miércoles, 19 de octubre de 2011

La utopía de Tomás Moro


En aquellos tiempos, decir “que a cada quien le fuera lícito seguir la religión que le pluguiera; más que para convertir a los otros también a la suya, pudiera esforzarse solo hasta el punto de exponer la suya con razones, placida y modestamente, no de destruir las demás acerbadamente si su persuasión no convence, y que no use ninguna violencia y se abstenga de injurias" requería un espíritu superior y, sobre todo,  muy valiente. Pero, como él mismo señalaba “no me preocupa gran cosa de lo que de mí se diga, con tal que Dios apruebe mis acciones."

Cuando el Enrique VIII quiso romper con la Iglesia Católica Romana y erigirse en cabeza de la Iglesia de Inglaterra, Tomás Moro  se negó a aceptar algunos de los deseos de un rey profundamente absoluto.

Enrique VIII

Su resistencia lo arrojaría en una de las frías mazmorras de la Torre de Londres, camino, catorce meses después, del patíbulo. Su inmenso corazón había sabido reconciliar las ideas tradicionales de la antigüedad y de la Edad Media, con las nuevas corrientes humanísticas. En el último momento, el rey le conmutó la horca por el golpe de espada; algo irrelevante para Tomás Moro, que no se doblegaría nunca, ni siquiera en sus últimos minutos. 

Mientras subía al cadalso habló de este modo a su verdugo: ¿Puede ayudarme a subir?, porque para bajar, ya sabré valérmelas por mí mismo. Tanta era su fe. Al arrodillarse, dijo: Fíjese que mi barba ha crecido en la cárcel; es decir, ella no ha sido desobediente al rey, por lo tanto no hay por qué cortarla. Permítame que la aparte. Dirigió a los presentes estas enormes palabras: Muero siendo el buen siervo del Rey, pero primero de Dios.  Como último gesto de humor, sacó del bolsillo algunas monedas que le quedaban y se las entregó al verdugo, que de un tajo le cortó la cabeza... 

Corría el 6 de julio de 1535.

Ese día más que ningún otro, puede que el rey recordase unas palabras que su antiguo amigo había escrito en su magnífico libro Utopía:

“Mas si un rey fuera o tan despreciado por los suyos o tan odiado que no pudiera mantenerlos en la obediencia a no ser que los atropelle con vejámenes, con la exacción, con el decomiso y los reduzca a la mendicidad, más le valdría resignar el reinado antes que conservarlo recurriendo a unos métodos por los que, aunque retenga el título de mando pierde a buen seguro la autoridad.”


 Manuscrito de Utopia

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