viernes, 23 de diciembre de 2011

Los vuelos de la muerte

Reportaje "La confesión". 22/8/1996

La memoria de las 30.000 víctimas de la dictadura del general Videla mancha el nombre de Argentina, más de treinta años después de que se desatara la sangrienta represión militar. Uno de sus muchos ejecutores, el capitán de corbeta retirado Adolfo Scilingo confesaba  los crímenes de Estado que ejecutó, provocando un gran escándalo. Más tarde, se ofreció a esclarecer el destino de los españoles desaparecidos en Argentina. INFORME SEMANAL le entrevistó en la cárcel donde el militar permanecía confinado por estafa, mientras las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final impidían que fuese castigado por los asesinatos que cometió.

El horror no se castiga. O se hace, tras muchas dificultades, parcialmente. La lista de despotas, torturadores y soldados asesinos impunes parece no tener fin. No interesa. La opción del horror forma parte inherente de nuestro sistema.  Da igual la magnitud del crimen: todo se oculta y, de descubrirse, se puede bloquear cualquier intento de justicia. En terminos generales, el poder siempre ampara al terror que genera. El miedo está de su parte. La verdad, sin embargo, nunca. Pero, ¿qué vale la verdad en nuestro mundo? La vida de millones. O sea: casi nada.

jueves, 22 de diciembre de 2011

El péndulo de Foucault


Aunque nuestra mente (y junto a ella, nuestros Dioses) sea incapaz de abarcar la inmensidad del universo que nos envuelve en silencio y discreción, éste parece estar interconectado en su totalidad, siendo nuestro planeta (y con él, nosotros y nuestras mentes)  parte de dicha totalidad.  Cuando León Foucault realizó su experimento más celebrado en 1851 no sospechaba las implicaciones que conllevaría. Por aquel entonces no se contaba con la prueba experimental de que la tierra giraba sobre sí misma.   Ese era pues el objetivo del físico francés: demostrar la rotación de la tierra. Para ello, suspendió una bala de tamaño considerable de una cuerda de gran longitud que cuelgaba de la bóveda del Panteón de París (en la imagen de arriba).  El péndulo fue puesto en marca un día de primavera.  Foucault pronto se percató de que el plano de oscilación del péndulo no estaba fijo; esto es: la dirección de sus idas y venidas se iba desplazando, girando alrededor de un eje vertical. ¿Por qué motivo?   Foucault  se respondió de la siguiente manera: es la tierra quién gira mientras que el plano de oscilación del péndulo se mantiene.  Es, por lo tanto, una ilusión propiciada por nuestra escala (tanto física como mental). 
Entonces surge el verdadero enigma.  Si, como dije, la oscilación se mantiene inalterable respecto a qué punto fijo  ¿Dónde se encuentra dicha referencia inmóvil? La tierra gira alrededor del sol. El sol gira a su vez en uno de los brazos de la Vía Láctea. Ésta a su vez se desplaza a su vez hacia el centro del grupo local de galaxias, que a su vez es arrastrado hacia un grupo más vasto, que a su vez… etc… ¿Dónde se está pues dicha referencia?    
La conclusión derivada del experimento es que el péndulo se alinea con inmensas concentraciones celestres que se hallan en los confines del universo, indiferente con la presencia de los soles y galaxias más cercanos.  
Con este sencillo experimento somos capaces de intuir esta sorprendente interrelación del todo con el todo pues, de alguna manera, el movimiento del péndulo lo marca el universo en su conjunto. Como diría Teilhard de Chardin: “En cada partícula, en cada átomo, en cada molécula, en cada célula de materia viven escondidas y trabajan a espaldas de todos la omnisciencia de lo eterno y la omnipotencia de lo infinito”. 

miércoles, 21 de diciembre de 2011

El viejo y el mar

TÍTULO ORIGINAL: The Old Man and the Sea (Roujin to umi)
AÑO: 1999

DURACIÓN: 22 min.

PAÍS: Rusia
DIRECTOR: Aleksandr Petrov
GUIÓN:  Aleksandr Petrov (Novela: Ernest Hemingway)



Hemingway intentó crear “un viejo hombre real, un chico real, un mar real, un pez real y unos tiburones reales. Pero si los hice suficientemente buenos y reales éstos pueden significar muchas cosas".
Y lo consiguió: lo significan.
Es la lucha del hombre contra la naturaleza. El duelo del hombre contra su propia naturaleza. El duelo del hombre contra la muerte: su muerte; la muerte del pez; todas las muertes.
Es la supervivencia de cada día. El levantarse todas las mañanas. El no reconocerse en el espejo. En los espejos. El saberse perdido. Es el mar como promesa. Como última promesa.
Cuando uno cree que todo está perdido, nuestro Yo se achica; el exterior (inabarcable, inimaginable en su conjunto) nos desborda. El viejo está perdido, lo sabe, por eso se interna de nuevo en el mar. El mar como promesa y muerte.

