre de la doble moral de EEUU; también su intento de ensalzar la realidad, su nacionalismo, de crear una especie de sueño colectivo. La realidad, sin embargo, es tan sangrante que no es factible el convencimiento de sus vecinos del norte. El Estado y buena parte de los medios tratan de maquillarla, de engrandecer su presente, de recrearse en un futuro imaginario.

 Cartel del bicentenario de la Independencia

Saben lo sencillo que es manipular las opiniones, encauzar los juicios, asegurarse los votos.
Un experimento de los años 50, de Solomon Asch, refleja la vulnerabilidad de nuestros juicios a la perfección:

Un aula. Todos los alumnos eran cómplices menos uno. Todos recibieron dos tarjetas: una con una línea de longitud X; otra con tres líneas (a, b, y c), una de las cuales tenía longitud X, mientras que las otras dos tenían distintas longitudes. Se les pidió que dijeran qué línea (a, b, c) de la segunda tarjeta tenía la misma longitud de la línea de la primera tarjeta; o sea, longitud X.  



El objetivo explícito de esta investigación era analizar la independencia de nuestro juicio y nuestra fragilidad con las presiones de un grupo. Los cómplices se dedicaron a dar respuestas erroneas.
Un alto porcentaje de los sujetos estudiados cambiaron su respuesta, siendo esta obvia, acatando así el punto de vista de la mayoría.


Un alto porcentaje de los sujetos estudiados decidieron no ir contracorriente y cambiaron su respuesta, aún siendo esta obvia, acatando el punto de vista de la mayoría.

Si en un contexto neutro como el de el aula, sin implicaciones, sin problemas de seguridad, la gente cambia de opinión con facilidad y termina “viendo” lo que los demás quieren que vea, que no ocurrirá en aquellos lugares en donde se extiende una manipulación sistemática, la corrupción es endémica, la violencia un recurso perpetuo.

Las películas de Luis Estrada van contracorriente, por eso las censuran, las bloquean, hacen todo los posible para evitar su difusión. Este tipo de cintas no se basan en el interés propio, sino en la reflexión y la protesta desinteresada de esa imagen irreal y maquillada de México. Por eso no dudan en señalar la corrupción del gobierno, el saqueo, el escenario de guerra civil,  las desigualdades, pobreza extrema.
No hace un documental porque no lo soportaría la gente. Ha hecho pues de la ficción de una crónica del infierno sin nombre ni apellidos, pero en la que todo el mundo se reconoce. Una obra brutal, portentosa, que se deja ver muy bien, realmente entretenida, incluso cómica en su desmesura.



Como bien dice el cartel: "México 2010. Nada que celebrar"

Sinopsis:


En el marco de las fiestas del Bicentenario de independencia, Benjamín García, cómo miles de paisanos, regresa a su pueblo deportado de U.S.A. y encuentra un panorama desolador provocado por la crisis económica y la violencia demencial que azotan el lugar. Sin otra opción, y para salvar a su familia de la miseria, García se involucra en el negocio del narco en el que tiene, por primera vez en su vida, una fulgurante prosperidad, pero también un triste y dramático final. Sátira de cáustico humor negro, sobre el mundo del narco, la crisis económica, la corrupción y la violencia irracional que nos aquejan, EL INFIERNO nos lleva a preguntarnos: ¿Habrá este 2010, algo que celebrar?

Filmaffinity

Trailer:



Ficha de la película:

Nota: podéis ver la peli completa en Youtube.
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