Petrov realizó un trabajo preciosista. Cada trazo, cada movimiento, la selección de colores, el estilo en su conjunto reflejan la pasión que el autor puso en este trabajo al oleo. Aunque la adaptación de la obra no sea perfecta, es tal su sensibilidad, tal su virtuosismo visual, que es difícil no quedar prendado.
Dos años y medio de trabajo. Una Obra artesanal estrenada en IMAX. Petrov, un artista volcado en cada  uno de los fotogramas.  Fotogramas que son verdaderos cuadros. El propio cortometraje parece un paseo por un museo de 22 minutos. Una eternidad atrapada en 22 minutos. Tanto en tan poco. Tanto en tanto.


martes, 20 de diciembre de 2011

La certeza de la Paragonia

Tierra sin fronteras y, a la vez, con la más grande de todas: la distancia. En sus llanos la eternidad parece encontrar reposo sobre lagos que son mares y campos que recuerdan a continentes. El ser humano aquí es la excepción. Forma parte de la naturaleza. No la relega. No la reemplaza. Unas pocas carreteras y pistas de ripio la atraviesan en línea recta jugando a no tener fin; pero de tarde en tarde acontece el milagro, y lo tienen: alguna estancia o población surge de la nada, solitaria como un islote apenas bosquejado, envuelta por horizontes interminables, bajo un cielo chato y oscuro que llena de cenizas cualquier sentimiento; o bajo un cielo celeste acompañado de luz y esperanza. Así oscilarán nuestras emociones: con los hilos invisibles de lo inalcanzable. 


 Los Andes son la espina dorsal de este cuerpo sereno y generoso. La lluvia tendrá que sortearlos para alcanzar tanta garganta sedienta. El viento también, aunque lo hará con mucha más facilidad, azotando con su cuerpo aquello que se interponga en su camino; sea brizna de hierba, árbol, humano, guanaco o casa.



Ante tanta maravilla, la mente dudará: el temor de lo inabarcable puede que nos domine. De nada serviría acelerar el paso: estaríamos perdidos. La soledad sostiene nuestra mirada. Sentiremos un secreto respeto al dar el primer paso: ¿hacia dónde? ¿Hasta cuándo? La distancia siempre querrá someternos. La monotonía borrará casi todos los recuerdos. Nosotros sólo somos una ínfima posesión para esta totalidad de la nada más exuberante. 

Sólo ella es cierta.       

     
  

lunes, 19 de diciembre de 2011

El arte de Alfred Stieglitz

¿Puede equipararse el arte fotográfico con el de la pintura o la escultura? Hace más de cien años, Alfred Stieglitz aseguró que sí. Imagino que hoy también lo haría. Para justificar esta especie de equivalencia, trato de explorar la composición, las texturas, el contenido de sus fotografías con las manos de un escultor, con la mirada de un pintor, con el corazón de un poeta.  Stieglitz estaba hecho para el arte. Fue su segunda piel. La más porosa y adaptable.  Director de la galería de arte 291 de Nueva York, expuso por primera vez en su país obras de las grandes corrientes de la vanguardia europea de comienzos de siglo: Matisse, Toulouse-Lautrec, Picabia, Brancusi, etc… Mientras su percepción evolucionaba, la EEUU también lo hacía, aunque más despacio; con más precaución; temiendo esos nuevos y desconocidos torrentes del arte que fluían con fuerza desde tantos rincones del alma humana.

Sus fotos muestran una realidad que hoy sabemos muerta. Pero que significa decir “hoy”. La eternidad es sólo un juego en la cabeza de los hombres. El presente es un estado precario que se desvanece nada más nacer. Por esta razón, su hoy es tan vigente como nuestro hoy. Como todos los “hoy” pasados, presentes o futuros.

Sus fotos son de "ahora".   










         

viernes, 16 de diciembre de 2011

Jorge Luis Borges - El libro de arena


       La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes... No, decididamente no es éste el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.
       Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.
       Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.
       -Vendo biblias -me dijo.
       No sin pedantería le contesté:
       -En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.
       Al cabo de un silencio me contestó:
       -No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.
       Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.
       -Será del siglo diecinueve -observé.
-No sé. No lo he sabido nunca -fue la respuesta.
Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevaba el número (digamos) 40.512 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.
       Fue entonces que el desconocido me dijo:
       -Mírela bien. Ya no la verá nunca más.
       Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz. Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:
       -Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?
       -No -me replicó.
       Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:
       -Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.
       Me pidió que buscara la primera hora.
Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.
       -Ahora busque el final.
       También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:
       -Esto no puede ser.
       Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:
       -No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número. Después, como si pensara en voz alta:
       -Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.
       Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:
       -¿Usted es religioso, sin duda?
       -Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico. Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.
       -Y de Robbie Burns -corrigió.
       Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:
       -¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?
       -No. Se lo ofrezco a usted -me replicó, y fijó una suma elevada.
       Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos minutos había urdido mi plan.
       -Le propongo un canje -le dije-. Usted obtuvo este volumen por una rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.
       -¡A black letter Wiclif! -murmuró.
       Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor bibliográfico.
       -Trato hecho -me dijo.
       Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.
       Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.
Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las Mil y Una Noches.
       Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.
       No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.
       Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.
       Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.
       Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.
       Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...